El coche blindado atravesó la noche como una bala silenciosa. Amir se había quedado dormido en mi regazo, su pequeño cuerpo cálido y ajeno al peligro, su respiración suave como una caricia. Carmen iba a mi lado, sus dedos entrelazados con los míos, su mirada fija en la oscuridad que se extendía más allá de los cristales opacos.
—¿Sabes adónde vamos? —preguntó en un susurro, para no despertar a Amir.
—No —respondí—. Khalid dijo que era un lugar seguro. Que no podía decírmelo por teléfono.
—¿Confías en él?
—No tengo otra opción.
Carmen apretó mi mano con más fuerza.
—Siempre hay otra opción. Podemos salir del país. Coger un avión a Madrid y desaparecer.
—¿Y dejar a Khalid solo? ¿Dejarlo para que esa sombra acabe con él mientras nosotras huimos?
—No es tu guerra, Elena.
—Sí lo es. —Me giré hacia ella, y en mis ojos había una determinación que no esperaba—. Lo es desde que Amir nació. Lo es desde que Khalid me besó por primera vez. Lo es desde que decidí quedarme.
Carmen me miró largamente, y luego asintió.
—Eres una necia —dijo—. Una necia cabezona que no sabe cuándo rendirse.
—Lo sé. —Esbocé una sonrisa—. Es mi único talento.
El coche se detuvo al cabo de una hora en un lugar que no reconocí. No había luces, no había casas, no había nada. Solo un edificio bajo y alargado, con ventanas oscuras y una puerta de metal oxidado.
—¿Dónde estamos? —pregunté al conductor, uno de los hombres de confianza de Khalid.
—Un lugar seguro, Sitt Elena. No pregunte más.
Bajé del coche con Amir en brazos, seguida por Carmen. El aire era frío y seco, como si estuviéramos en medio del desierto. El cielo estaba lleno de estrellas, más de las que había visto nunca.
—Estamos en una antigua base militar —dijo el conductor, guiándonos hacia la puerta—. Abandonada desde los años noventa. Nadie viene por aquí. Nadie sabe que existe.
—¿Y Khalid? —pregunté—. ¿Khalid sabe que estamos aquí?
—El rey dio órdenes expresas. Usted estará protegida hasta que él mismo venga a buscarla.
—¿Y cuándo será eso?
—No lo sé, Sitt Elena. Pero mientras tanto, tendrá todo lo que necesite. Comida, agua, mantas. Y mis hombres vigilarán el perímetro las veinticuatro horas.
Entramos en el edificio. El interior era tan sombrío como el exterior: paredes de cemento, suelo de tierra batida, una sola bombilla colgando del techo. Había colchones en el suelo, una mesa de campaña, varias cajas de provisiones.
—No es un palacio —dijo Carmen, dejándose caer en uno de los colchones—, pero servirá.
—Servirá —repetí, acostando a Amir con cuidado.
Me senté a su lado, acariciándole el cabello, escuchando su respiración tranquila. Fuera, en la oscuridad, los guardias empezaban a montar sus puestos. El sonido de sus pasos, de sus armas, de sus susurros, era un eco lejano que apenas alcanzaba a llegar hasta nosotros.
—¿Vas a dormir? —preguntó Carmen.
—No. No puedo.
—Entonces hablaremos. Para pasar el tiempo.
—Hablemos.
Carmen se incorporó, apoyando la espalda en la pared.
—¿Cuándo supiste que lo querías? —preguntó—. A Khalid, digo.
La pregunta me pilló desprevenida.
—No lo sé —respondí, después de un largo silencio—. Quizás desde el principio. Quizás desde aquella noche en Mónaco. Pero no lo reconocí hasta mucho después.
—¿Y ahora? ¿Ahora lo sabes?
—Ahora sé que no quiero vivir sin él. Que si le pasa algo, una parte de mí morirá con él.
—¿Crees que eso es amor?
—Creo que es algo más. Algo más grande. Algo que no sé nombrar.
—Se llama destino —dijo Carmen, con una sonrisa triste—. El destino que une a dos personas que están hechas la una para la otra.
—¿Crees en el destino?
—Creo que no hay otra explicación. Una noche en Mónaco. Un hijo. Un matrimonio de conveniencia que se convierte en algo más... Eso no es casualidad, Elena. Eso es el universo diciéndote que hay un camino trazado.
—¿Y si el camino lleva al dolor?
—Todos los caminos llevan al dolor, de una forma u otra. La cuestión es si el amor que encuentras en el camino compensa ese dolor.
—¿Y tú? ¿Has encontrado ese amor?
Carmen bajó la vista.
—Una vez. Hace muchos años. Pero lo dejé escapar.
—¿Por qué?
—Por miedo. Porque pensé que no era suficiente. Porque pensé que merecía algo mejor. —Alzó la vista, y sus ojos estaban llenos de lágrimas—. No cometas el mismo error, hermana. Si amas a ese hombre, lucha por él. No dejes que el miedo te paralice.
—No voy a dejarlo —respondí—. No después de todo lo que hemos pasado.