La celebración en la villa fue breve y contenida. Carmen preparó una cena especial pasta casera, su plato estrella y Amir corrió por el jardín con sus dinosaurios de plástico, rugiendo victorias imaginarias sobre enemigos invisibles. Khalid y yo nos sentamos en la terraza, contemplando el mar teñido de naranja por el atardecer, nuestras manos entrelazadas sobre la mesa como si temiéramos que el otro pudiera desaparecer.
—¿En qué piensas? —preguntó él, notando mi silencio.
—En Leila —respondí, honesta—. En Rashid. En todo lo que ha pasado.
—Ya ha terminado.
—¿Estás seguro?
Khalid giró su cabeza hacia mí, y en sus ojos vi un destello de algo que no había visto antes: incertidumbre.
—Rashid está en prisión preventiva. Sus cuentas han sido congeladas. Sus aliados lo han abandonado. No tiene poder, no tiene dinero, no tiene ejército.
—Pero tiene odio —respondí—. Y el odio, a veces, es más peligroso que cualquier ejército.
Khalid apretó mi mano con más fuerza.
—Le he pedido a mi jefe de seguridad que duplique la vigilancia en la villa. No entrará nadie sin mi autorización expresa.
—No me refiero a la villa. Me refiero a fuera. Cuando volvamos a Madrid. Cuando Amir vaya al colegio, cuando coja el autobús, cuando juegue en el parque. Rashid tiene contactos en Europa. Lo demostró con la foto que me envió.
—Entonces no volváis a Madrid —dijo Khalid, y en su voz había una súplica apenas disimulada—. Quedaos aquí. En el palacio. Conmigo.
—¿Para siempre?
—Para siempre.
La palabra cayó entre nosotros como una promesa y una prisión al mismo tiempo.
—No puedo —respondí, después de un largo silencio—. No puedo vivir encerrada. No puedo criar a Amir entre muros y guardaespaldas. No es vida.
—Es la única vida segura.
—No existe la vida segura, Khalid. Solo existe la vida. Con sus riesgos, sus miedos, sus incertidumbres. No puedo proteger a Amir del mundo entero. Nadie puede.
—Pero puedo intentarlo.
—Lo sé. —Me incliné hacia él y apoyé mi frente contra la suya—. Y te quiero por eso. Pero no puedo aceptarlo. No para siempre.
Khalid cerró los ojos, y durante un largo momento no dijo nada. Solo respiró. Solo existió.
—Entonces buscaremos un término medio —dijo finalmente—. Una casa en Madrid con seguridad. Un colegio con protocolos. Guardaespaldas que no parezcan guardaespaldas. Algo que te dé paz a ti y seguridad a mí.
—¿Negociamos?
—Siempre negociamos. —Abrió los ojos y sonrió—. Es lo único que sabemos hacer bien.
—No es lo único —respondí, y esta vez fui yo quien se inclinó para besarlo.
Esa noche, mientras Amir dormía y Carmen se había retirado a su habitación, Khalid y yo nos quedamos en el salón viendo una película que ninguno de los dos miraba. Mis piernas descansaban sobre su regazo, y sus manos acariciaban mis pies con una lentitud que resultaba hipnótica.
—¿Crees que Rashid aceptará su destino? —pregunté, rompiendo el silencio—. ¿O intentará algo desde la prisión?
—Intentará algo —respondió Khalid, sin dudar—. Es un hombre que no sabe perder. Su obsesión por el poder es más fuerte que su instinto de supervivencia.
—¿Y qué piensas hacer?
—Mantenerlo aislado. Sin comunicación con el exterior. Sin visitas. Sin nada. Que se pudra en una celda mientras el mundo sigue girando sin él.
—¿Y su juicio?
—Será público. Para que todos vean lo que hizo. Para que no quede ninguna duda.
—¿Y Leila?
—Leila testificará. Pero después… después podrá irse. Empezar de nuevo.
—¿En algún lugar lejos de aquí?
—En algún lugar lejos de Rashid. Eso es todo lo que necesita.
Asentí, pensando en aquella mujer de ojos verdes y alma atrapada.
—Espero que encuentre la paz —dije—. Se la merece.
—Todos la merecemos —respondió Khalid—. La cuestión es si estamos dispuestos a luchar por ella.
—¿Tú estás dispuesto?
—Contigo, sí. —Me miró, y en sus ojos vi una determinación que me hizo temblar—. Contigo, lucharía hasta el fin del mundo.
—No necesitas luchar hasta el fin del mundo. Solo hasta que Amir termine el colegio.
—Entonces hasta que Amir termine el colegio. —Sonrió—. Y luego la universidad. Y luego su boda. Y luego…
—Para entonces ya estaremos viejos y cansados.
—Pero estaremos juntos. Eso es lo único que importa.
A la mañana siguiente, el desayuno fue interrumpido por una llamada de Khalid. Contestó en árabe, su rostro cambiando de la calma matutina a una expresión que no me gustó nada.
—¿Qué pasa? —pregunté, cuando colgó.
—Rashid ha solicitado verme. En la prisión. Dice que tiene algo importante que decirme.