Lo último que recuerdo es la voz de Elías.
Sonaba lejana, quebrada, como si atravesara el agua para llegar hasta mí. Después, luces. Luces blancas y frías que me cegaban mientras intentaba enfocar la vista. Todo era borroso, como si el mundo hubiera perdido sus contornos. Había movimiento, sombras que iban y venían, y un pitido constante que perforaba el silencio.
Parecía una sala de emergencias… pero no estoy segura.
Quisiera no haber cometido esos errores. Si pudiera retroceder el tiempo, cambiaría cada palabra, cada decisión impulsiva, cada silencio que dejó heridas abiertas. Ahora Liam no está conmigo. Y esa ausencia pesa más que cualquier culpa. Me siento vacía, como si algo dentro de mí hubiera sido arrancado sin anestesia.
Sé que fue mi culpa.
Y aun así, daría todo —absolutamente todo— por remediar mi error.
—Hey, despierta. Ya son las siete, debemos ir a clase.
La voz irrumpe en mi mente como un golpe seco. Abro los ojos de golpe, jadeando, como si acabara de salir a la superficie después de haber estado demasiado tiempo bajo el agua.
Luca está frente a mí, cruzado de brazos, con el ceño fruncido.
—Llegaremos tarde otra vez —añade, claramente molesto.
Parpadeo varias veces. Mi corazón late con fuerza. Miro alrededor, desorientada. No hay luces blancas. No hay pitidos. No hay hospital.
—Sí… ya me desperté. Perdón, me quedé dormida —murmuro, intentando sonar normal.
Me incorporo en la cama y entonces lo noto: la habitación. Las paredes, los pósters, el escritorio lleno de apuntes desordenados. Todo está exactamente como lo recuerdo… pero no como debería estar.
Tomo mi teléfono del suelo, aún con la respiración acelerada. La pantalla se ilumina y siento que el aire me abandona los pulmones.
2016
El último año de colegio.
Me quedo mirando la fecha como si fuera a cambiar frente a mis ojos. Paso el dedo por la pantalla. La vuelvo a mirar. No es un error.
—Zaira, apúrate. Sabes que odio llegar tarde. Cámbiate ya —insiste Luca desde la puerta.
Eso significa…
Salto de la cama. Me cambio lo más rápido que puedo, las manos temblándome sin que pueda evitarlo. Si esto es un sueño, es demasiado real. Si no lo es… entonces es imposible.
Cuando salgo de la habitación, el pasillo me golpea con una oleada de recuerdos. Voces. Risas. Perfumes familiares. Personas que no veía desde hace casi diez años caminan frente a mí como si nada hubiera pasado. Como si el tiempo no hubiera avanzado. Como si yo no supiera todo lo que está por venir.
El estómago se me encoge.
Al llegar al salón, siento una mirada clavarse en mí. Es intensa, cálida, inconfundible. Me giro lentamente.
Y lo veo.
Liam.
Está sonriendo.
Antes de que pueda reaccionar, se acerca y me envuelve en un abrazo fuerte, de esos que antes me hacían sentir en casa. Su perfume. Su voz. Su forma de apretarme contra él como si yo fuera lo más importante del mundo.
Esto es raro.
El Liam que recuerdo —el del 2025— no haría esto. No después de todo lo que pasó. No después de mí.
Pero entonces lo entiendo.
No estoy en 2025.
—Zaira, casi llegas tarde. Te guardé sitio aquí, a mi lado —dice, separándose apenas para mirarme.
Sus ojos no tienen rastro de frialdad. No hay distancia. No hay reproches.
Todavía no.
—Gracias, Liam —respondo en un susurro.
Y lo recuerdo con claridad dolorosa.
Él era así antes del cumpleaños de Nerea.
Antes de aquella noche.
Antes de las palabras que no debí decir.
Solo faltan tres meses para que todo cambie. Para que empiece a mirarme diferente. Para que su voz pierda esa calidez. Para que comience el principio del fin.
Tengo tres meses.
Tres meses para no cometer los mismos errores.