Un Heredero para el Jeque del Desierto

Capítulo 8

Khalid estaba al pie de la escalerilla, inmóvil. Su rostro era una máscara impenetrable, pero vi cómo sus manos temblaban ligeramente a los costados. Cómo sus ojos se fijaban en Amir con una intensidad que rozaba lo obsesivo.

Bajamos los escalones lentamente. Amir miraba todo con asombro: el avión enorme, la pista interminable, el hombre alto que nos esperaba abajo.

—Mamá, ¿quién es? —preguntó en un susurro que de todas formas escuchó Khalid.

—Es… —tragué saliva, buscando las palabras adecuadas—. Es alguien muy importante, mi amor. Alguien que quería conocerte.

Llegamos al último escalón. Khalid no se movió. Permaneció allí, mirando a Amir como si fuera un espejismo en el desierto, como si temiera que al acercarse demasiado fuera a desvanecerse.

—Hola —dijo finalmente, y su voz era tan suave, tan diferente a cualquier tono que le hubiera escuchado antes, que por un momento no lo reconocí—. Yo soy Khalid.

Amir lo observó con desconfianza. Apretó mi mano con más fuerza y escondió la mitad de su rostro detrás de mi pierna.

—¿Por qué eres tan alto? —preguntó, y a pesar de la tensión del momento, una sonrisa se me escapó.

Khalid también sonrió. Fue una sonrisa pequeña, casi tímida, que transformaba por completo su rostro severo.

—Comí mucha verdura cuando era pequeño —respondió, arrodillándose para quedar a la altura de Amir—. ¿Tú comes verdura?

—A veces —respondió Amir, saliendo lentamente de su escondite—. Pero no me gusta la brócoli.

—A mí tampoco me gustaba. Pero mi abuela decía que si no la comía, no crecería.

—¿Y creciste?

—Ya ves.

Amir soltó mi mano y dio un paso cauteloso hacia Khalid. Lo examinó de arriba abajo, sus ojos infantiles escudriñando cada detalle.

—Tienes barba —observó—. Mi mamá dice que la barba pica.

—¿Sí? —Khalid me lanzó una mirada divertida—. Pues tu mamá tiene razón. A veces pica. Pero también abriga cuando hace frío.

—Aquí no hace frío —dijo Amir, señalando el sol que ya calentaba con fuerza.

—No, aquí no. Pero en invierno, sí. Un poco.

El diálogo era tan normal, tan cotidiano, que por un momento casi podía olvidar las circunstancias que nos habían llevado hasta allí. Casi podía fingir que éramos una familia normal conociéndose por primera vez.

—Amir —intervine, arrodillándome a su lado—, ¿recuerdas que te dije que íbamos a pasar unos días cerca del mar?

—Sí. Tía Carmen dijo que íbamos a nadar.

—Pues vamos a quedarnos en una casa muy bonita. Y Khalid va a estar con nosotros. ¿Te parece bien?

Amir miró a Khalid, luego a mí, y finalmente asintió con seriedad.

—¿Tiene juguetes? —preguntó.

Khalid soltó una carcajada. Una carcajada genuina, profunda, que sacudió sus hombros y arrugó las comisuras de sus ojos.

—Tendrá los juguetes que quieras —respondió—. Solo tienes que pedirlos.

—Quiero un dinosaurio —dijo Amir sin dudar—. Uno grande. Que ruja.

—Un dinosaurio que ruja —repitió Khalid, como si fuera la petición más razonable del mundo—. Lo tendrás.

—Y un castillo de arena.

—También.

—Y un helado de chocolate.

—Eso ya es más difícil —dijo Khalid, y yo contuve la respiración—. El helado de chocolate solo se da después de comer toda la verdura. Incluido el brócoli.

Amir frunció el ceño, evaluando el trato.

—Está bien —cedió finalmente—. Pero que sea grande.

La villa en la costa era más impresionante de lo que sugerían las fotografías. Una mansión de piedra blanca encaramada sobre un acantilado, con terrazas infinitas que se asomaban al mar Turquesa y jardines que descendían en cascada hacia una playa privada de arena dorada. No había guardaespaldas a la vista, ni cámaras de seguridad visibles. Solo el sonido de las olas rompiendo contra las rocas y el viento salado moviendo las palmeras.

Amir se quedó boquiabierto cuando el coche se detuvo frente a la entrada principal.

—¿Esto es la casa? —preguntó, pegado a la ventanilla—. ¿Es un castillo?

—Es una villa —corrigió Carmen desde el asiento delantero, todavía con cara de no dar crédito a lo que veía—. Un chalet muy, muy grande.

—¡Quiero verlo todo! —gritó Amir, intentando abrir la puerta del coche antes de que el vehículo se detuviera por completo.

Khalid, que iba conduciendo él mismo —otra concesión que no esperaba—, apagó el motor y se giró hacia atrás.

—Primero comemos —dijo—. Luego, la aventura.

—¿Qué vamos a comer? —preguntó Amir, siempre con el estómago como prioridad.

—Lo que tú quieras.

—¿De verdad? —sus ojos se abrieron como platos—. ¿Puedo pedir lo que quiera?

—Lo que quieras —confirmó Khalid, y por un momento sus miradas se encontraron, y vi algo que me heló la sangre y me calentó el corazón a partes iguales: reconocimiento. Como si, a pesar del tiempo perdido, a pesar de las mentiras y los secretos, algo en ellos se reconociera mutuamente.




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