Carmen pasó tres días en la enfermería del palacio, recuperándose de su calvario. Los médicos dijeron que tenía suerte de estar viva: la deshidratación había sido severa, los golpes en la cabeza podrían haberle causado una conmoción cerebral, y las marcas en sus muñecas tardarían semanas en desaparecer. Pero estaba viva. Y mientras estuviera viva, todo lo demás podía resolverse.
Yo apenas me separé de ella en esos días. Me sentaba a su lado mientras dormía, le llevaba la comida que apenas probaba, la obligaba a beber agua aunque le doliera la garganta. Amir la visitaba cada tarde, con dibujos nuevos y preguntas que ella respondía con paciencia infinita. Khalid venía cuando podía, pero la crisis de Leila —y la revelación de que alguien más movía los hilos— lo tenía atrapado en una maraña de informes y reuniones de seguridad.
—Tienes que contarme todo —le dije a Carmen al cuarto día, cuando por fin la vi con fuerzas suficientes para hablar. Estábamos solas en la habitación, el sol de la tarde filtrándose a través de las cortinas de seda—. Cada detalle. Cada palabra que dijo Leila. Nada es demasiado pequeño.
Carmen cerró los ojos un momento, como si necesitara reunir el valor para revivir la experiencia.
—Al principio solo hablaba de Rashid —comenzó, su voz aún ronca pero firme—. De cómo lo habías destruido. De cómo lo habías humillado. Decía que eras una víbora, que habías llegado a Al-Shahar para envenenar a la familia real.
—Eso no es nuevo. Muchos lo piensan.
—Pero luego cambió. Empezó a hablar de otra persona. De alguien que la había rescatado. Que la había sacado de la cárcel. Que le había prometido venganza a cambio de su lealtad.
—¿Describió a esa persona?
—No directamente. Pero dijo algo que me heló la sangre. Dijo que "el viejo zorro seguía vivo". Dijo que "el que debía estar en el trono nunca había renunciado a él".
El corazón me dio un vuelco.
—¿Crees que se refería a alguien de la familia? ¿Algún Al-Rashid que no hayamos considerado?
—No lo sé. Pero preguntó por Amir. Mucho. Quería saber su rutina, sus horarios, sus gustos. Como si estuviera recopilando información para alguien más.
—¿Y tú se la diste?
—No. Me mordí la lengua cada vez. Por eso me golpeó. Por eso me encerró. Porque no quería cooperar.
—Carmen…
—No me mires así. Hice lo que tenía que hacer. Por Amir. Por ti.
La abracé con fuerza, sintiendo cómo su cuerpo frágil temblaba entre mis brazos.
—Eres la hermana más valiente que alguien podría desear —susurré—. Pero no vuelvas a ponerte en peligro así. Nunca más.
—No prometo nada —respondió, con una sonrisa débil—. Soy tan cabezona como tú.
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Esa noche, Khalid y yo nos sentamos en la terraza a hablar. La luna estaba llena, enorme, pintando el mar de plata. Pero ni la belleza del paisaje podía borrar la tensión que vibraba en el aire.
—He ordenado una investigación exhaustiva —dijo Khalid, con los codos apoyados en la barandilla—. Cada miembro de la familia real, cada consejero, cada general. Todos serán interrogados. Todos serán investigados.
—¿Crees que encontrarás algo?
—No lo sé. Pero tengo que intentarlo.
—¿Y Leila? ¿Qué ha pasado con Leila?
—Sigue en paradero desconocido. Mis hombres la perdieron de rastro después de que abandonara el palacio. Pero la están buscando. No descansaremos hasta encontrarla.
—Y mientras tanto, sigue ahí fuera. Sabiendo cosas. Planeando cosas. Esperando.
—Lo sé.
—¿Y si la persona que la maneja es alguien que conoces? ¿Alguien de confianza? ¿Alguien que podría estar escuchando esta conversación ahora mismo?
Khalid se giró para mirarme, y en sus ojos vi el miedo que nunca mostraba en público.
—He pensado en eso —admitió—. Por eso he reducido mi círculo a tres personas. Solo tres. Tú eres una de ellas.
—¿Las otras dos?
—Mi jefe de seguridad, Zayed. Lleva conmigo veinte años. Le debo la vida tres veces. Y el general Alí. Comandante del ejército. Su familia ha servido a la mía durante generaciones.
—¿Confías en ellos?
—Con mi vida.
—Eso es lo que decía tu padre de Mustafa.
Khalid no respondió. No hacía falta.
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A la mañana siguiente, recibí una visita inesperada. Un sobre de papel color marfil, con mi nombre escrito a mano, entregado por un mensajero que desapareció antes de que los guardias pudieran identificarlo.
Lo abrí con manos temblorosas. Dentro había una carta. Una sola hoja, con una sola frase:
"La verdad duele más que el veneno. Pregúntale a tu marido quién mató a su madre."
El mundo se detuvo. La madre de Khalid. La princesa Aisha. Muerta cuando él era apenas un adolescente, en un accidente de coche que todos dieron por casualidad. O eso creíamos.