Un Heredero para el Jeque del Desierto

Capítulo 14

La ausencia de Khalid se sintió como un hueso roto: un dolor sordo y constante que recordaba con cada movimiento que algo no estaba bien. Habían pasado dos días desde su partida hacia la capital, y aunque me enviaba mensajes cada pocas horas —"Estoy bien", "Sigo negociando", "Cuida de Amir"—, la distancia entre líneas era más elocuente que las palabras. No decía que me extrañaba. No preguntaba por nuestro hijo. No mencionaba si había comido o dormido. Eran comunicaciones de un soldado en el frente, no de un hombre que apenas unos días atrás había construido castillos de arena en la playa.

Carmen notaba mi inquietud. Cada vez que el teléfono vibraba, giraba la cabeza para observarme, como si esperara que estallara en llanto o en furia. Pero no hacía ninguna de las dos cosas. Me limitaba a leer los mensajes, guardar el teléfono y seguir con lo que estaba haciendo: preparar la comida de Amir, tender su ropa, leerle cuentos antes de dormir. La rutina era mi ancla, la única manera de no perderme en el laberinto de mi propia ansiedad.

—Mamá —dijo Amir esa tarde, mientras hacíamos un puzle en el suelo de la terraza—, ¿por qué papá no llama?

—Está muy ocupado, mi amor.

—¿Más ocupado que yo? Porque yo aunque estoy ocupado jugando, siempre tengo tiempo para llamar.

El argumento era impecable, como todo lo que salía de la boca de mi hijo.

—Es un tipo de ocupado diferente —intenté explicar—. Tu papá tiene que resolver problemas de muchas personas. Tú solo tienes que resolver puzles.

—¿Y los problemas de las personas son más importantes que nosotros?

La pregunta me atravesó como una espada. Porque en el fondo, esa era mi mayor inseguridad: que para Khalid, el trono, el poder, la lucha contra Rashid, fueran más importantes que nosotros. Que al final, fuéramos solo un peón más en su tablero.

—No, mi amor —respondí, acariciándole el cabello—. No son más importantes. Pero a veces, las personas que queremos tienen que hacer cosas difíciles para poder estar con nosotros después.

—Mi abuela dice que las excusas son como los culos —terció Carmen, apareciendo con una bandeja de limonada—: todo el mundo tiene uno.

—¡Carmen! —la regañé, aunque una sonrisa se me escapaba.

—¿Qué es un culo, tía? —preguntó Amir, con esa curiosidad insaciable que lo caracterizaba.

—Es… —Carmen me miró, pidiendo auxilio—. Es una parte del cuerpo. Ahora bebe tu limonada y no preguntes más.

Amir obedeció, aunque sus ojos decían que no había olvidado la pregunta.

Esa noche, cuando Amir ya dormía, recibí una llamada que no esperaba. El teléfono vibró con un número que no reconocía. Por un momento pensé en no contestar —podía ser Rashid, o uno de sus secuaces— pero algo me empujó a hacerlo.

—¿Elena? —la voz era femenina, joven, con un ligero acento inglés—. Soy Leila. La esposa de Rashid.

El mundo se detuvo. Durante varios segundos, no supe qué decir. La mujer que me había amenazado a través de su marido, la cómplice silenciosa de todo este infierno, me estaba llamando.

—¿Qué quieres? —pregunté, mi voz más fría de lo que me sentía.

—Quiero hablar contigo. A solas. Sin maridos, sin guardaespaldas, sin testigos.

—¿Estás loca? ¿Crees que voy a confiar en ti?

—No te pido que confíes en mí. Te pido que me escuches. Tengo información que puede salvar a tu marido. Y a mi marido también. De sí mismo.

—¿Qué información?

—No por teléfono. Nunca se sabe quién puede estar escuchando. —Hizo una pausa—. Hay un café en la ciudad, cerca del puerto. Se llama "El Faro". Mañana a mediodía. Ven sola. Te lo ruego.

—¿Por qué debería hacerlo?

—Porque soy la única persona en este país que quiere lo mismo que tú: que esta locura termine sin más sangre.

Colgó antes de que pudiera responder. Me quedé con el teléfono en la mano, el corazón latiéndome a toda velocidad, la mente girando como una noria.

—¿Quién era? —Carmen apareció en la puerta de la terraza, su rostro iluminado por la luz tenue de la lámpara.

—La esposa de Rashid —respondí—. Quiere reunirse conmigo.

—¿Estás loca? ¡No vas a ir!

—Tengo que ir.

—¡No tienes que ir a ninguna parte! Eso es una trampa. Quiere encerrarte, o hacerte daño, o utilizarte como moneda de cambio.

—¿Y si no es así? ¿Y si realmente quiere ayudar?

—¿La esposa del hombre que quiere destruir a Khalid? ¿Ayudar? ¡Por favor, Elena, no seas ingenua!

—No soy ingenua. Soy desesperada. —Me levanté y caminé hacia la ventana, mirando el mar oscuro—. Khalid está perdiendo. Lo sé por sus mensajes. No lo dice, pero lo sé. Necesita una ventaja, cualquier cosa que pueda usar contra Rashid. Y si esta mujer tiene esa ventaja…

—¿Y si tiene una bala con tu nombre? —Carmen se puso frente a mí, bloqueándome el paso—. No voy a dejarte ir sola.

—Entonces ven conmigo. Pero quédate fuera. Vigila desde lejos. Si algo sale mal, llamas a los guardias.




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