La noche cayó sobre el palacio como un manto de terciopelo negro. El aire estaba cargado de electricidad, esa tensión que precede a los momentos decisivos, cuando el destino se juega en un suspiro. Amir había mejorado ligeramente —el antídoto del médico estaba haciendo efecto— pero aún deliraba entre sueños, llamando a su padre, a mí, a su conejo de peluche que yacía olvidado en el suelo.
Carmen se había quedado con él, velando su sueño con la devoción de una madre sustituta. Yo estaba en la terraza de la suite real, vistiéndome con ropa oscura, preparándome para lo que iba a hacer. Mis manos temblaban, pero no de miedo. Temblablan de rabia.
—¿Estás segura de que quieres venir? —preguntó Khalid, ajustándose una chaqueta negra sobre los hombros—. Podría hacerlo yo solo.
—No voy a quedarme aquí sentada mientras tú arriesgas tu cuello.
—No voy a arriesgar nada. Solo vamos a registrar unas habitaciones.
—Las habitaciones de uno de los hombres más poderosos del reino. El hombre que probablemente intentó envenenar a nuestro hijo.
Khalid no respondió. Sabía que tenía razón.
Salimos de la suite sigilosamente, evitando a los guardias que patrullaban los pasillos. Conocíamos sus rutas, sus turnos, sus puntos ciegos. Llevábamos semanas preparándonos para esto, aunque ninguno de los dos quería admitirlo.
Las habitaciones de Mustafa estaban en el ala oeste del palacio, cerca de los aposentos del Consejo. Era una zona menos vigilada, porque se suponía que solo los ancianos de confianza tenían acceso. "Confianza", pensé con amargura. Una palabra vacía, como tantas otras en este mundo de mentiras.
—Aquí es —susurró Khalid, deteniéndose frente a una puerta de madera tallada con motivos geométricos.
—¿Está cerrada con llave?
—Sí, pero tengo una copia.
Sacó un manojo de llaves del bolsillo y probó varias hasta que una encajó en la cerradura. El clic de apertura resonó en el pasillo como un disparo.
—Dentro —dijo, empujando la puerta.
Las habitaciones de Mustafa eran un museo de la historia de Al-Shahar. Cuadros de reyes pasados, mapas antiguos, estanterías repletas de libros en árabe y francés. En el centro, una mesa de caoba maciza cubierta de documentos.
Comenzamos a registrar. Cajón por cajón, estante por estante, cuadro por cuadro. La mayoría eran cosas inocuas: cartas de agradecimiento, informes del Consejo, fotografías familiares. Pero en el fondo de un armario, escondido detrás de un panel falso, encontramos lo que buscábamos.
Una caja de metal.
—Ábrela —dijo Khalid, y su voz apenas era un susurro.
La caja no tenía cerradura. Levanté la tapa con dedos temblorosos.
Dentro había cartas. Muchas cartas. Todas dirigidas a Mustafa, todas firmadas por nombres que conocíamos: Rashid, Jassim, generales caídos en desgracia, jueces corruptos. Pero había una que me heló la sangre. Era reciente. Muy reciente. Y estaba firmada por alguien que no esperaba.
—Leila —susurré, leyendo el nombre—. Es de Leila.
—¿Leila? ¿La esposa de Rashid? ¿La que nos ayudó?
—La misma.
Tomé la carta y la leí en voz alta, con voz temblorosa:
*"Querido Mustafa: El plan está en marcha. El veneno llegará mañana, escondido en un frasco de perfume. La criada lo pondrá en la comida del niño. No fallaremos. Rashid me ha prometido que si hago esto, me dejará ir. Que podré ver a mis hijos crecer. Por favor, cumple tu parte del trato. Cuida de ellos si algo me pasa. Leila."*
El mundo se derrumbó.
—Leila —repitió Khalid, incrédulo—. Leila nos tendió una trampa desde el principio.
—No —respondí, leyendo la carta una vez más—. Leila estaba siendo manipulada. Mira: "Rashid me ha prometido que si hago esto, me dejará ir". Rashid la estaba usando. Como usó a todos.
—¿Y Mustafa?
—Mustafa era el intermediario. El que coordinaba todo. El que aseguraba que el veneno llegara al palacio.
—Hijo de puta —murmuró Khalid, apretando los puños—. Voy a matarlo.
—No. —Cerré la caja y la apreté contra mi pecho—. Vamos a llevarlo ante el Consejo. Que todos vean lo que es. Que todos sepan la verdad.
—¿Y si el Consejo lo protege? ¿Si deciden encubrirlo para evitar un escándalo?
—Entonces iremos a la prensa. A la opinión pública. A todo el mundo. No me importa quemar este palacio hasta los cimientos si es necesario.
Khalid me miró largamente, y luego asintió.
—Eres una mujer peligrosa —dijo—. Pero te quiero por eso.
—Guarda el amor para después. Ahora tenemos trabajo.
Salimos de las habitaciones con la caja bajo el brazo, cerrando la puerta tras nosotros como si nada hubiera pasado. Pero algo había pasado. Algo que cambiaría nuestras vidas para siempre.
Mustafa fue detenido al amanecer. No hubo forcejeos, no hubo gritos. Solo una mirada de resignación en sus ojos cansados, como si hubiera estado esperando ese momento durante años.