Un Heredero para el Jeque del Desierto

Capítulo 3

La sala de juntas era un bloque de hielo suspendido en el tiempo. Y en su centro, como un diamante tallado para herir, estaba Khalid.

—Tu puntualidad es apreciable —resonó su voz, un bajo profundo que me rozó la piel como un roce de terciopelo envenenado—. Implica que comprendes la seriedad de este encuentro.

Apreté las manos en mi regazo hasta que los nudillos palidecieron. No le des el título. No le des esa victoria.

—Cuando el bufete más prestigioso de la ciudad cita con «amenaza de consecuencias legales», una tiende a ser puntual —respondí, forzando cada sílaba a mantenerse plana, profesional. Un muro de hormigón armado.

Un destello, quizás irritación, cruzó sus ojos gris acero. Lo ignoró.

—He revisado tu situación —declaró, deslizando un dosier sobre la pulida mesa de ébano. No lo tocó. Como si los datos fueran radiactivos—. La empresa de tu padre, al borde del colapso. Los tratamientos de tu madre… costosos. Y tú, anclada aquí, rechazando oportunidades. Necesitas dinero, Elena. Una cantidad considerable.

El rubor de la indignación me quemó las mejillas.

—Hay cosas que el dinero no compra,Al-Rashid. Mi dignidad no está en liquidación.

—No hablo de comprar tu dignidad —replicó, inclinándose ligeramente. Su aroma a sándalo y poder invadió el espacio—. Hablo de un contrato. Un intercambio.

Un déjà vu venenoso me retorció el estómago. La última vez que habló de «intercambios», me dejó sin aliento y sin corazón.

—Continúa.

—Necesito un heredero —soltó, sin preámbulos, como si ordenara un café—. El consejo me da un año para presentar una esposa y, preferiblemente, un hijo en camino.

El mundo se detuvo. Un heredero. Las palabras resonaron como un disparo en el silencio sepulcral. Mis ojos, traicioneros, bajaron una fracción de segundo hacia mi bolso, donde asomaba la esquina de una foto. Mi heredero.

—¿Y no has probado con Tinder? —saqué, con una sequedad que me rasgó la garganta—. Seguro que alguna princesa disponible aceptaría ser… la incubadora de tu legado.

Ni un músculo se le movió en el rostro esculpido.

—Requiero control. Conocimiento. Una desconocida conlleva riesgos. Tú… —su mirada me recorrió, una evaluación fría y clínica— no eres una desconocida. Conozco tu historial. Tu genética. Y no hay ataduras emocionales entre nosotros que compliquen las cosas. Eso lo dejaste muy claro hace cinco años.

La puñalada fue perfecta. Ahogué un jadeo.

—Así que me quieres de vientre de alquiler —dije, y cada palabra fue un cristal que se rompía al salir—. Con anillo, eso sí. Muy romántico.

—Te quiero como esposa contractual —corrigió, impasible—. Matrimonio legal. Dos años. Concebirás y darás a luz a mi heredero. Vivirás en Al-Shahar durante el embarazo y el primer año del niño. A cambio, liquido todas las deudas, cubro los tratamientos de tu madre y tú recibirás un estipendio generoso. Al final, una suma que garantice tu independencia de por vida.

Una risa fría y hueca se me escapó.

—¿Y el niño? ¿Mi hijo? —pregunté, y vi cómo sus pupilas se contraían al escuchar el posesivo—. ¿Me lo arrancarás de los brazos en su primer cumpleaños?

Por primera vez, algo se quebró en su máscara. Una sombra rápida como un relámpago.

—Serás su madre. Tendrás acceso a él, bajo supervisión y en los términos que establezca. Será criado como un Al-Rashid.

—¡Por Dios, Khalid! —estallé, levantándome de un salto. La silla chirrió contra el mármol—. ¡Estás hablando de una persona, no de un activo!

Él también se levantó, su altura dominante eclipsando la luz.

—¡Le estoy ofreciendo un futuro que mil generaciones de tu familia no podrían soñar!—rugió, y por un instante vi el fuego feroz bajo el hielo—. ¿Crees que tu «amor» y tu apartamento de alquiler le darán más que un imperio? ¡Lo que ofrezco es seguridad! Poder. Un destino.

—¡Lo que ofreces es una jaula de oro! —grité, y las lágrimas de rabia asomaron—. ¡Y a mí, el papel de la prisionera que amamanta al heredero!

Palideció. La mandíbula, tensa como una roca.

—La última vez, tú fuiste la que huyó —recordó, con una voz tan baja y peligrosa que erizó mi piel—. Sin una palabra. Me trataste como a un error. Así que no hables de prisiones, Elena. Tú construyes las tuyas propias.

El silencio que siguió fue denso, cargado de fantasmas.

Respiré hondo. Lo miré. Al hombre que una vez amé, ahora convertido en un extraño que, sin saberlo, negociaba por el hijo que ya era suyo. La ironía era un cuchillo en el costado.

—¿Y si me niego? —pregunté, la voz reducida a un susurro ronco.

Recuperó su compostura en un instante. El negociador volvió al tablero.

—Entonces verás a tu padre en la cárcel. Tu madre perderá su cobertura. Y tú… —clavó en mí una mirada gélida— encontrarás que cada puerta profesional en este país se cerrará. No por venganza. Por conveniencia.

Lo miré y ya no vi al amante, ni al hombre arrogante. Vi al Jeque de Hierro. Y supe que decía la verdad.




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