Un Esposo Para Mamá

CAPÍTULO VIII

Gerard

 

—Gracias por traernos —agradece.

Nos encontramos enfrente de su casa, solo ella, Noah y yo, dado que Aedus, se quedará hoy con su familia y Philippe me abandonó, fue directo al aeropuerto porque debemos tratar un asunto importante en Francia.

—Criatura, ¿nos dejas un momento a solas? —pido y Christine solo se divierte por la forma en la que me dirijo a Noah.

—Un ratito nada más —acondiciona y asiento.

Lo observo abrir la puerta y abandonar la parte de atrás del auto, dirigiéndose a los escalones de la entrada de la casa en donde toma asiento sin apartar la mirada de su videojuego.

—Como sabe, Christine, odio este país —bromeo y vuelve a divertirse. Me encantan sus risas—, a pesar de ello, extendí mi estadía, pero como todo lo bueno se acaba, debo regresar, tengo que atender algunos asuntos —de solo escucharme, la tristeza se aloja en su mirada, intenta disimularlo—. Aun así, no crea que va a librarse de mí así de fácil, espero que se comunique y también, conteste mis llamadas —Le advierto provocando que su rostro vuelva a iluminarme.

—Lo pensaré —dice queriendo torturarme y no es justo.

—Si desea hablar, siempre estaré dispuesto a escucharla, por lo que no dude en marcar mi número en cualquier momento —Me ofrezco.

El que deba regresar, no le resta a mi interés por ella y ahora más que nunca por Noah, puesto que comienzo a entender cada una de sus palabras, del afán que tiene porque Christine esté con alguien en caso tal de que no logre encontrar un donante.

Aún no comprendo dónde obtiene tanta fortaleza a esa edad, la forma en la que se preocupa por su madre y deja de lado la situación que está atravesando.

—Gracias, de verdad, gracias por escucharme, necesitaba desahogarme con alguien distinto a Aedus —confiesa acercando su mano a mi rostro, guiando mi mejilla a sus labios.

Me giro un poco y capturo sus labios, me doy el privilegio de volver a probarlos y ella no pone oposición, simplemente se deja llevar, lo cual me deja por completo satisfecho, puesto que no tengo dudas de que su corazón late con el mismo ímpetu que el mío en cada oportunidad en que nos besamos.

—Si le digo que me encanta, ¿creerá que estoy loco? —murmuro sobre sus labios.

—De serlo, necesitaríamos un manicomio en donde nos reciban a ambos —acota y niego previo a volver a besarla.

—Debí haber dejado que me robaran hace años —Me atrevo a hacer otro chiste en referencia a aquel día.

—Si consigue una máquina del tiempo, asegure de que sea once años atrás  —sugiere—. Ahora, debo entrar y ayudar a Noah a ponerse al corriente con la escuela, que tenga buen viaje, señor Le-Roux —intenta despedirse y se lo impido.

Abro la guantera y saco dos de los collares: las dos mitades del corazón y me observa sorprendida.

—Este le pertenece y el otro, es para Noah —indico.

—¿Y la llave? —curiosea.

—Me encargaré de que nada los separe —prometo y espero poder cumplirlo—. Hablé con Aedus y ahora que esté en Francia, intentaré aportar mi granito de arena a la búsqueda de un donante, ya que no hay que rendirse. Si ese hombre no quiere ayudar, encontraremos aquí, en Francia y si es necesario en la China o en la luna, alguien que le permita verlo crecer y convertirse en el cirujano que me dijo que quiere ser cuando sea mayor.

—¿De verdad? —Sus ojos se ven invadidos por las lágrimas que sin permiso descienden por sus mejillas.

—Estoy en deuda con Noah por dos motivos: Me ayudó cuando más lo necesité y me hizo conocerla, sería un idiota si no tratara de hacer algo al respecto. Además, soy fan de ese niño y de lo mucho que la ama, es imposible no encariñarse con él —revelo.

Odié verlo triste, solo deseaba observar aquella seriedad que oculta la hermosa sonrisa que muestra cuando así lo quiere. También, sus emociones, se convierten en las de Christine y percibirla afligida, preocupada al punto de estar desesperada, es algo que comienzo a aborrecer.

—Así sea que deba meterme a un quirófano o mejor, sacrifico a mi hermana —ríe en medio del llanto—, conseguiremos ese riñón, por lo que, tu tranquila, yo nervioso, ¿de acuerdo? —asiente.

—No creo que pueda pagarle por lo que planea, señor Le-Roux —piensa.

—Primero, Gerard, Christine, Gerard —repito— y apoyo a Noah, con el matrimonio, sería suficiente —agrego y recibo un golpe en mi hombro—. Lo intenté —Me encojo de hombros.

—Gracias —Me permito un último beso, puesto que, al parecer, me estoy volviendo adicto al sabor de sus labios.

—Vamos —Le invito a abandonar al auto.

Salgo del lado del conductor y ella del copiloto. Me acerco a Noah.

—Me iré por unos días, pero tu madre dijo que si podemos conectarnos a un par de partidas, ya que quiero mi revancha —Le doy a conocer la conversación que tuve con Christine.

—¿Cumplirás tu promesa? —cuestiona frunciendo el ceño.

—Claro que lo haré, Noah Gerard Andrè Le-Roux Mercier —susurro para que solo él pueda escucharme—. Cuida a tu mamá, no dejes que ningún otro hombre se le acerque para que así sea nuestra, una parte para ti y la otra para mí, como lo acordamos —recomiendo antes de abrazarlo—. Esto es para ti, consérvalo —Le entrego la otra mitad.




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