Pasaron tres meses desde aquella noche en el edificio abandonado. Tres meses de una calma que aún me resultaba extraña, como un vestido de fiesta en un armario lleno de ropa casual. El palacio, que antes me parecía una jaula de mármol y oro, se había convertido en un hogar. Mis pasos ya no resonaban con timidez en los pasillos; mis manos ya no temblaban al tocar las barandillas de ónice. Algo en mí había cambiado. Algo se había asentado.
Khalid cumplía con sus deberes de rey cada día desde el amanecer hasta bien entrada la noche, pero siempre encontraba un momento para cenar con nosotros, para leerle un cuento a Amir, para sentarse a mi lado en la terraza mientras el sol se hundía en el mar como una moneda de oro derritiéndose en el horizonte.
—Mamá —dijo Amir una tarde, mientras dibujaba en el suelo del salón con sus nuevos rotuladores—, ¿por qué papá no juega conmigo como antes?
—Porque papá está muy ocupado, mi amor. Tiene que gobernar el país.
—¿Y por qué tiene que gobernarlo él? ¿No hay nadie más?
—Elegirlo a él fue la decisión de su padre. Y ahora es su responsabilidad.
—La responsabilidad es aburrida —sentenció Amir, frunciendo el ceño.
—A veces sí —admití—. Pero también es importante.
—Entonces, cuando yo sea grande, no quiero ser rey. Quiero ser dibujante de dinosaurios.
—Puedes ser lo que quieras. —Me arrodillé a su lado y lo abracé—. Solo te pido que seas feliz.
—¿Tú eres feliz, mamá?
La pregunta me pilló desprevenida. Feliz. Era una palabra que no había usado en mucho tiempo. Había estado ocupada sobreviviendo, protegiendo, luchando. La felicidad era un lujo que no podía permitirme.
—Creo que sí —respondí, después de un largo silencio—. Creo que estoy aprendiendo a serlo.
—Eso es bueno —dijo Amir, como si fuera la cosa más natural del mundo—. Porque cuando las mamás son felices, los niños también lo son.
—¿Y tú eres feliz?
—Mucho. Tengo a mamá, tengo a papá, tengo a tía Carmen y tengo dinosaurios. ¿Qué más se puede pedir?
Sonreí, y por un momento, solo un momento, el peso del mundo desapareció de mis hombros.
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Una semana después, Khalid me pidió que lo acompañara a una reunión con el Consejo de Sabios. No era una petición, era una orden disfrazada de cortesía, pero acepté sin rechistar. Sabía que mi lugar ya no era solo en la terraza viendo el atardecer. También era en las salas de mármol donde se decidía el futuro del país.
—No te pediré que hables —dijo Khalid mientras caminábamos por los pasillos—. Solo que observes. Que aprendas. Que entiendas cómo funciona este mundo.
—¿Y por qué quieres que lo entienda?
—Porque algún día, quizás, tendrás que moverte en él sin mí.
La frase me heló la sangre.
—¿Sin ti? ¿A dónde vas a ir?
—A ninguna parte. Pero la vida es impredecible, Elena. Y necesito saber que, si algo me pasa, tú podrás proteger a Amir. No solo con amor, sino con poder.
—No quiero poder.
—El poder no se quiere. Se tiene o no se tiene. Y tú, sin saberlo, ya lo tienes. Eres la madre del heredero. Eso te convierte en una de las mujeres más influyentes del reino.
—No me siento influyente.
—Lo eres. Y es hora de que empieces a actuar como tal.
Entramos en la sala del Consejo. Los doce ancianos estaban sentados alrededor de la mesa en forma de herradura, sus barbas blancas brillando bajo la luz de las lámparas de cristal. Me saludaron con respeto, pero en sus ojos vi algo que no esperaba: miedo.
No a mí, sino a lo que representaba. El cambio. La novedad. La mujer que había llegado de fuera y había puesto patas arriba todo lo que conocían.
—Sitt Elena —dijo el presidente, un hombre llamado Mustafa que había sido amigo del padre de Khalid—. Nos complace verla entre nosotros.
—El placer es mío —respondí, inclinando ligeramente la cabeza.
—El rey nos ha informado de que desea involucrarla en los asuntos del reino. ¿Es cierto?
—Es cierto —respondió Khalid antes de que yo pudiera abrir la boca—. Elena es mi esposa y la madre de mi heredero. Tiene derecho a conocer cómo se gobierna este país.
—Tiene derecho, sí. Pero no obligación. —Mustafa me miró fijamente—. ¿Está segura de que quiere esto, Sitt Elena? No es un camino fácil. Habrá críticas, habrá presiones, habrá quien la odie solo por ser mujer y extranjera.
—Ya me odian —respondí, con una calma que me sorprendió—. No será nada nuevo.
Mustafa me observó durante un largo momento, y luego esbozó una sonrisa.
—Me recuerda a la madre de Khalid —dijo—. También ella era extranjera. También ella tuvo que luchar por su lugar.
—¿Y lo consiguió?
—A medias. Murió antes de poder ver a su hijo en el trono.
—Yo no pienso morir —respondí—. Al menos no hasta que Amir sea mayor de edad.