Las horas siguientes fueron las más largas de mi vida. La villa, antes un remanso de paz vacacional, se había convertido en una fortaleza sitiada. Los guardaespaldas de Khalid —los que quedaban, los que no habían resultado ser espías de Rashid— patrullaban los perímetros con pasos silenciosos y manos siempre cerca de sus armas. Las ventanas estaban selladas, las puertas reforzadas, y cada teléfono en la casa había sido intervenido por los técnicos de seguridad.
Carmen y yo nos turnábamos para vigilar a Amir, que parecía percibir la tensión en el aire como los animales perciben una tormenta. No preguntaba por Khalid —quizás porque intuía que la respuesta no le gustaría—, pero sus ojos seguían cada movimiento de los guardias, cada llamada telefónica, cada susurro entre los adultos.
—Mamá —dijo mientras desayunábamos, partiendo una tostada en trozos diminutos que no se llevaba a la boca—, ¿papá va a volver hoy?
—Eso espero, mi amor —respondí, acariciándole el cabello.
—¿Y si no vuelve?
La pregunta me heló la sangre. Carmen, que estaba al otro lado de la mesa, dejó caer la cuchara sobre el plato con un ruido metálico.
—Volverá —intervino antes de que yo pudiera responder—. Tu papá es muy fuerte. Y muy listo. Más que el señor Rashid, seguro.
—Pero el señor Rashid es malo —insistió Amir, frunciendo el ceño—. Y los malos a veces ganan. En las películas, ganan.
—Esto no es una película —respondí, arrodillándome a su lado para mirarlo a los ojos—. Esto es la vida real. Y en la vida real, los buenos también ganan. A veces no a la primera, pero ganan.
—¿Tú crees que papá es bueno?
La pregunta me pilló desprevenida. Khalid era muchas cosas: poderoso, implacable, a veces frío. ¿Bueno? No era el adjetivo que habría usado.
—Creo que tu papá quiere hacer lo correcto —respondí con cuidado—. Y eso es más importante que ser bueno.
Amir asintió, como si aquello tuviera sentido para él, y volvió a su tostada. Pero yo sabía que no había terminado de pensar en ello. Mi hijo tenía una mente que nunca dejaba de girar, como una noria en un parque de atracciones eternamente encendido.
—
Las horas pasaron lentamente. El mediodía llegó y se fue sin noticias. La tarde empezó a caer, pintando el cielo de naranjas y violetas que debían ser hermosos pero que a mí me parecían amenazadores.
Carmen había conseguido dormir una siesta con Amir en el sofá, sus cuerpos enroscados como gatitos. Yo estaba en la terraza, mirando el mar sin verlo, cuando mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Khalid: "Todavía en sesión. Rashid ha presentado la carta. Los peritos la están analizando. Esto puede alargarse. Cuida de ellos."
Respondí: "Ellos te cuidan a ti. Vuelve pronto."
No hubo respuesta.
—
El atardecer se convirtió en noche, y la noche en madrugada. Me había quedado dormida en el sillón de la terraza, envuelta en una manta, cuando el ruido de un helicóptero me despertó con el corazón en un puño.
Salí corriendo al jardín, seguida por Carmen y por dos guardaespaldas que aparecieron de la nada. Las hélices del aparato levantaban remolinos de arena que me obligaban a cubrirme los ojos.
La puerta se abrió.
Khalid bajó los escalones con pasos lentos, pesados. Su rostro estaba demacrado, sus ojos enrojecidos, su traje arrugado como si hubiera dormido con él puesto. Pero estaba entero. Estaba vivo.
—¿Qué ha pasado? —pregunté, corriendo hacia él—. ¿Qué ha dicho el Consejo?
Khalid me miró, y en sus ojos vi un cansancio infinito.
—Dentro —dijo, pasando a mi lado sin abrazarme—. Hablamos dentro.
—
En el salón, con las puertas cerradas y los guardias apostados en el exterior, Khalid se dejó caer en el sofá como un peso muerto. Yo me senté frente a él, las manos sudorosas, el corazón latiéndome en la garganta.
—La carta es real —dijo finalmente, y cada palabra era un clavo en mi ataúd—. Los peritos del Consejo la han autenticado. Es la letra de mi padre. Es su sello. Es su firma.
—¿Y qué dice exactamente? —pregunté, aunque ya me lo imaginaba.
Khalid tomó un sobre del bolsillo interior de su chaqueta y lo deslizó sobre la mesa.
—Léelo tú misma.
Con manos temblorosas, abrí el sobre y desplegué la carta. El papel era amarillento, las letras temblorosas, como las de un hombre al borde de la muerte.
"En el nombre de Alá, el Compasivo, el Misericordioso.
Yo, Faisal Al-Rashid, Rey de Al-Shahar y Guardián de los Dos Mares, en mi lecho de muerte y en pleno uso de mis facultades, declaro lo siguiente:
Mi hijo mayor, Khalid Al-Rashid, nacido de la princesa Aisha bint Sultan, ha sido hasta ahora mi heredero aparente. Sin embargo, tras largas deliberaciones y en conciencia de lo que es justo, revoco su designación.
Nombro en su lugar a mi hijo Rashid Al-Rashid, nacido de Leila bint Yusuf, como único y legítimo heredero al trono de Al-Shahar. Que esta decisión sea respetada por el Consejo de Sabios y por todos los miembros de la familia real, bajo pena de maldición divina.