Un Heredero para el Jeque del Desierto

Capítulo 19

La madrugada nos encontró a todos en el suelo de cemento del edificio abandonado, demasiado agotados para moverse, demasiado aliviados para dormir. Amir se había quedado profundamente dormido entre Khalid y yo, sus pequeñas manos aferradas a nuestras camisas como si temiera que fuéramos a desaparecer si nos soltaba. Carmen roncaba suavemente en el colchón de al lado, envuelta en una manta militar, su rostro por fin relajado después de días de tensión.

Khalid no dormía. Lo notaba en su respiración, en la forma en que sus dedos acariciaban mi mano una y otra vez, como si necesitara confirmar que yo seguía ahí, que Amir seguía ahí, que todo era real.

—Deberías descansar —susurré, sin abrir los ojos.

—No puedo. Cada vez que los cierro, veo su cara. La cara de Jassim apuntando a Carmen. La cara de mi primo, mi sangre, dispuesto a matar a mi familia.

—Pero no lo hizo. Llegaste a tiempo.

—¿Y si no hubiera llegado? ¿Y si me hubiera retrasado cinco minutos?

—Pero llegaste. Eso es lo único que importa.

Khalid se incorporó, apoyando la espalda en la pared, y me arrastró con él. Quedamos sentados, Amir dormido entre nosotros como un puente de carne y hueso.

—Nunca había tenido tanto miedo —admitió, y su voz tembló ligeramente—. Ni cuando mi padre murió. Ni cuando me coronaron. Ni cuando enfrenté a Rashid por primera vez. Nada me había aterrorizado tanto como la idea de perderte a ti. De perder a Amir.

—El miedo no es malo —respondí, apoyando la cabeza en su hombro—. El miedo te mantiene alerta. Te recuerda lo que realmente importa.

—¿Y a ti qué te importa?

—Tú. Amir. Carmen. Esta posibilidad de tener una familia. Algo que nunca tuve. Algo que nunca creí merecer.

—Lo mereces —dijo Khalid, besándome la coronilla—. Lo mereces más que nadie.

—No estoy tan segura.

—Yo sí.

Nos quedamos en silencio, escuchando la respiración de Amir, los ronquidos de Carmen, el viento que aullaba afuera como un lobo solitario.

—¿Qué va a pasar ahora? —pregunté finalmente—. Con Jassim. Con Rashid. Con todo esto.

—Juicios. Prisiones. Tal vez ejecuciones, si el Consejo lo decide. Pero eso ya no nos incumbe. Eso es trabajo de jueces y verdugos.

—¿Y nosotros? ¿Nosotros qué?

—Nosotros volvemos a casa. Al palacio. Y empezamos de cero.

—¿De cero?

—De cero. —Se giró para mirarme, y en sus ojos vi una ternura que nunca había visto antes—. Como una familia. Tú, yo y Amir. Sin mentiras, sin secretos, sin miedo.

—¿Estás seguro de que puede funcionar?

—No. Pero quiero intentarlo. ¿Tú quieres?

Miré a Amir, dormido y pacífico. Miré a Carmen, roncando plácidamente. Miré a Khalid, con su rostro ensangrentado y sus ojos esperanzados.

—Sí —respondí—. Quiero intentarlo.

Khalid sonrió. Por primera vez en semanas, sonrió de verdad. Y yo sonreí con él.

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El helicóptero llegó al amanecer, pintando el cielo gris de la base militar con el ruido ensordecedor de sus hélices. Amir se despertó sobresaltado, pero al ver a su padre a su lado, se calmó al instante.

—¿Vamos a casa, papá? —preguntó, frotándose los ojos.

—Vamos a casa —respondió Khalid, levantándolo en brazos.

—¿A la casa de la playa?

—Al palacio. Donde vive el rey.

—¿El rey eres tú?

—Sí.

—Entonces, ¿yo soy un príncipe?

—Eres un príncipe. El más valiente de todos.

Amir sonrió, orgulloso, y apretó su rostro contra el cuello de su padre.

Carmen y yo nos miramos, y sin decirnos nada, supimos que todo iba a estar bien.

El vuelo fue corto, apenas veinte minutos sobre el desierto. Debajo de nosotros, Al-Shahar se extendía como un tapiz dorado, con sus mezquitas, sus palacios, sus calles llenas de vida. Era hermoso. Era aterrador. Era mi hogar ahora.

El helicóptero aterrizó en la azotea del palacio. Una comitiva de sirvientes y guardias nos esperaba, con rostros cansados pero sonrientes. Habían sobrevivido. Todos habían sobrevivido.

—Bienvenidos a casa —dijo Khalid, bajando con Amir en brazos.

Bajé detrás de él, con Carmen pegada a mi espalda, y por un momento, solo un momento, el mundo pareció estar en su sitio.

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El palacio era el mismo de siempre: mármol blanco, cortinas de seda, jardines cuidados al milímetro. Pero algo había cambiado. Ya no se sentía como una prisión. Se sentía como un refugio.

Khalid nos llevó a una suite en la planta noble, reservada para la familia real. Tenía tres habitaciones, un salón amplio, y una terraza con vistas al mar.

—Esto será vuestro —dijo, abriendo las puertas—. Para ti, para Amir, para Carmen. Todo lo que necesitéis, pedídselo a los sirvientes.




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