Un Heredero para el Jeque del Desierto

Capítulo 28

El vuelo de regreso a Al-Shahar fue una travesía en silencio. Khalid apenas habló durante las siete horas de viaje, y yo pasé la mayor parte del tiempo mirando por la ventanilla, observando cómo el azul del Atlántico daba paso al amarillo del desierto, y el amarillo del desierto a las luces de la capital que se dibujaban en el horizonte como un collar de diamantes.

Amir dormía plácidamente en el asiento contiguo, su cabeza apoyada en el hombro de Carmen, que también había sucumbido al sueño después de horas de darle vueltas a la noticia. Mi hermana lo sabía todo. No podía ocultarle algo tan importante, aunque fuera un secreto que podía destruirnos. Había llorado cuando se lo conté, me había abrazado, me había dicho que "la sangre no importa, lo que importa es quién eres". Pero sus ojos decían otra cosa. Sus ojos tenían miedo.

—Estamos aterrizando —anunció el piloto por los altavoces—. Bienvenidos a Al-Shahar.

El aeropuerto privado estaba iluminado como un árbol de Navidad. Zayed nos esperaba en la pista, con el rostro grave y un dossier bajo el brazo. Algo había pasado durante nuestra ausencia. Algo que no podía esperar.

—Alteza —dijo, inclinando la cabeza hacia Khalid—, necesito hablar con usted. A solas.

—Cualquier cosa que tengas que decirme, puedes decirla delante de Elena.

Zayed vaciló un momento, pero asintió.

—Hemos encontrado a Karim Al-Fayed.

El mundo se detuvo.

—¿Dónde? —preguntó Khalid, su voz apenas un susurro.

—En el palacio. Lleva días escondido en los túneles subterráneos. Se entregó voluntariamente hace una hora. Pide hablar con usted. Con los dos.

—¿Con los dos? ¿También con Elena?

—Dice que quiere conocer a su hija. Antes de morir.

—¿Va a morir?

—Tiene cáncer. Terminal, según los médicos que le examinaron. Le quedan semanas, quizás días.

—¿Y quiere ver a Elena? ¿Ahora? ¿Después de todo lo que ha hecho?

—Dice que es la única razón por la que se entregó. Quiere pedirle perdón. Quiere explicarle por qué la abandonó. Por qué mintió. Por qué conspiró.

—No voy a verle —dije, y mi voz sonó más firme de lo que me sentía—. No quiero saber nada de él.

—Elena… —Khalid me tomó la mano—. Quizás deberías escuchar lo que tiene que decir.

—¿Para qué? ¿Para que me mienta otra vez? ¿Para que me diga que lo siente mientras se muere? Eso no cambia nada. No cambia que me abandonó. No cambia que conspiró contra tu familia. No cambia que su sangre corre por mis venas.

—Pero puede cambiar cómo te sientes. El perdón, Elena, no es para el que lo recibe. Es para el que lo da.

—No estoy lista para perdonar.

—Entonces no le perdones. Pero escúchale. Dale la oportunidad de decirte la verdad. La verdad que nunca te contaron.

—¿Y si la verdad es peor que la mentira?

—Entonces la enfrentaremos. Juntos. Como siempre.

Lo miré largamente, y luego asentí.

—Está bien. Iré. Pero no prometo nada.

—No te pido que prometas nada. Solo que vayas.

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Los túneles subterráneos del palacio eran un laberinto de pasillos oscuros y puertas de hierro. Nunca había bajado allí —no después de que encontraran a Carmen en uno de esos sótanos— pero aquella noche no tuve miedo. El miedo se había quedado arriba, junto con Amir y Carmen, junto con la vida que habíamos construido.

Zayed nos guió hasta una celda en el ala más antigua del palacio, la que se usaba como prisión en tiempos de los abuelos de Khalid. La puerta era de roble macizo, con una mirilla de hierro forjado.

—Está ahí dentro —dijo Zayed—. Le esposamos por precaución, pero apenas puede moverse. El cáncer se lo está comiendo vivo.

—Abre —ordenó Khalid.

Zayed giró la llave. La puerta se abrió con un chirrido metálico.

La celda era pequeña, de no más de cuatro metros cuadrados, con una cama de hierro, una mesa de madera y una silla. En la cama, envuelto en una manta raída, estaba Karim Al-Fayed.

No era el monstruo que había imaginado. Era un anciano demacrado, de piel amarillenta y ojos hundidos, con el cráneo rapado y las manos nudosas descansando sobre las sábanas como garras. Pero sus ojos… sus ojos eran iguales a los míos. Del mismo color marrón. Con la misma forma de mirar, como si estuvieran siempre buscando algo que no podían alcanzar.

—Elena —dijo, con voz de papel de lija—. Has venido.

—No por ti —respondí, quedándome junto a la puerta, sin atreverme a acercarme—. Por Khalid. Por mí. Por saber la verdad.

—La verdad —repitió, con una sonrisa triste—. La verdad es que fui un cobarde. Un malvado. Un hombre que sacrificó a su familia por un sueño imposible.

—¿El trono?

—El trono. Sí. Siempre el trono. Mi padre —tu abuelo— me lo prometió cuando era niño. Dijo que sería rey. Dijo que gobernaría Al-Shahar con mano firme. Pero luego nació Faisal. Y todo cambió.




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