Un Esposo Para Mamá

CAPÍTULO VII

Gerard

 

—¡Al agua! —grito llevando a Noah conmigo.

—¡No! —niega, pero ya es demasiado tarde.

El agua nos cubre por completo y no hacemos más que descender en el lago. Lo sujeto con fuerza y empiezo a salir a flote para encontrarme con las risas de los demás y el rostro de la criatura, observándome de forma aterradora.

—¿No querías entrar? —trato de permanecer serio, sin embargo, sus gestos son de asesino en serie.

—No me agradas, Gerard, le buscaré otro esposo a mi mamá —amenaza.

—¿Espo… qué…?

—Nada —Se arrepiente de sus palabras.

—Si no me dices, te suelto y me marcho —planeo chantajearlo y comienza a reír.

—Lo único bueno que hizo Aubrey, fue enseñarme a nadar —Le resta importancia a mis palabras.

—¿Él es tu padre? —pregunto.

—No, para mi decepción, fue el hombre que mi madre escogió por error para que donara el espermatozoide que me dio vida —contesta sacándome una enorme carcajada.

—¿De dónde sacas tantas ocurrencias? —averiguo sin detener mis risas, mientras no dejo de mover mis piernas para mantenernos a flote.

—Cuando vea un anillo de tu parte en la mano de mi mamá, conversamos al respecto —demuestra sus dotes de negociante y en esta oportunidad niego.

Christine me atrae y queda claro que lo que siento, es mutuo, a pesar de ello, la conversación de ayer, me hizo dudar un poco de mis intenciones con ella, debido a que siempre he sido un libro abierto cuando se trata de relaciones, me gusta conocer y que las personas sepan más de mí. Sin embargo, con ella es un poco imposible, dado que así como acepta que podría haber algo entre ambos, no se permite una comunicación un poco más asertiva conmigo.

Aun así, funcione o no, lo que sí tengo claro es que este pequeño me agrada. Me impresiona su forma de cuidar a su madre y el que busca maneras de verla feliz, sin importar la dificultad que puedo percibir, están atravesando.

No me cabe en la cabeza el motivo por el cual su padre, la única persona que, al parecer, posee la posibilidad de brindarle la ayuda que requiere, se niega.

Nadamos hasta la plataforma de la que recién saltamos y salimos del agua, para recibir una pequeña reprimenda.

—Espero que sea usted, quien se ocupe de lavar esa camisa —señala a Noah.

Su suéter era blanco, puesto que como el agua del lago no es tan cristalina, sino un poco turbia, acaba de cambiar de color.

—Podemos negociarlo —contesto y me mira mal, pero solo me río.

La tarde cae, por lo que almorzamos en las mesas situadas al lado del lago y luego, regresamos a la cabaña, en donde, en lugar de insistir con Christine, me dedico a hacerlo con el hombre a cargo: Noah, sin embargo, la consola de videojuegos, cambia mi norte.

—¿Tu madre te deja jugar esto? —continúo con mi duda luego de ser masacrado por el pequeño de dedos hábiles.

«En mi defensa, no conozco este videojuego, menos los controles», eso diré cuando alguien me pregunte cuál ha sido una de mis derrotas más vergonzosas.

Soy amante a los videojuegos. Luego de un largo día de trabajo, sea en el campo o en la empresa de mi familia, me descargo detrás de la enorme pantalla, los auriculares y una consola, eso más mi reserva secreta de vino que espero sea heredada por tres o más generaciones, mis sobrinos o si en algún momento me atrevo, mis hijos.

Abandonando parte de mis pensamientos, volviendo al pequeño a mi lado, el nivel de acción del videojuego, es para mayores de trece años y él está tres por debajo. Aunque, ahondando en el asunto, respecto a sus comportamientos, podría jurar que es el alma gemela de mi padre, de esas personas que congenian, puesto que sus personalidades, son parecidas, pero al mismo tiempo distintas. Sin embargo, eso se puede deber a que como Christine me lo hizo saber, se toma muy en serio las palabras de su abuelo.

—La violencia es mala, jamás haré esto y si sobrevivo a los diez años, cuando crezca, seré doctor, en especial, cirujano, así salvo muchas vidas —da respuesta a mi pregunta, mientras no se atreve a apartar la mirada de la pantalla.

—¡Santo cielo! —Mi atención es capturada por la rubia que acaba de entrar.

—Mami, no, estoy aplastando a Gerard —suplica, pero es en vano.

Ambos vemos la pantalla volverse oscura después de que su madre nos deja si corriente eléctrica.

—¿Querías acampar? Pues estamos casi que en medio del bosque, así que sal y disfruta de la naturaleza, los videojuegos en casa —sentencia.

—Pero allá no tengo con quien jugar, a ti siempre te venzo y no me dejas contactar a otros jugadores —Se queja de inmediato. Su ceño se frunce y por segunda vez, siento que se comporta como un niño.

—Son adultos, desconocidos y tú solo tienes diez años, aun así, me entiendes a la perfección.

—Puedo jugar con él, no me molestaría —Me ofrezco al instante.

Si sabe lo que le gusta a su madre cuando de salidas y cenas se trata, estoy seguro de que conoce una forma efectiva en la que puedo lograr que baje la guardia.




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