Un destino casi perfecto

Un reencuentro inesperado.

—¡¿Qué?! —exclamó, paralizada por la noticia.

El teléfono permaneció unos segundos más en su mano, como si soltarlo hiciera todo más real. Cuando la llamada terminó, se levantó de golpe y salió corriendo sin pensar en nada más.

Empujó la puerta, se abrió paso entre la multitud y no se detuvo hasta llegar a su auto. El trayecto hasta el hospital se le hizo eterno. Al entrar, el olor a desinfectante y el sonido de los monitores la golpearon de lleno. Entonces la vio.

Amara yacía inmóvil sobre una camilla, su piel pálida contrastando con las sábanas blancas. Tubos, cables y luces rodeaban su cuerpo frágil.

—¿Qué pasó? —preguntó Zaira con la voz temblorosa, dirigiéndose a la enfermera que revisaba el pulso de la joven.

—Amara sufrió un accidente hace unas horas en la carretera —respondió la enfermera con tono serio—. Chocó contra un transporte público —hizo una breve pausa antes de continuar—. Además, perdió la memoria. Aún no sabemos qué ocurrió antes del impacto.

Zaira sintió un nudo en el pecho. Se acercó despacio y observó el rostro de Amara, tan quieto, tan vulnerable.

—¿Quién pudo hacerte esto? —murmuró, sin apartar la mirada de ella.

Permanecí sentada frente a la habitación de Amara, con la mirada fija en la puerta cerrada, hasta que una silueta conocida cruzó el pasillo y llamó mi atención. Algo en su forma de caminar despertó un recuerdo que creía enterrado. Me puse de pie y me acerqué, impulsada por la curiosidad.

—¡¿Dónde está Amara Delys?! —exigió Liam, con la voz cargada de desesperación.

—Hola, Liam… —susurré.

Al oírme, se quedó inmóvil. Se giró lentamente y sus ojos se abrieron con sorpresa al reconocerme, aunque la angustia por Amara seguía dominando su expresión.

—¿Sabes dónde está Amara? —preguntó con brusquedad, sin rodeos.

Una punzada de decepción me atravesó el pecho, pero la oculté con cuidado. Después de todo, habían pasado años desde nuestra última conversación, desde aquella discusión que lo cambió todo.

—Está en la habitación de al lado —respondí con calma.

No esperó a que dijera nada más. Pasó a mi lado y se alejó a toda prisa, ansioso por verla.

Respiré hondo y caminé hacia el recepcion del hospital, buscando un momento de tranquilidad. Sin embargo, al entrar, me detuve en seco al reconocer a las personas que estaban allí.

—¿Elías? ¿De verdad eres tú? —pregunté, incapaz de ocultar la sonrisa que se dibujó en mi rostro.

—Cuánto tiempo, amiguita —respondió él, tan sorprendido como yo—. Tres años… quién lo diría.

—¿Cómo has estado todo este tiempo? —pregunté, todavía incrédula.

Él me observó con curiosidad, como si intentara descubrir a la persona en la que me había convertido.

—¿Y tú? —añadió—. ¿Qué has hecho con tu vida?

—Mi vida ha sido tranquila —dije con serenidad—. Tengo un trabajo estable y una casa no tan lejos de aquí.

—Me alegra mucho por ti —respondió con sinceridad, acompañando sus palabras con una sonrisa cálida.

—Hola, Zaira… cuánto tiempo —añadió la persona que se encontraba detrás de Elías.

Al verla, me sorprendió no encontrar rastro de odio en su mirada por lo que había hecho años atrás. Aun así, una calma inesperada me envolvió al escuchar su voz, pacífica y suave, como si no hubieran pasado tres años desde aquel día tan trágico.

—¿Cómo has estado, Nerea? Hace mucho que no te veía. Sigues igual de bonita —dije con honestidad y tranquilidad.

—Gracias. Tú te ves increíblemente hermosa —respondió, sonriéndome.

—¿Te pintaste el pelo?

—Te quedó precioso —añadió, observando mi cabello castaño con un mechón azul.

—Ah, cierto… mira quién está aquí con nosotros —dijo Nerea mientras se giraba hacia un muchacho de cabello negro.

Me quedé atónita al verlo. Por un instante no supe qué decir, así que simplemente le dediqué una sonrisa amable.

—Un gusto verte otra vez, Zaira. Sigues igual de bella —dijo con una sonrisa sincera.

Escucharlo de nuevo llenó mi pecho de emociones. Aunque intenté disimularlo, mi rostro delataba la alegría que sentía al verlo otra vez.

—El gusto es mío. Me alegra verte, Luca —respondí con una felicidad que no pude ocultar.

Elías parecía genuinamente contento de que volviera a hablar con Luca Andersen. En cambio, Nerea se mostró más seria; su expresión revelaba una leve irritación al notar mi alegría.

—Elías, ¿puedes salir un momento? Quiero hablar a solas con Nerea —dije con firmeza.

—De acuerdo, las espero afuera con Luca —añadió Elías, con un tono ligeramente sospechoso que no logró ocultar del todo.

En cuanto ambos salieron de la recepción, dirigí la mirada de inmediato hacia Nerea, confundida por la reacción que había tenido antes.

—Nerea, ¿por qué me miraste así cuando hablé con Luca? —pregunté sin rodeos, manteniendo la voz firme.

—Sabes muy bien que no me gusta que hables con él, y entiendes perfectamente por qué no lo quiero cerca de ti —respondió con seriedad.

—Sé a qué te refieres, pero tengo derecho a hacerlo. Tu hermano hace lo mismo con Amara, dejándome de lado, olvidándose de mí —dije con tristeza y un dejo de nostalgia.

—Lo sé… pero por favor, habla con mi hermano solo una vez más —pidió en voz baja.

—Él aún te ama —añadió Nerea con una seguridad que me descolocó.

—Está bien —respondí tras un instante—, pero será cuando estemos él y yo a solas. Ahora debemos ver el estado de Amara —concluí, con el corazón apretado por la tristeza.

Cuando Liam salió de la habitación de Amara, avanzó en mi dirección. Por un instante pensé que venía hacia mí, pero fui una tonta: en realidad buscaba a Nerea, no a mí. Me aparté en silencio y me dirigí a ver a Elías, aunque sentía un puñal clavado en el pecho, aun sabiendo que lo merecía.

Elías notó de inmediato mi tristeza e intentó animarme, pero mi mente seguía atrapada en Liam, como si no pudiera escapar de su recuerdo.




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