Un Heredero para el Jeque del Desierto

Capítulo 26

El invierno se instaló en Al-Shahar con un frío seco que nunca antes había experimentado. Los jardines del palacio amanecían cubiertos de escarcha, y el mar, antes turquesa, se había vuelto gris como el acero. Pero dentro de los muros de la suite real, la calidez era constante. El amor, pensaba mientras miraba a Khalid dormir junto a mí en la penumbra del amanecer, era la única defensa contra el frío del mundo.

Carmen y Tarek se comprometieron oficialmente una semana después de Navidad. Fue una ceremonia íntima, solo nosotros cuatro —Carmen, Tarek, Khalid y yo— más Amir, que hizo las veces de testigo y se quedó dormido en mitad de la lectura del contrato. Tarek le había regalado a mi hermana un anillo de ópalo blanco, engastado en plata, que ella miraba constantemente como si no pudiera creer que fuera real.

—¿Estás segura? —le pregunté esa noche, mientras tomábamos té en su habitación—. ¿De verdad quieres casarte con él?

—Más segura que nunca —respondió, con una sonrisa que iluminaba todo su rostro—. Tarek es bueno. Es amable. Me hace reír. Me hace sentir segura.

—¿Y el hecho de que sea guardaespaldas? ¿De que viva en un mundo de peligros constantes?

—Eso es parte de él. Como el acento, como la forma en que mira. No puedo separar una cosa de la otra.

—Te quiero, Carmen. No quiero que te pase nada malo.

—No me pasará. Tarek me protegerá. Como protege a Khalid. Como protege a Amir. Como te protegería a ti si hiciera falta.

—Lo sé. Pero el mundo es peligroso.

—El mundo siempre ha sido peligroso. La diferencia es que ahora tengo a alguien a mi lado para enfrentarlo.

La abracé, y durante un largo rato nos quedamos en silencio, escuchando el viento aullar en el exterior.

—Vas a ser una novia preciosa —dije finalmente.

—Voy a ser la novia más preciosa de Al-Shahar —corrigió ella, con una carcajada—. Y tú vas a ser mi dama de honor. Y Amir, el paje. Y Khalid, el padrino.

—¿Khalid va a ser el padrino?

—Le pedí que me acompañara al altar. Dijo que sí. Y luego me confesó que nunca había sido padrino de nadie. Que estaba nervioso.

—¿Khalid, nervioso? No me lo creo.

—Pues deberías. Se puso rojo como un tomate.

Me reí, y fue una risa libre, despreocupada, de esas que no salían de mí desde hacía meses.

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La boda se fijó para finales de invierno, cuando los almendros comenzaran a florecer. Carmen quería una ceremonia al aire libre, en los jardines del palacio, con vistas al mar. Yo quería que fuera perfecta, porque mi hermana se merecía la perfección después de todo lo que había pasado.

Los preparativos fueron agotadores. Elegir el vestido, las flores, el menú, la música. Invitar a los invitados, rechazar a los indeseables, lidiar con las exigencias de la corte. Hubo momentos en que estuve a punto de rendirme, de cancelarlo todo y huir a una isla desierta con Carmen y Amir. Pero luego veía la ilusión en sus ojos, la forma en que Tarek la miraba, y seguía adelante.

Khalid me ayudaba en lo que podía, pero sus deberes como rey lo mantenían ocupado la mayor parte del tiempo. Farid estaba en prisión, pero su red de conspiradores aún no había sido desmantelada del todo. Leila seguía cooperando con la justicia, dando nombres, fechas, lugares. Cada semana había un nuevo arresto, un nuevo interrogatorio, una nueva confesión.

—Esto no termina nunca —le dije una noche, mientras cenábamos en la terraza—. Cada vez que creemos haber vencido a todos los enemigos, aparece uno nuevo.

—Así es el poder —respondió Khalid, con cansancio—. Siempre hay alguien esperando en las sombras. Siempre hay alguien que cree merecer lo que tú tienes.

—¿Y cómo se vive así? ¿Siempre con miedo?

—No se vive con miedo. Se vive con precaución. Son cosas diferentes.

—A veces la línea es muy fina.

—Lo sé. Pero no podemos dejar que el miedo nos paralice. Eso es lo que ellos quieren. Que nos encerremos en nosotros mismos. Que desconfiemos de todos. Que nos convirtamos en lo que odiamos.

—¿Y tú te has convertido en lo que odias?

—No. Porque te tengo a ti. Porque tengo a Amir. Porque tengo a Carmen y a Tarek. Porque tengo personas que me recuerdan quién soy cuando lo olvido.

—Yo también lo olvido a veces.

—Por eso estamos juntos. Para recordárnoslo mutuamente.

Apreté su mano bajo la mesa, y por un momento, solo un momento, el cansancio desapareció.

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La víspera de la boda, Carmen se despertó con fiebre. No era nada grave —un resfriado, dijo el médico— pero suficiente para sembrar el pánico en la organización. ¿Y si empeoraba? ¿Y si no podía casarse al día siguiente? ¿Y si todo el esfuerzo de los últimos meses se iba al traste por un simple virus?

—Va a estar bien —dijo Tarek, sentado junto a la cama de Carmen, con su uniforme de gala impecable y una expresión de preocupación que no había visto en él desde el secuestro—. Solo necesita descansar.




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