Un Heredero para el Jeque del Desierto

Capítulo 2

El timbre sonó de nuevo, insistente pero no violento. Esta vez, al mirar por la mirilla, vi a dos hombres. El primero era Robert Thorne, impecable en su traje gris, con su aire de banquero funerario. A su lado había un hombre más joven, de rasgos árabes, vestido con un traje caro de corte moderno, que sostenía un maletín de cuero exquisito.

No era Khalid. Una parte de mí se desplomó de alivio; otra, más profunda, sintió una decepción amarga. ¿Ni siquiera venía en persona?

Respiré hondo, el sabor del miedo metálico en la boca. Amir dormía en su habitación, a salvo por ahora en su mundo de sueños. Con manos que temblaban, quité la cadena y abrí la puerta lo justo para que cupiera mi cuerpo en el marco, bloqueando la entrada.

—Señorita Elena —dijo Thorne con una inclinación de cabeza—. Le presento al Sheikh Mansoor Al-Tahir. Asesor legal principal de la Casa Al-Rashid.

El hombre más joven me dedicó una sonrisa breve y profesional que no llegó a sus ojos oscuros y calculadores.

—Es un honor, señorita —dijo con un acento suave, educado en Oxford—. Lamentamos la hora intempestiva. ¿Podemos entrar? Lo que tenemos que discutir es de una naturaleza… extremadamente delicada. Y es mejor hacerlo en privado.

—Pueden hablar desde ahí —dije, manteniendo la puerta cerrada a medias.

Sheikh Mansoor no pareció ofenderse. Intercambió una mirada casi imperceptible con Thorne. Este asintió levemente.

—Como desee —dijo Mansoor—. Pero le ruego que escuche con atención. Lo que voy a decirle puede cambiar por completo la situación que, entiendo, la aflige.

Hizo una pausa, dejando que el silencio del pasillo se llenara de suspenso.

—Su Alteza, el rey Khalid bin Rashid Al-Rashid, está al tanto de la existencia de usted. Durante los últimos meses, se han realizado extensas… búsqueda de usted señorita Elena.

—¿Y qué? —logré decir, aunque mi voz sonó ronca—. Eso no les da derecho a…

—Permítame continuar, por favor —me interrumpió Mansoor con suavidad, pero con firmeza—. Normalmente, en una situación como esta, las opciones serían limitadas. La ley del reino es clara respecto a los reyes. Pero Su Alteza… recuerda. Y en su recuerdo, hay un afecto que lo ha llevado a considerar una solución extraordinaria. Una solución que podría beneficiarla a usted de una manera que jamás imaginó.

Thorne sacó un sobre delgado de su bolsillo interior y lo pasó por la rendija de la puerta. Reluctante, lo tomé.

—Ábralo —indicó Mansoor.

Dentro había una única fotografía. Era de Khalid, pero no como yo lo recordaba. Estaba de pie en lo que parecía un estudio con luz tenue, mirando directamente a la cámara. Su rostro, aún hermoso, estaba marcado por una fatiga profunda, por unas sombras bajo los ojos que no estaban allí hace cinco años. Sostenía algo en la mano: un papel antiguo.

—¿A qué vienen todos estos juegos? —espeté, arrojando la foto al suelo—. ¿Qué quieren?

Mansoor hizo un gesto a Thorne. El abogado mayor abrió su maletín y extrajo un documento, mucho más voluminoso que el que había mostrado antes. Estaba encuadernado en cuero marrón, con páginas gruesas y sellos dorados.

—Esto —dijo Mansoor, y por primera vez su voz perdió un ápice de su profesionalismo, adoptando un tono casi reverencial— es un contrato de matrimonio ‘Urfi’, preparado y validado por el Consejo de Ulemas y la Corte Real de Al-Rashid.

Las palabras no encontraron sentido en mi mente. Las miré, atontada.

—Un… ¿qué?

—Un matrimonio consuetudinario, reconocido por la ley tribal y religiosa más antigua de nuestro pueblo —explicó Thorne, tomando la palabra con su voz clara—. Es anterior a las leyes civiles del reino. Es sagrado. E irreversible.

—No entiendo —susurré.

—Su Alteza te propone matrimonio, Elena —dijo Mansoor, y el uso de mi nombre sin el señorita fue deliberado, un golpe bajo—. Te ofrece ser su esposa ‘Urfi’. Su esposa bajo la ley del desierto.

—Eso es absurdo —reí, un sonido seco y sin humor—. Él está comprometido con la princesa… No recuerdo su nombre. Lo vi en las revistas.

—Con la Princesa Laila de Bahrein, correcto —asintió Mansoor—. Un matrimonio político, arreglado desde su infancia. Un deber de estado. Pero un matrimonio ‘Urfi’ es… diferente. Es privado. Espiritual. No invalida el contrato público, pero existe paralelamente. Y otorga derechos. Derechos inviolables.

Thorne pasó otra hoja por la rendija. Era una página del contrato, traducida. Mis ojos corrieron por las líneas, atrapando frases sueltas que brillaban como cuchillas bajo la luz del pasillo:

“…la esposa ‘Urfi’ y cualquier hijo nacido de esta unión serán reconocidos como familia legítima del hombre…”

“…derecho a residencia, manutención y protección de por vida…”

“…el hijo varón primogénito de un matrimonio ‘Urfi’ tiene derecho a una herencia proporcional y a un título nobiliario no vinculante al trono principal, pero sí a los bienes y honores de la Casa…”

—Él no te está ofreciendo ser su amante oculta, Elena —continuó Mansoor, su voz ahora un hilo sedoso y persuasivo—. Te está ofreciendo ser su esposa verdadera, en el sentido que para él más importa. La de la ley del corazón y la arena. A cambio, de que le des un hijo, con este casamiento y el obtener lo que quiere. Su hijo sería el Sheikh Al-Rashid. Con todo lo que eso conlleva: riqueza, educación, seguridad, estatus. Y tú… tú serías la Señora Elena Al-Rashid. Protegida. Respetada. Nunca más tendrías que preocuparte por facturas, por deudas, por el frío de este apartamento.




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