El sueño de aquella noche fue inquieto, poblado de sombras que se movían en los márgenes de mi conciencia. Amir se había quedado en mi cama, su cuerpo pequeño y cálido pegado al mío, y cada vez que abría los ojos sobresaltada, su respiración tranquila me devolvía a la realidad. Pero la realidad era frágil, lo sabía. Demasiado frágil.
El amanecer llegó teñido de gris. Las nubes se acumulaban sobre el mar, presagiando una tormenta que parecía anunciar algo más que lluvia. Khalid ya no estaba a mi lado cuando desperté —se había ido antes del alba, según me informó Carmen, llamado por una reunión de emergencia con sus abogados. El sobre con los informes médicos había desaparecido con él.
—No me gusta esto —dijo Carmen mientras desayunábamos, sus ojos fijos en el horizonte encapotado—. Hay algo en el aire. No sé explicarlo, pero algo va a pasar.
—Siempre está pasando algo —respondí, aunque en el fondo compartía su inquietud—. La diferencia es que ahora podemos hacer algo al respecto.
—¿Podemos? —Carmen dejó la taza de café sobre la mesa con un golpe seco—. Elena, hace dos días no sabías si tu marido volvía con vida. Ayer te reuniste a escondidas con la esposa de su enemigo. Hoy, Khalid ha desaparecido antes de que amaneciera sin decirte adónde iba. ¿De verdad crees que controlas algo?
Su crudeza me golpeó como un puñetazo.
—No controlo nada —admití—. Pero no puedo quedarme de brazos cruzados viendo cómo se hunde todo.
—Puedes hacerte a un lado. Puedes coger a Amir y volver a Madrid, como Khalid te pidió al principio.
—¿Y abandonarlo? ¿Dejarlo solo para que Rashid lo destruya?
—No es tu guerra, Elena.
—Es mi guerra desde la noche en que conocí a Khalid. Es mi guerra desde que Amir nació. Es mi guerra desde que puse un pie en este maldito país. —Me levanté de la mesa, las manos temblorosas—. No voy a huir. No ahora. No cuando estamos tan cerca.
Carmen suspiró, frotándose la frente.
—Eres igual de cabezona que él. Los dos iguales.
—Gracias —respondí, con una sonrisa que no llegaba a mis ojos.
No era un cumplido y lo sabía.
---
La mañana transcurrió con una lentitud exasperante. La tormenta anunciada nunca llegó, pero las nubes seguían ahí, pesadas y grises, como una amenaza suspendida sobre nuestras cabezas. Amir jugaba en el salón con sus dinosaurios de plástico, haciendo ruidos de rugidos y explosiones, ajeno a la tensión que vibraba en el aire.
Alrededor de las once, mi teléfono vibró con un mensaje de Khalid: "Los abogados creen que podemos ganar. Presentaremos los informes mañana al mediodía. No me llames, la línea puede estar intervenida. Cuídate."
Lo leí tres veces, buscando entre líneas algún mensaje oculto. No lo había. Solo el pragmatismo de un hombre acostumbrado a la guerra.
Guardé el teléfono y me asomé a la ventana. Los guardaespaldas seguían ahí, invisibles pero presentes. El jardín estaba vacío, la piscina quieta, el mar encrespado por el viento que empezaba a levantarse.
Todo parecía normal.
Pero no lo era.
---
El golpe en la puerta principal me hizo dar un salto. Eran las dos de la tarde. Amir acababa de terminar de comer y estaba viendo dibujos animados en el salón, enroscado en el sofá como un gato perezoso.
—¿Quién es? —pregunté a uno de los guardias que custodiaban la entrada.
—No lo sabemos, Sitt Elena. No reconocen el coche. Pero son tres hombres, bien vestidos. Dicen que vienen de parte del Consejo de Sabios.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Les han registrado las armas?
—Sí. Llevan pistolas, pero tienen permiso. Son miembros de la seguridad del Consejo.
—Déjalos pasar.
Carmen apareció a mi lado, con Amir agarrado de la mano.
—¿Seguro? —preguntó, con el ceño fruncido.
—No, pero no podemos negarnos a recibir a representantes del Consejo. Sería como admitir culpa.
Los tres hombres entraron en el salón con paso firme. El que iba delante era mayor, de pelo canoso y mirada aguda, con un traje oscuro que le daba un aire de funcionario. Los otros dos se quedaron detrás, en posición de guardia.
—Sitt Elena Al-Rashid —dijo el mayor, inclinando ligeramente la cabeza—. Soy Habib Mansour, secretario del Consejo. Lamento interrumpir su día, pero es necesario que nos acompañe.
—¿Acompañarle? ¿A dónde?
—A la sede del Consejo. Hay ciertos asuntos que requieren su testimonio.
—¿Qué tipo de asuntos?
—Los relacionados con la sucesión al trono. Y con la custodia del niño Amir.
El mundo se detuvo. Escuché la respiración de Carmen a mi lado, el latido de mi corazón, el sonido lejano de los dibujos animados en el salón.
—No voy a ninguna parte sin mi hijo —respondí, con una firmeza que no sentía.
—El niño también está citado —dijo Habib, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Por supuesto, usted podrá acompañarlo en todo momento.