Un Esposo Para Mamá

CAPÍTULO IX

Gerard

 

Las risas de Annette no se detienen y los celos del idiota de Philippe se vuelven más recurrentes, peor, cuando besa mi frente.

—Nos vamos de aquí —dice el hombre que se ha encargado de criar a mis sobrinos.

La relación de mi hermana con mi su ex, no funcionó y aunque se llevan bien por las pequeñas, la verdadera figura paterna en su vida, ha sido ese idiota al que constantemente odio.

—Me encanta verte así —suspira acariciando mi cabello.

Nos encontramos en la sala, en uno de los sillones, mientras yo estoy recostado con mi cabeza reposando sobre el cojín encima de su regazo y Philippe, realiza unos ajustes en la computadora.

—Desde Colette, no estabas tan feliz, ese aire enamoradizo, había desaparecido —recuerda y trago en seco.

Aún la amo, pero prefiero no ahondar en el pasado, puesto que sus memorias, me llenan de tristeza. Perderla ha sido lo más difícil y devastador que he tenido que atravesar en mi vida.

Hasta el momento, Colette, es la única mujer que he amado con toda mi alma y por un terrible accidente, se fue y lo hizo para siempre, meses previos a nuestra boda, justo cuando planeábamos darle la noticia a nuestras familias. Ese acontecimiento, su partida, me hizo refugiarme aún más en los viñedos, ya que la pena me estaba consumiendo.

—Conseguí sus favoritas, pensé en ir a dejarlas, pero quise esperar e invitarte, así, organizamos un poco el lugar —propone y suspiro.

—Annette…

—No tengo la menor duda de que es doloroso, pero ir a visitarla, mantendrá presente lo mucho que se amaron y que si lograste que ella te aceptará así de gruñón como eres, habrá otra afortunada que se lleve a uno de los mejores hombres que he conocido, esa puede ser Christine —mueve sus cejas y vuelve sus ojos azules heredados de nuestra madre, un tanto saltones.

—De acuerdo —Me rindo ante su súplica.

Nos alistamos, nos dividimos las camionetas y vamos directo al cementerio en donde se encuentra el mausoleo en el cual descansa Colette. Sin embargo, nuestros planes se ven perturbados por la presencia de su familia.

—Háganlo ustedes —Le pido a mi hermana que de inmediato niega—. Conoces muy bien mi situación con su padre, es mejor que no me acerque —reitero.

Si la madre de Colette está aquí, eso significa que su padre también, y a diferencia de mi ex suegra, ese hombre me odia, asegura que soy el culpable de que no se encuentre con vida y no tengo forma de refutarlo, por el hecho de que lo percibo de igual modo.

—Te amaba y tú a ella, al igual que ellos, tienes derecho a estar aquí —va en contra de mis pensamientos, a pesar de ello, mi “suegro”, nunca lo ha visto de ese modo.

—No iré —Me doy la vuelta en contra de los llamados de mi familia.

Intento avanzar, pero mi hombro choca con el de alguien más, mis ojos buscan a la persona para así poder disculparme por no fijarme en el camino, pero apenas nuestras miradas se encuentran, el resentimiento hacia mi se palpa en el ambiente.

—Lo siento —Me disculpo y trato de marcharme.

—Lo que yo lamentaré el resto de mi vida, fue haberte confiado a mi hija —declara, permitiendo que el rencor producido por nuestra pérdida, dictamine sus palabras.

Respiro profundo, y sin importar la opresión y el dolor que la aceptación de aquellas palabras, genera en mi pecho, me abstengo, solo guardo silencio y dejo que mi vista viaje al suelo.

—Discúlpalo, Gerard —sugiere en nombre de su esposo, pero nada más siento como los ojos me hormiguean.

—No tiene que disculparme porque es cierto, la mató, fue su maldita culpa al haberle permitido conducir sola desde la ciudad hasta aquí, en medio de una tormenta —vocifera, tiembla de la impotencia—. Quien deberá estar muerto, tendrías que ser tú…

 

(…)

 

—Andrè —llama mi madre, pero solo continúo destrozando la madera.

—No quiero hablar, déjame —suplico, deseando desahogarme y liberar todo lo que cargo dentro.

—No fue tu culpa, fue del conductor borracho e imprudente —insiste.

—Cuando inició la tormenta, debí decirle que se quedara, que pasara la noche en otro lugar, no permitir que continuara —cargo con la responsabilidad.

 

***

Siete años atrás…

—¿Te veo en casa? —pregunté despidiéndome— ¿Estás segura? Puedo esperarte —No me molestaba quedarme un par de horas o un día, simplemente deseaba estar junto a ella.

—No me digas que tienes miedo, peor, te arrepientes —exageró con un gesto demasiado tierno en su rostro, pero me negué.

—Solo cuento los segundos, minutos, horas, días y meses para llevarte al altar y no dejarte escapar —La sujeté de la cintura y la acerqué a mi pecho—. Te amo —Me deleité susurrando sobre sus labios, antes de atraparlos.

—Y yo a ti —correspondió a mis palabras y supe que me amaba igual o mucho más de lo que ya lo hacía.

—Entonces, te espero en casa, me aseguraré de que todos estén allí —prometí antes de besarla por última vez.




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