Le llevó tres días a Khalid asimilar la verdad sobre su madre. Durante esos días, apenas salió de su habitación. Comía lo que los sirvientes le dejaban en la puerta, hablaba solo conmigo y con nadie más, y pasaba las noches mirando el techo, los ojos abiertos pero vacíos.
Yo me turnaba entre él y Carmen, que seguía recuperándose lentamente, y Amir, que empezaba a notar que algo iba mal. Los niños siempre lo notan. Aunque no entiendan las palabras, captan los silencios, las miradas, las ausencias.
—Mamá —me dijo una noche, mientras lo acostaba—, ¿papá está enfermo?
—No, mi amor. Está triste.
—¿Por qué?
—Porque ha descubierto que alguien a quien quería le hizo daño.
—¿Quién? ¿El señor Rashid otra vez?
—No. Alguien peor.
—¿Hay alguien peor que el señor Rashid?
—Sí. Alguien que se llama Farid.
—¿Y por qué papá no lo mete en la cárcel?
—Porque necesita pruebas. Y las pruebas tardan en encontrarse.
—Pues que las busque más rápido —dijo Amir, con la lógica aplastante de los niños—. Los malos no pueden esperar.
—Lo sé. Pero a veces los mayores necesitan tiempo para hacer las cosas bien.
—El tiempo es aburrido.
—Sí. Muy aburrido.
Lo besé en la frente y salí de la habitación con el corazón encogido. Ojalá todo fuera tan simple como lo veía Amir. Ojalá los malos estuvieran siempre al otro lado de la ciudad, esperando a que los capturáramos. Ojalá la vida fuera un cuento.
---
Al cuarto día, Khalid salió de su habitación. Tenía la barba crecida, las ojeras más profundas que nunca, pero en sus ojos ya no había vacío. Había decisión.
—Habla con Farid —dijo, mientras desayunábamos en la terraza—. Quiero ver su cara cuando le cuente lo que sé.
—¿Estás seguro? Puede ser peligroso.
—Me da igual. Necesito mirarlo a los ojos. Necesito que sepa que ya no me engaña. Que se acabó.
—¿Y si confiesa? ¿Si te dice la verdad?
—Entonces tendré que decidir qué hacer con él. Matarlo o encarcelarlo. Castigarlo o perdonarlo. No lo sé.
—¿Perdonarlo? ¿Después de lo que hizo a tu madre?
—Perdonar no es olvidar. Perdonar es liberarse. Yo no quiero cargar con el peso del odio el resto de mi vida.
—Eres mejor persona que yo.
—No. Solo estoy más cansado.
---
El encuentro con Farid se organizó para el día siguiente, en una sala neutral del palacio. No sería un juicio —no aún— sino una conversación. Una última oportunidad para que el viejo zorro confesara voluntariamente.
Yo pedí estar presente. Khalid dudó, pero al final aceptó.
Farid llegó custodiado por cuatro guardias. Tenía el aspecto de un hombre acorralado: la ropa arrugada, el pelo desaliñado, los ojos inyectados en sangre. A pesar de su edad —casi setenta años— aún irradiaba una presencia imponente, una dignidad que solo los nacidos en el poder pueden permitirse.
—Sobrino —dijo, sentándose frente a Khalid—. Hacía tiempo que no hablábamos.
—Porque tú no has querido. Porque has estado escondiéndote. Porque sabes lo que he descubierto.
—No sé de qué hablas.
—De mi madre. De tu hermano. De los asesinatos que organizaste. De las mentiras que tejiste.
Farid palideció ligeramente, pero su voz se mantuvo firme.
—Acusaciones graves. ¿Tienes pruebas?
—Sí. El conductor del coche que mató a mi madre ha confesado. Los médicos que trataron a mi padre han declarado. Tenemos nombres, fechas, lugares. Tenemos todo lo que necesitamos para destruirte.
—¿Y por qué no lo has hecho? ¿Por qué esta conversación?
—Porque quiero oírlo de tus labios. Quiero saber por qué. Por qué mataste a tu propia sangre. Por qué destruiste a tu propia familia.
Farid guardó silencio durante un largo momento. Cuando habló, su voz era apenas un susurro.
—Por el trono. Siempre por el trono. Tu padre era débil. Tu madre, una extranjera que nos miraba por encima del hombro. Al-Shahar merecía un rey mejor. Un rey como yo.
—Un asesino.
—Un líder. Alguien dispuesto a hacer lo que otros no se atreven.
—Matar a su propia familia.
—Sacrificar lo personal por lo colectivo. El bien del reino por encima de todo.
—¿Y crees que el reino está mejor ahora? ¿Después de todo lo que has hecho?
—El reino está igual. Los reyes vienen y van. Lo que importa es la estabilidad.
—Has destruido esa estabilidad. Con tus conspiraciones, tus mentiras, tus asesinatos. Has sembrado el caos en la familia real. Has puesto a unos contra otros. Y por todo ello, Farid, pagarás.
—¿Qué vas a hacer? ¿Matarme? ¿Encarcelarme? Nada de eso devolverá a tu madre. Nada de eso curará tu dolor.