Un Heredero para el Jeque del Desierto

Capítulo 9

Después de comer, mientras Amir exploraba el jardín con Carmen como supervisora, Khalid y yo nos sentamos en una terraza privada con vistas al mar. El silencio entre nosotros era diferente ahora. Menos hostil. Más cansado.

—Es increíble —dijo Khalid, los codos apoyados en la barandilla, la mirada perdida en el horizonte—. Es igual a ti. Los ojos, la forma de fruncir el ceño cuando piensa, la manera de mover las manos cuando habla.

—También tiene cosas tuyas —respondí, sentada en una tumbona, abrazando mis rodillas—. La terquedad, por ejemplo. Cuando quiere algo, no para hasta que lo consigue.

—¿Eso es mío? —preguntó con una sonrisa—. Pensé que era universal en los niños.

—No. Eso es de los Al-Rashid. Mi hermana tiene dos hijos y ninguno es tan cabezón como Amir. —Hice una pausa—. También tiene tu forma de observar. De quedarse quieto y mirar todo antes de actuar. Como si estuviera evaluando el terreno antes de moverse.

Khalid se giró hacia mí, y su expresión era tan vulnerable que tuve que apartar la mirada.

—¿Por qué no me lo dijiste, Elena? —preguntó, y esta vez no había acusación en su voz, solo una tristeza profunda—. ¿Por qué me privaste de esto?

—Porque tenía miedo —respondí, y esta vez no mentí—. Miedo de que me lo quitaras. Miedo de que lo convirtieras en lo que tú eres: un príncipe sin infancia, un heredero sin libertad. Miedo de que al crecer, me mirara y viera a la mujer que se interpuso entre él y su destino.

—¿Y ahora? —Khalid se sentó en la tumbona contigua a la mía, sus piernas casi rozando las mías—. ¿Qué ves ahora?

—Ahora veo a un hombre que quiere intentarlo. Y eso es más de lo que esperaba.

—No sé si podré ser el padre que él necesita —admitió, pasándose una mano por el cabello—. Pero sé que quiero intentarlo. Y sé que no quiero hacerlo sin ti.

La declaración me dejó sin aliento.

—¿Qué quieres decir con «sin mí»? —pregunté, aunque temía la respuesta.

—Quiero decir que esto no funciona si estamos en bandos opuestos. No funciona si tú me ves como el enemigo y yo te veo como la mujer que me ocultó a mi hijo. —Se inclinó ligeramente hacia mí—. Quiero decir que necesito que seamos un equipo. Por él.

—¿Un equipo? —repetí, escéptica—. ¿Después de amenazarme con quitarme la custodia? ¿Después de decirme que no tenía opciones?

Khalid cerró los ojos, y cuando los abrió de nuevo, vi remordimiento en ellos.

—Fui un imbécil —dijo—. Un imbécil asustado que reaccionó con lo único que sabía hacer: atacar. Pero no quiero eso. No quiero que mi hijo crezca en medio de una guerra entre sus padres. No quiero ser ese tipo de padre.

—¿Y qué tipo de padre quieres ser? —pregunté, y mi voz sonó más suave de lo que pretendía.

—No lo sé. Pero quiero descubrirlo. Con él. Y contigo, si me dejas.

El viento salado nos envolvió, trayendo consigo el sonido de la risa de Amir desde el jardín. Me giré hacia él, viendo a mi hermana perseguirlo entre las buganvillas, sus pequeñas piernas moviéndose veloces sobre el césped.

—No prometo nada —respondí finalmente—. No prometo que sea fácil. No prometo que no intente huir otra vez si las cosas se ponen feas. Pero prometo intentarlo. Por él.

—Es suficiente —dijo Khalid, y su mano encontró la mía sobre la tumbona—. Por ahora, es suficiente.

No aparté mi mano. No por deseo, ni por rendición, sino porque en medio del caos, del miedo, de la incertidumbre, ese pequeño contacto era el único ancla que me mantenía en tierra.

La tarde cayó sobre la villa como un manto de oro líquido. El sol se hundía en el mar, pintando el cielo de tonos violáceos y naranjas que se reflejaban en las olas. Amir había jugado hasta agotarse, recorriendo cada rincón del jardín, mojándose los pies en la piscina de agua salada que imitaba una laguna natural, y finalmente había sucumbido al sueño en uno de los sofás de la terraza, su cabeza apoyada en el regazo de Carmen.

—Es un torbellino —dijo mi hermana en voz baja, acariciando el cabello de Amir—. No para nunca.

—Ya lo sé —respondí, sentada en el suelo junto al sofá—. Es agotador.

—Pero es feliz. —Carmen me miró, y su expresión era seria—. Elena, ¿qué está pasando realmente? No me trajiste aquí solo para unas vacaciones. ¿Quién es ese hombre?

Khalid se había retirado hace una hora a atender asuntos de Estado, o eso había dicho. Yo sabía que en realidad nos estaba dando espacio para hablar.

—Es su padre —respondí, y la verdad supo a liberación y a veneno al mismo tiempo.

Carmen parpadeó. Abrió la boca, la cerró, la abrió de nuevo.

—¿Qué? —susurró finalmente—. ¿El padre de Amir? ¿El tío de una noche del que nunca quisiste hablar?

—Ese mismo.

—¿Y cómo…? —Carmen miró a su alrededor, como si de repente la villa, el mar, el lujo desmedido, cobraran un nuevo significado—. ¿Es rico?

—Es jeque. De Al-Shahar. —Hice una pausa—. Es el hombre con el que me casé.

—¿¡Te casaste con él!? —Carmen casi gritó, y Amir se movió en su sueño, frunciendo el ceño—. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¡Elena, explícame ya!




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