Los días siguientes estuvieron marcados por una calma tensa, como la que precede a una tormenta en el desierto. Khalid seguía a mi lado cada noche, Amir llenaba el palacio con sus carreras y sus gritos de alegría, y Carmen se había convertido en la sombra discreta que todos necesitábamos. Pero yo no podía quitarme de encima la sensación de que algo andaba mal. Las palabras de Mustafa resonaban en mi cabeza como una campana que no dejaba de sonar: *"El amor es peligroso. Nubla el juicio."*
—Estás preocupada —dijo Carmen una mañana, mientras desayunábamos en la terraza. El sol aún era tibio, y el mar brillaba como una esmeralda líquida—. Lo noto en la forma en que miras a los sirvientes. Como si esperaras que uno de ellos sacara un cuchillo.
—No es a los sirvientes a quienes miro. Es a los consejeros. Es a Mustafa.
—¿El viejo de la barba blanca? Parece inofensivo.
—Las apariencias engañan. Ya deberías saberlo.
—Lo sé. Por eso no confío en nadie. Ni siquiera en ti.
—¿Ni siquiera en mí? —pregunté, fingiendo indignación.
—Especialmente en ti. Eres demasiado lista para tu propio bien.
Sonreí, y durante un rato las dos comimos en silencio, observando el ir y venir de los jardineros, los guardias, los funcionarios que pululaban por el palacio como hormigas en un hormiguero.
—Carmen —dije finalmente—, ¿crees que deberíamos volver a Madrid?
La pregunta la pilló desprevenida.
—¿Volver? ¿Por qué querrías volver?
—Porque aquí no termina de sentirse seguro. Porque cada vez que creo que hemos vencido a todos los enemigos, aparece uno nuevo. Porque tengo miedo de que Amir pague el precio de mis decisiones.
—Y en Madrid, ¿qué? ¿Crees que allí no hay peligro? ¿Crees que los enemigos de Khalid no pueden cruzar fronteras?
—Podrían. Pero sería más difícil.
—¿Y Khalid? ¿Dejarías a Khalid?
La pregunta me golpeó como un puñetazo.
—No lo sé —admití—. No sé si soy capaz.
—Entonces no te vayas. Porque si te vas, te arrepentirás el resto de tu vida. Y yo no quiero ver a mi hermana convertida en una mujer amargada.
—Ya lo soy.
—No. Eres una mujer asustada. Y el miedo se pasa. La amargadura, no.
Asentí, y me prometí a mí misma que no volvería a hablar de huir. Al menos no hasta que estuviera segura de que era la única opción.
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Esa tarde, mientras Khalid presidía una reunión con sus ministros, recibí una visita inesperada. Una mujer joven, vestida con una túnica azul celeste, el pelo recogido en un moño bajo, los ojos verdes como los de Rashid.
—Sitt Elena —dijo, inclinando la cabeza—. Soy Nadia. La hermana de Leila.
El mundo se detuvo. Leila. La mujer que nos había salvado con sus informes médicos. La mujer que había huido después de testificar, temiendo por su vida.
—¿Dónde está Leila? —pregunté, sin preámbulos.
—A salvo. En un país que no diré. Me pidió que viniera a verla. Que le dijera que no la buscara. Que está bien.
—¿Y tú? ¿Tú qué haces aquí?
—Trabajo en el palacio. Soy secretaria del Consejo de Sabios.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Del Consejo? ¿De Mustafa?
—De todo el Consejo. Pero sí, trabajo directamente con Mustafa.
—¿Y sabes algo que deba saber?
Nadia miró a ambos lados, asegurándose de que no hubiera nadie escuchando.
—Mustafa se reúne en secreto con hombres que no deberían estar en el palacio. Hombres que han jurado lealtad a Rashid. Hombres que perdieron poder cuando cayó.
—¿Qué clase de hombres?
—Militares. Jueces. Comerciantes. Todos resentidos. Todos dispuestos a todo para recuperar lo que creen que es suyo.
—¿Y qué planean?
—No lo sé. No he podido acercarme lo suficiente. Pero tengo miedo, Sitt Elena. Miedo por mí, por mi hermana, por el rey.
—¿Por qué arriesgas tu vida para contarme esto?
—Porque Leila me pidió que lo hiciera. Dijo que usted era buena. Que valía la pena confiar en usted.
—Leila se equivocaba de mí. No soy buena. Solo soy una madre que intenta proteger a su hijo.
—Eso es ser buena —respondió Nadia, con una sonrisa triste—. No lo olvide.
Se fue tan sigilosamente como había llegado, dejándome con más preguntas que respuestas. Mustafa se reunía con conspiradores. Mustafa tramaba algo. Mustafa era el siguiente eslabón de la cadena.
Esa noche, se lo conté todo a Khalid.
—No podemos acusarlo sin pruebas —dijo, paseándose por la habitación como un león enjaulado—. Si nos equivocamos, el Consejo entero se volverá contra nosotros.
—No nos equivocamos. Nadia lo ha visto con sus propios ojos.