Un Heredero para el Jeque del Desierto

Capítulo 11

Antes de que pudiera responder, un ruido en la escalera nos interrumpió. Amir apareció, restregándose los ojos con los puños, su conejo colgando de una mano. Llevaba el pijama de estrellas y el pelo tan alborotado que parecía un pequeño erizo.

—Mamá —dijo, su voz pastosa por el sueño—, tengo hambre.

Khalid soltó mis manos como si el contacto quemara. Su rostro se transformó al instante, la dureza reemplazada por una sonrisa cálida que no llegaba a sus ojos.

—Buenos días, pequeño —dijo, levantándose—. ¿Qué quieres desayunar?

Amir lo miró con desconfianza, aún medio dormido.

—¿Tienes cereales? —preguntó—. Los que tienen chocolate.

—Tendremos cereales con chocolate —respondió Khalid, cruzando la habitación hacia la cocina abierta—. Y fruta. Y yogur. Y lo que se te antoje.

Amir se acercó a mí y se acurrucó a mi lado, su pequeño cuerpo cálido contra el mío.

—Mamá, ¿por qué el señor Khalid está triste? —susurró, lo suficientemente alto para que él lo escuchara.

Khalid se detuvo en seco, un cereal en cada mano.

—¿Por qué crees que estoy triste? —preguntó, arrodillándose para quedar a la altura de Amir.

—Porque tus ojos no sonríen —dijo Amir con esa sinceridad brutal de los niños—. Cuando alguien está contento, los ojos sonríen aunque la boca no. Pero tus ojos están llorando por dentro.

El silencio se extendió, denso y frágil. Vi cómo la máscara de Khalid se resquebrajaba, cómo algo profundo y doloroso emergía a la superficie.

—Eres muy listo —dijo finalmente, y su voz era un susurro—. Más que yo.

—Mi mamá dice que soy un viejo en cuerpo de niño —respondió Amir, encogiéndose de hombros—. No sé qué significa, pero ella se ríe cuando lo dice.

—Tu mamá tiene razón. —Khalid me lanzó una mirada que era un poema de cosas no dichas—. Ven, vamos a desayunar. Y luego, si quieres, te enseño a montar a caballo.

—¿De verdad? —los ojos de Amir se iluminaron—. ¿Un caballo de verdad? ¿Uno grande?

—Uno pequeño. Para que puedas alcanzar los estribos.

—¡Mamá, puedo? —Amir se giró hacia mí, saltando en el sitio—. ¡Por favor, por favor, por favor!

—Podemos —respondí, aunque mi corazón estaba en otro lugar, en otro problema—. Pero primero, desayuno.

Mientras Amir devoraba una montaña de cereales con chocolate, Carmen bajó las escaleras con el teléfono en la mano y una expresión que no me gustó nada.

—Elena —dijo, sentándose a mi lado en la cocina mientras Khalid entretenía a Amir en el salón—, tenemos que hablar.

—Ya lo sé —respondí, bajando la voz—. Khalid me ha contado lo de su hermano.

—¿Su hermano? —Carmen frunció el ceño—. No, no es eso. Bueno, también, pero no. Es otra cosa.

—¿Qué?

Carmen me mostró la pantalla de su teléfono. Era un correo electrónico, remitente desconocido, sin asunto. El mensaje era breve y helador:

"Dile a tu hermana que el pequeño Amir tiene unos primos muy interesados en conocerlo. Vendremos pronto a visitarlo. Que disfrute de la playa mientras pueda."

El mundo se detuvo por segunda vez en menos de una hora.

—¿Cuándo recibiste esto? —pregunté, mis dedos temblando al tomar el teléfono.

—Hace diez minutos. No reconocí el remitente, pero cuando abrí el correo… —Carmen se mordió el labio—. Elena, esto no es una amenaza cualquiera. Esto es personal. Saben que estamos aquí. Saben lo de la playa.

—Khalid —llamé, y mi voz salió más aguda de lo que pretendía—. ¡Khalid!

Él apareció al instante, con Amir agarrado a su pierna como un pequeño mono.

—¿Qué pasa?

Le mostré el teléfono. Lo leyó en silencio, y vi cómo la sangre abandonaba su rostro, dejándolo pálido como la cera.

—Hijo de puta —murmuró en árabe, y aunque no entendía la palabra, entendí el odio—. Es él. Es Rashid. Nadie más tiene la osadía de llamarse «primo» de mi hijo. Nadie más sabría lo de la playa.

—¿Cómo puede saberlo? —pregunté, el pánico empezando a hacer mella en mi control—. ¿Hay cámaras? ¿Alguien nos ha seguido?

—No cámaras. —Khalid apretó el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se blanquearon—. Alguien nos está vigilando. Alguien que le pasa información a Rashid.

—¿Uno de tus hombres? —Carmen se había puesto de pie, su instinto protector de madre sobresaliendo por encima de todo.

—O alguien más cercano. —Khalid miró a su alrededor, como si de repente las paredes de la villa tuvieran ojos—. Necesito hacer unas llamadas. Elena, llévate a Amir a tu habitación. No salgáis hasta que yo vuelva.

—¿Volver? —repetí—. ¿Adónde vas?

—A encontrar a la rata que está envenenando mi casa.

Pasaron tres horas. Tres horas encerrada en la habitación con Amir, inventando juegos de sombras en las paredes, leyendo el mismo cuento tres veces seguidas, fingiendo que no veía el miedo en los ojos de Carmen. Tres horas escuchando el rumor de las olas y preguntándome si esa sería la última mañana de paz que tendríamos.




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