El segundo amanecer en la villa llegó envuelto en una niebla espesa que se aferraba a los acantilados como dedos fantasmas. Me desperté antes que nadie, como siempre, arrastrada por esa ansiedad que se había convertido en mi compañera constante desde la llegada de Amir. El silencio de la casa era absoluto, roto solo por el rumor lejano de las olas y el canto de alguna ave madrugadora.
Me levanté con cuidado para no despertar a Amir, que dormía revuelto en las sábanas a mi lado, su peluche de conejo apretado contra el pecho. Durante un instante me quedé observándolo, la luz gris del amanecer dibujando sus facciones menudas, y sentí ese amor tan vasto que dolía físicamente, como un puño apretado alrededor del corazón.
Bajé las escaleras en silencio, con la intención de preparar un café y disfrutar de la paz antes de que el torbellino del día comenzara. Pero al llegar al salón principal, me encontré con una escena que heló cualquier pensamiento de tranquilidad.
Khalid estaba de pie frente a la ventana, su espalda rígida, el teléfono pegado a la oreja. Hablaba en árabe, rápido y bajo, y aunque no entendía las palabras, el tono era inconfundible: ira contenida, furia a punto de estallar. Al otro lado de la línea, alguien hablaba con urgencia, y cada palabra parecía tensar más los músculos de Khalid.
Cuando colgó, se quedó inmóvil durante un largo momento, la frente apoyada contra el cristal empañado.
—¿Khalid? —mi voz sonó débil, casi un susurro.
Se giró lentamente, y su rostro era el de un extraño. No el hombre que había construido castillos de arena con Amir la tarde anterior, no el padre novato que había reído con torpeza al intentar sujetar una pala de juguete demasiado pequeña para sus manos. Este era el jeque. El estratega. El depredador.
—Tenemos un problema —dijo, y las palabras cayeron entre nosotros como losas funerarias.
—¿Qué tipo de problema? —pregunté, aunque ya lo sabía. Lo había sentido en el aire desde que llegamos, esa sombra que se movía al borde de nuestra felicidad frágil.
Khalid caminó hacia mí, sus movimientos controlados, medidos, como si temiera que cualquier gesto brusco pudiera romper algo.
—El teléfono que me diste. El que usaba la persona que te envió la foto. Lo rastreamos.
—¿Y? —mi corazón latía con violencia, un pájaro atrapado en mi pecho.
—Está limpio. Un prepago comprado en un mercado de Dubai con efectivo. Cámaras de seguridad borradas, testigos que no recuerdan nada. Profesional. —Hizo una pausa, y sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que me erizó la piel—. Pero no es eso lo que me preocupa.
—¿Qué es, entonces?
Khalid tomó aire, y vi cómo algo se quebraba detrás de su máscara de control.
—Esta mañana, antes del amanecer, interceptaron una comunicación. Alguien dentro del palacio filtró información sobre la existencia de Amir. No detalles, no aún. Solo… que existe. Que hay un heredero varón fuera de las paredes del harén.
El mundo se detuvo. Las palabras rebotaron en mi cerebro sin encontrar significado.
—¿Quién? —pregunté, y mi voz era un hilo de nada—. ¿Quién lo sabe?
—Eso es lo peor. —Khalid se pasó una mano por el rostro, y por primera vez desde que lo conocía, lo vi derrotado—. Mis servicios de inteligencia creen que la filtración vino del círculo más íntimo. Alguien con acceso a mis conversaciones privadas. Alguien que sabía que estaba investigando algo en secreto.
—¿Familia? —atiné a decir, porque de repente todo encajaba. La foto amenazante, el momento elegido, la precisión quirúrgica del ataque. Esto no era obra de un enemigo externo. Esto era obra de alguien que conocía a Khalid. Que conocía sus puntos débiles.
—Familia —confirmó él, y la palabra sonó a condena—. Tengo tres hermanos. Dos de ellos están lejos, gobernando provincias, sin interés real en el trono. Pero el tercero…
—¿El tercero qué?
Khalid se sentó en el borde del sofá, derrumbado como un castillo de naipes.
—Se llama Rashid. Es mi medio hermano. Hijo de mi padre y una de sus esposas menores. Siempre ha estado… obsesionado con el poder. Cuando nuestro padre eligió a mi madre como primera esposa y a mí como heredero, Rashid nunca lo aceptó. Durante años ha estado construyendo alianzas en las sombras, esperando su momento.
—¿Y ahora cree que ha llegado?
—Ahora sabe que tengo un hijo fuera del matrimonio —dijo Khalid, y su voz era amarga—. Un hijo concebido antes de que yo fuera rey, antes de que mi matrimonio con Layla fuera arreglado. En nuestras leyes, eso es… problemático. No invalida mi derecho al trono, pero crea dudas. Fisuras que él puede explotar.
—¿Cómo? —pregunté, aunque temía la respuesta.
—Puede argumentar que oculté la existencia de un heredero. Que actué de mala fe. Que si estuve dispuesto a esconder a mi propio hijo, qué más podría estar escondiendo. —Khalid apretó los puños—. En el Consejo de Sabios, hay facciones que llevan años esperando cualquier excusa para desafiar mi autoridad. Rashid solo necesita darles una.
El peso de sus palabras cayó sobre mí como un edificio entero. No solo estaba en juego la custodia de Amir. No solo mi libertad. Estaba en juego un reino.