«El amor que buscas, es vago y perecedero, busca un amor más sincero y verdadero».
Se me estremeció el interior, me palpitaba fuerte el corazón, la respiración se me volvió brusca, me pasaba algo que no entendía. ¿Me estaré volviendo loca? ¿Esto es lo que pasa cuando uno hace un poco de silencio? Estas y otras preguntas me invadían.
Miraba a Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar, le preguntaba: ¿Qué me pasaba? ¿Qué si Él era el culpable de mi situación? ¿Tan grande e imponente es tu presencia cuando uno la valora? ¿Qué se supone qué haga ahora? He vivido una vida de fe y sin darme cuenta he flaqueado con las distracciones de una "supuesta vida normal". ¿De verdad te he buscado con sinceridad, Señor? ¿Dime cómo te encuentro, amor de los amores?
Yacía incada en el piso, tenía más de 30 minutos así. Quería respuestas, el Señor me había dejado aún más enredada de lo que estaba al principio. Alguien vio mi comportamiento y se me acercó, puso una de sus manos en uno de mis hombros y luego me apretó. Sentí como si Dios mismo me tocaba y me consolaba. No llegué a mirar quién fue, pero cuando iban a retirar el Santísimo, lo pasearon y justamente estaba a mi derecha el sacerdote con la custodia, la estaba paseando.
Abrí los ojos y sentí aún más palpable la gracia de Dios. ¡Qué serenidad es estar ante el Señor para quien sabe valorar que es el mismo Dios quien está en ese trozo de pan!
No quiero vivir bajo el telón de una epopeya ni de ilusiones sin sentido. Quiero ser cristiana comprometida y que mi testimonio sea mi identidad. Aquí ante ti Señor dejo esta petición.
El sacerdote se retiró y mientras lo veía irse con la custodia, se detuvo de repente, se volteó hacia mí y escuché claramente: "¡Ven!". Luego terminó de irse. Duré el resto de la noche llorando, las lágrimas no paraban. No entendia qué el Señor quería conmigo y me frustraba. ¿Acaso quiere que me comprometa más en la Iglesia? ¿Me querrá como religiosa? ¿Hacia dónde voy? No entendía por qué lloraba. ¿Será esto un llamado genuino de Dios? ¿Qué complicado es esto? Tendré que acercarme a alguien que me pueda orientar. Al otro día del campamento, las actividades eran recreativas, ya no me impoba eso. Me cité con el sacerdote y le expresé todo lo que me pasaba.
Sus palabras fueron claridad para mi noche. Sentía que veía todo mejor. Pero la respuesta que debo darle a Dios aún hay que discernirla.
Cuando Dios llama hay que hacer caso y más cuando es tan clara la llamada o sino nos puede pasar como a Jonás o peor.
Terminado el campamento, busqué asesoramiento para hacer una experiencia religiosa. Entre mis deberes y querer responder al Señor, aún estaban los mensajes de Milkar. Muchacho insistente, si los hombres fueran de serios como lo son de insistentes, este mundo fuera distinto.
La universidad exigía mucho de mí. Hablé con algunos amigos que conocían religiosas y en lo que llegaban las convivencias, me dedicaré a prepararme interiormente. Ni siquiera los estudios me impidieran perder la gracia de Dios.
Milkar me encontró un día en la universidad, como de costumbre. Me invitó un helado, acepté ya que sabía que era un buen chico. Luego de caminar y dialogar de repente salió con algo inesperado:
—Si el sol brilla tan sublime y demasiado, por qué lo ves sola y yo tan necesitado.
Era fácil de entender su refencia parabólica. Me hice la que no entendía y pregunté:
—¿Qué me quieres decir con eso?
—¿Quieres ser mi novia?
Se incó mientras pronunciaba estás desgarradoras palabras...
Tanto busqué, después olvidé y sin esperarlo ahora llega como gota en estanque una gota de oportunidad romántica. Suspiré, miré el cielo y di media vuelta inclinando la cabeza, luego le respondí:
—La realidad es sorprendente de creer. No eres mal chico, de hecho, de entre tanto que he conocido tal vez eres el mejor. Pero, ahora no puedo comprometerme. Disculpame, Milkar.
Pensé irme y dejarlo pensar, sin embargo, me volví a voltear, lo tomé de la mano y le animé:
—¡Levántate! Hay otras chicas mejores que yo, más hermosas que esperan un hombre como tú, atento, dedicado, inteligente y romántico. Yo puedo solo seguir siendo tu amiga, si aún quieres mi amistad.
Estás palabras son duras y aún más desgarradoras. No quería romperle el corazón, pero tampoco quiero darles falsas esperanzas.
Se levantó, me miró con sus ojos confundidos y añadió:
—Duele tanto la realidad, que prefiero ser ignorante y seguir en una ilusión. Mirar el cielo y creer que es azul sin saber la respuesta química-atmosférica, de que solo es otra cosa. Verte siempre me dirá que lo único cierto es mi sentimiento unilateral, que no hay nada más que amistad en esto llamada relación bilateral.
Sus ojos llorosos buscaban consuelo, le abracé sin decir otra palabra. Aquí sobraría cualquier excusa.
Después de ese día, Milkar me escribía menos, me hablaba poco en persona y de cierta manera se fue alejando.
Llegó el día de la convivencia. Estaba algo nerviosa, no sabía que me esperaba. En la casa religiosa éramos siete aspirantes y nos atendían cinco monjas. Sus hábitos eran esplendorosos, desprendía un espíritu de nobleza y templanza, se notaba su aura de personas orantes.
Me preguntaba si yo sería capaz de dedicarme a esta vida y entregarme para siempre. Creo que primero debo saber si Dios me llama para esto o no. Aunque dicen que la vida es el reflejo de los deseos del alma; la realidad es la alteración manifestada de nuestro más profundos sueños adnegados.
Me veo sirviendo de mil formas, pero no me visualizo como monja: hábito, velo, votos perpetuos, comunidad fija, carismas específicos...
Expresaba esto porque al pasar los días en el convento, sentía el alma caliente, me ardía todo, me quemaba algo por dentro. Iba al Santísimo, me sentía más ardiente, llegué a pensar que era fiebre, pero mi piel estaba normal. Hasta que entre tanto arder, incertidumbre y confusión, volvió la voz a hablarme en mi interior, un susurro suave y tierno que pagó las llamas y la volvió paz. Allí incada ante el Santísimo volvió a decirme: «¡Ven!».