Volvimos a la villa en un silencio sepulcral. El coche blindado atravesaba las calles vacías de la capital mientras la noche caía sobre Al-Shahar como una losa. Amir dormía plácidamente en mi regazo, su cabeza apoyada contra mi pecho, completamente ajeno al precipicio hacia el que nos despeñábamos.
Khalid iba en el asiento del copiloto, su perfil recortado contra el cristal oscuro. No había pronunciado una sola palabra desde que salimos del Consejo. Sus manos descansaban sobre sus muslos, inmóviles, como si el resto del cuerpo también estuviera paralizado.
Carmen me miraba de reojo desde el asiento trasero, sus ojos llenos de preguntas que no se atrevía a formular en voz alta. Yo no tenía respuestas. Solo tenía un nudo en el estómago y una pregunta que vibraba en mi cabeza como un insecto atrapado en un frasco: ¿cómo habíamos llegado hasta aquí?
—¿Crees que Leila ha huido de verdad? —pregunté cuando el coche se detuvo ante la puerta de la villa.
Khalid tardó varios segundos en reaccionar. Cuando lo hizo, su voz sonó cansada, derrotada.
—No lo sé. Y ya no importa.
—¿Cómo que no importa? Si encontramos a Leila, podemos…
—¿Qué podemos hacer, Elena? —Se giró hacia mí, y sus ojos estaban enrojecidos, pero no por el sueño—. ¿Arrastrarla ante el Consejo para que testifique en nuestra contra cuando Rashid la haya manipulado? ¿Obligarla a decir la verdad bajo tortura? No vivimos en la Edad Media. Esto es un estado de derecho, y los estados de derecho requieren pruebas. Pruebas que no tenemos.
—Tenemos los informes médicos.
—Tenemos unos papeles que nuestra única testigo podría haber falsificado. —Khalid bajó del coche y se quedó mirando el mar—. Rashid tiene razón en una cosa: sin Leila, su testimonio es solo nuestra palabra contra la suya. Y la carta de mi padre… la carta es real.
Bajé del coche con cuidado para no despertar a Amir, que Carmen tomó en brazos con un suspiro resignado.
—Voy a acostarlo —dijo mi hermana, alejándose hacia la villa.
Me quedé sola con Khalid en el jardín, el viento nocturno agitándonos el cabello, las olas rompiendo en la distancia como un corazón que se niega a dejar de latir.
—No te rindas —dije, acercándome a él—. Aún no.
—No me rindo. Reconozco la realidad. —Se giró para mirarme—. Mañana el Consejo fallará en contra. Rashid será proclamado rey. Yo seré un exiliado. Y tú… tú podrás volver a Madrid con Amir. Eso es lo único que importa.
—¿Lo único que importa? —Mi voz se llenó de una furia que no sabía que llevaba dentro—. ¿Y tú? ¿Tú qué? ¿Te quedas aquí a pudrirte en el exilio mientras nosotros nos hacemos a la idea de que hemos perdido?
—Eso es exactamente lo que quiero que hagas.
—Pues no voy a hacerlo. —Me planté frente a él, mis puños apretados a los costados—. No voy a dejar que Rashid gane. No voy a dejar que te quite tu trono, tu país, tu vida. No después de todo lo que hemos pasado.
—¿Y qué piensas hacer? —preguntó Khalid, con una calma que me resultó más irritante que cualquier grito—. ¿Enfrentarte al Consejo tú sola? ¿Declararle la guerra a Rashid con un ejército de un solo soldado?
—Si hace falta, sí.
Khalid me miró largamente. Luego, muy lentamente, esbozó una sonrisa.
—Eres imposible —dijo—. Absolutamente imposible.
—Lo sé.
—Y yo… —Se acercó un paso, luego otro, hasta que su pecho casi rozó el mío—. Yo te quiero por eso.
La palabra "quiero" cayó entre nosotros como una piedra en un estanque, generando ondas que se expandían más allá de lo previsible.
—¿Me quieres? —repetí, incrédula—. ¿Ahora? ¿En medio de todo esto?
—Es el peor momento para decirlo, lo sé —respondió, alzando una mano para acariciarme la mejilla—. Pero si mañana pierdo todo… si mañana me arrebatan el trono, el país, el nombre… quiero que sepas que al menos tengo esto. Que al menos te he encontrado a ti. Y a Amir.
—No vas a perder —respondí, aunque las lágrimas ya asomaban a mis ojos—. No te lo voy a permitir.
—No puedes impedirlo. —Su pulgar trazó un círculo en mi pómulo—. Pero puedes prometerme que, pase lo que pase, cuidarás de nuestro hijo. Puedes prometerme que no dejarás que el odio a Rashid te consuma. Puedes prometerme que serás feliz. Por los dos.
—No voy a prometer nada que no pueda cumplir.
—Entonces prométeme que lo intentarás.
Cerré los ojos. Sentía su mano en mi mejilla, su aliento en mi frente, su presencia tan cerca que casi podía olvidar la guerra que se avecinaba.
—Lo intentaré —susurré—. Pero tú también. Tú también tienes que prometerme que no te rendirás. Que lucharás hasta el final. Que no dejarás que Rashid te quite la dignidad, aunque te quite todo lo demás.
—Te lo prometo —respondió, y sus labios rozaron los míos—. Te lo prometo.
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Dormimos juntos esa noche, abrazados como náufragos a un mismo tablón. Amir estaba entre nosotros, su pequeño cuerpo cálido y tibio, su respiración suave y regular. A veces, en mitad de la noche, abría los ojos y nos miraba, como asegurándose de que seguíamos ahí. Luego volvía a dormirse, satisfecho.