Dos días. Cuarenta y ocho horas de pesadilla. Cada minuto que pasaba era un latido más de pánico contra mis sienes. Aun recordaba aquel hombre de la cámara.
¿Quién era? ¿Un detective privado de Khalid, haciendo una investigación más profunda de la que admitió? ¿O algo peor? No podía preguntar. No podía mostrar mi terror. Solo podía actuar.
Llamé a mi madre desde un teléfono público, la voz un hilo tenso.
—Mamá, escucha. No me cuestiones. Toma a Amir y vete a la casa de la tía Clara en el pueblo. Hoy mismo. Usa efectivo. Apaga tus móviles. No le digas a nadie adónde vas.
—Elena, ¿qué pasa? ¡Estás asustándome!
—Por favor, mamá. Por Amir. Confía en mí. Te explicaré pronto. ¡Por favor!
Colgué antes de que mi voz quebrara. Rezá para que llegaran a tiempo, para que desaparecieran. Mientras tanto, yo tenía un infierno que atender.
El registrador era una habitación pequeña y gris, olía a polvo y a trámites. Khalid ya estaba allí, imponente en un traje azul marino, un testigo de aspecto severo a su lado. Ni flores, ni sonrisas, ni anillo. Solo documentos.
—Firmarás aquí, y aquí —indicó el oficial, señalando con un dedo amarillento.
Khalid me tendió una pluma. Nuestros dedos no se tocaron.
—Las garantías adicionales están adjuntas como anexo—dijo, su voz neutra—. Mi abogado las tiene.
Asentí, sin mirarlo. Firmé "Elena Torres" por última vez. La siguiente firma sería con un apellido que me quemaría la lengua: Al-Rashid.
—Bien —dijo el oficial, estampando un sello con un golpe seco—. Quedan legalmente unidos en matrimonio.
La palabra "unidos" sonó a burla macabra. Khalid asintió brevemente.
—El jet despega en tres horas.Tu equipaje ya ha sido recogido de tu apartamento.
Me giré hacia él, el pánico superando por un instante la contención.
—¿Qué? ¿Cómo? ¡No daspermiso!
—Es parte del acuerdo—replicó, sin inmutarse—. Vivirás en Al-Shahar. El viaje empieza ahora. Tu… familia —dijo la palabra con una pausa imperceptible— será informada de tu ubicación una vez que hayamos llegado.
Sentí que el suelo se abría. Los había puesto a salvo, pero ahora yo era la que desaparecía. Sin poder ver a Amir, sin poder asegurarme de que estaban bien. Estaba completamente a su merced.
El viaje en su jet privado fue un silencio opresivo. Él trabajaba en un portátil. Yo miraba por la ventanilla, viendo cómo mi vida se reducía a nubes y distancia. ¿Dónde estaba mi hijo? ¿Estaba asustado?
—Las reglas —dijo su voz de repente, haciéndome sobresaltar—. Una vez en el palacio, tendrás un ala a tu disposición. No saldrás de los terrenos sin mi permiso o sin escolta. Tendrás citas médicas semanales hasta confirmar el embarazo.
—¿Prisión, entonces? —murmuré, sin apartar la vista de la ventana.
—Protección — corrigió él—. Al-Shahar no es tu ciudad. Y mi esposa es un objetivo. La discreción es… crítica.
No dije nada. El avión comenzó su descenso. Abajo, el desierto dorado se extendía hasta donde alcanzaba la vista, y en medio, como un milagro de piedra blanca y cristal, el Palacio Al-Shahar. Era enorme, impenetrable, hermoso. Mi nueva jaula.
Un séquito de sirvientes silenciosos nos recibió. Todo eran reverencias y "Bienvenida, Sitt Elena". Me condujeron a través de pasillos interminables y frescos, decorados con lujosa austeridad, hasta una suite que rivalizaba con el tamaño de mi antigua manzana de la ciudad. La puerta se cerró con un suave clic.
Estaba sola. Por primera vez en días, me dejé caer en un sofá, el cuerpo pesado como plomo. Saqué mi teléfono personal, escondido. Una barra de señal débil. Un mensaje entrante de un número desconocido. Lo abrí con el corazón en la garganta.
Era una foto. Borrosa, tomada desde lejos. Mostraba a mi madre y a Amir, de espaldas, subiendo a un autobús en la estación central. El mensaje decía: "A salvo. Mantente fuerte. No llames. Te contactaremos." Debía ser de mi primo, usando un móvil desechable. Un alivio agónico me inundó. Estaban en camino.
Pero debajo de esa foto, había otra. Esta, clara y nítida. Era yo, saliendo del edificio de Khalid dos días antes, el rostro demacrado por el miedo. Y alguien había dibujado un círculo rojo digital alrededor de mi bolso, donde asomaba la foto de Amir. El texto, esta vez, era distinto, y procedía de otro número completamente diferente:
"Los secretos son cargas pesadas en el desierto, Sitt Elena. ¿Cuánto tiempo podrás cargar con el tuyo antes de que se lo cuente al Jeque?"
Un grito se ahogó en mi garganta. No era el hombre de Khalid. Era alguien más. Alguien que sabía. Y que no quería dinero. Quería algo más.
La puerta de mi suite se abrió sin previo aviso. Khalid estaba en el marco, ya cambiado a una thobe blanca inmaculada que amplificaba su autoridad. Sus ojos barrieron la habitación y se clavaron en mí, todavía pálida y temblorosa, con el teléfono apretado en mi mano.
—¿Problemas? —preguntó, su tono curiosamente suave. Peligrosamente suave.
Traté de esconder el teléfono,pero fue inútil. Su mirada no se apartaba de mis manos.