Un Heredero para el Jeque del Desierto

Capítulo 23

El veredicto contra Mustafa fue el último clavo en el ataúd de la conspiración. O eso creímos. Las semanas siguientes fueron de una calma casi irreal, como si el tiempo hubiera decidido darnos un respiro después de tanta tormenta. Amir volvió al colegio —ahora con guardaespaldas discretos que se hacían pasar por conductores y jardineros—, Carmen continuaba su incipiente romance con Tarek el guardia, y Khalid y yo… Khalid y yo aprendíamos a ser marido y mujer. No los esposos de un contrato. No los aliados de una guerra. Algo más simple y más difícil al mismo tiempo: dos personas que se elegían cada día.

Una noche, mientras cenábamos en la terraza bajo un cielo salpicado de estrellas, Khalid sacó una cajita de terciopelo del bolsillo de su chaqueta.

—¿Qué es eso? —pregunté, con el corazón de repente acelerado.

—Ábrelo.

Lo hice. Dentro había un anillo. No el anillo de compromiso que nunca me había dado, porque nuestro matrimonio había sido un negocio, no una propuesta. Era otro anillo: más pequeño, más íntimo, con un zafiro azul tan profundo que parecía contener el mar entero.

—No es para reponer lo que no tuvimos —dijo Khalid, con esa voz grave que siempre me desarmaba—. Es para empezar algo nuevo. Algo nuestro.

—¿Me estás pidiendo que me case contigo? —pregunté, entre la risa y las lágrimas—. Ya estamos casados.

—Eso fue un contrato. Esto es una promesa. Una promesa de que, pase lo que pase, estaré a tu lado. No por obligación. Porque quiero.

—Khalid…

—No me des una respuesta ahora. Piénsalo. Tómate el tiempo que necesites. Pero quería que supieras que… que esto es real para mí. Tú eres real para mí.

Me quedé mirando el anillo, brillando bajo la luz de las velas. Un zafiro. Mi piedra favorita, aunque nunca se lo había dicho. ¿Cómo lo había sabido?

—No necesito tiempo —respondí, quitándome el anillo de matrimonio —el de verdad, el que llevaba en el dedo anular izquierdo como parte del acuerdo— y guardándolo en el bolsillo de mi vestido—. Este era de mentira. El tuyo es de verdad.

Khalid sonrió. No la sonrisa contenida de un rey, sino la sonrisa abierta de un hombre que acaba de recibir el regalo más deseado. Me tomó la mano izquierda y deslizó el anillo de zafiro en mi dedo. Ajustaba perfecto. Como si hubiera sido hecho para mí.

—¿Sabes lo que significa el zafiro en mi cultura? —preguntó, mientras sus dedos acariciaban la piedra.

—Dímelo.

—Protege a quien lo lleva de la envidia y del daño. Aleja las malas intenciones. Es la piedra de los reyes. Y tú, Elena, eres mi reina.

—Siempre he sido tu reina. Solo que tú no lo sabías.

—Lo sé ahora. Y no pienso olvidarlo nunca.

Nos besamos bajo las estrellas, y por un momento, solo un momento, el mundo fue perfecto.

Pero los mundos perfectos no existen. Y el nuestro estaba a punto de recordárnoslo.

---

La pesadilla comenzó tres días después, con un mensaje de texto.

Estaba en la suite, vistiéndome para una cena de gala, cuando mi teléfono vibró sobre la mesilla de noche. Lo cogí distraída, pensando que sería Carmen o alguna de mis nuevas conocidas en la corte. Pero el remitente era desconocido. El mensaje, helador:

"¿Crees que has ganado? El muerto siempre vuelve. Espérame."

Adjunto, una foto. Una foto que me hizo caer el teléfono al suelo como si quemara.

Era Leila.

Pero no la Leila que había testificado en el juicio, demacrada y arrepentida. Era otra Leila. Una Leila que sonreía frente a la cámara, con un vestido rojo sangre y los ojos brillantes de una locura que reconocí al instante. La misma mirada que había visto en Rashid. En Jassim. En Mustafa.

La mirada de quien no tiene nada que perder.

—¿Elena? —Carmen entró en la habitación, arreglándose los pendientes—. ¿Estás lista? Khalid dijo que el coche…

Se detuvo al verme.

—¿Qué pasa? ¿Por qué estás tan pálida?

Le mostré el teléfono sin decir palabra. Carmen lo leyó, vio la foto, y su rostro pasó de la curiosidad al horror en un segundo.

—¿Es ella? ¿Leila? ¿La que nos ayudó?

—La misma. O una versión muy diferente.

—¿Qué significa esto? ¿Qué quiere?

—No lo sé. Pero no es nada bueno.

Carmen me agarró por los hombros, clavando sus ojos en los míos con una intensidad que no le conocía.

—Escúchame, Elena. Tienes que contárselo a Khalid. Ahora mismo. Antes de que sea tarde.

—Y si es una broma? ¿Si alguien está suplantando su identidad?

—¿Y si no lo es? ¿Vas a arriesgarte?

Tenía razón. Como siempre.

---

Khalid leyó el mensaje en silencio, su rostro transformándose de la calma a la furia en cuestión de segundos. Habíamos cancelado la cena de gala —una supuesta "migraña" mía que nadie cuestionó— y nos habíamos encerrado en su despacho, con las cortinas corridas y los guardias apostados en la puerta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.