Un Heredero para el Jeque del Desierto

Capítulo 7

El aeropuerto privado de Al-Shahar amaneció envuelto en una neblina dorada que se disipaba lentamente bajo el sol incipiente. Llevaba despierta desde las cuatro de la madrugada, incapaz de conciliar el sueño, repasando una y otra vez cada detalle de mi plan de contingencia. La villa en la costa que Khalid había mencionado era real; la había visto en fotografías durante mi investigación obsesiva de sus propiedades meses atrás. Un edificio de piedra blanca encaramado sobre acantilados, con vistas al mar Arábigo, alejado de todo y de todos.

El jet privado que había enviado por Amir y mi hermana Carmen estaría aterrizando en cualquier momento. Mis manos sudaban. Las miraba, ajenas, como si pertenecieran a otra persona.

—Estás nerviosa.

La voz de Khalid llegó desde la puerta del salón VIP donde me había refugiado. Vestía de manera informal para lo que era habitual en él: pantalones de lino beige, camisa blanca de manga larga con los puños remangados, sin corbata. Parecía casi humano. Casi accesible.

—¿Tú no? —respondí sin mirarlo, los brazos cruzados sobre el pecho como una coraza.

—No puedo permitírmelo. —Se acercó a la ventana panorámica desde la que se divisaba la pista de aterrizaje—. El nerviosismo es un lujo que los que mandamos no tenemos.

—No mandas sobre esto. —Finalmente giré la cabeza hacia él—. Sobre esto no mandas tú, ni yo, ni nadie. Esto es un niño de cinco años. Y si esperas que se comporte como un soldado o un diplomático, te equivocas.

Khalid sostuvo mi mirada sin parpadear.

—No espero nada. Por eso estoy nervioso. —Su confesión me sorprendió—. ¿Puedo decirte algo que no le he dicho a nadie?

—No soy tu confesora —respondí con aspereza, aunque la curiosidad me carcomía.

—No, no lo eres. Eres la madre de mi hijo. Y antes de que llegue, necesito que sepas algo. —Se giró completamente hacia mí, y por primera vez vi sus hombros caídos, su postura menos imponente—. No sé ser padre. Mi propio padre… bueno, ya sabes cómo era. Frío, distante, más interesado en la dinastía que en la familia. Me educaron para gobernar, no para querer.

—Y ahora tienes miedo de no saber cómo hacerlo —completé, porque era evidente.

—Miedo, no. Preocupación.

—Se llama miedo, Khalid. —Di un paso hacia él—. Y está bien tenerlo. Yo también tuve miedo cuando nació. Cuando lo tuve en brazos por primera vez y me di cuenta de que era completamente responsable de otro ser humano. De que cada decisión que tomara afectaría su vida para siempre. Ese miedo no desaparece. Solo aprendes a vivir con él.

—¿Y cómo lo haces? —preguntó, y había tal vulnerabilidad en su voz que por un momento casi olvidé que era el mismo hombre que me había amenazado con quitarme la custodia de mi hijo.

—No lo sé. —Me encogí de hombros—. A veces creo que lo estoy haciendo todo mal. Que debería ser más estricta, o más cariñosa, o más presente, o darle más espacio. Luego lo miro y sonrío porque es feliz, porque está sano, porque a pesar de todas mis meteduras de pata, sigue siendo un niño feliz. Y entonces sé que, de alguna manera, lo estoy haciendo bien.

Khalid asintió lentamente, procesando mis palabras.

—Gracias —dijo, y la palabra sonó extraña en su boca, como si no estuviera acostumbrado a pronunciarla.

—No me des las gracias todavía. Espera a conocerlo.

El rugido de los motores del jet cortó el silencio. Ambos nos giramos hacia la ventana. El avión descendía majestuosamente, las ruedas de aterrizaje desplegándose como las patas de un ave gigante. Mi corazón dio un vuelco.

—Están aquí —murmuré, más para mí misma que para él.

Hu

—¿Vamos? —Khalid extendió la mano hacia mí, un gesto casi caballeroso que no esperaba.

Miré su mano, luego su rostro. Había algo diferente en él. Algo más humano, más real. Como si las máscaras que había usado durante nuestra breve convivencia como esposos se hubieran caído, dejando al descubierto al hombre que se escondía debajo.

—Vamos —respondí, ignorando su mano y caminando hacia la puerta.

La escalerilla del jet se desplegó con un silbido hidráulico. El sol de la mañana golpeaba el metal, creando destellos cegadores. Me protegí los ojos con la mano, buscando entre las pequeñas ventanillas el rostro que había visto todos los días durante los últimos cinco años.

Carmen apareció primero. Mi hermana mayor, con su melena pelirroja revuelta por el viaje y ojeras que delataban una noche sin dormir. Me vio y esbozó una sonrisa cansada, luego sus ojos se desplazaron hacia Khalid, que permanecía a mi lado como una estatua de músculo y silencio. Su sonrisa se congeló.

—Elena —dijo, bajando los pocos escalones que la separaban de mí—, ¿esto es…

—Luego te explico —la interrumpí, mi voz quebrada por la emoción—. ¿Dónde está?

—Detrás de mí. Venía dormido, pero despertó cuando empezamos a descender. Está…

No la dejé terminar. Subí los escalones de dos en dos, empujando la puerta del jet, mis ojos buscando frenéticamente en el interior.

Y allí estaba.

Amir estaba sentado en uno de los enormes asientos de cuero, sus piernas cortas colgando sin tocar el suelo, sus manos aferradas al cinturón de seguridad como si fuera un salvavidas. Llevaba su pijama favorito, el azul con estrellas que había comprado en una liquidación, y su peluche de conejo, el mismo que Khalid había sostenido la noche anterior, apretado contra su pecho.




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