Un Heredero para el Jeque del Desierto

Capitulo 29

Karim Al-Fayed murió tres días después de nuestra visita. No hubo ceremonia, no hubo lágrimas, no hubo nada. Su cuerpo fue enterrado en una tumba sin nombre, en el cementerio para los descastados, lejos de los mausoleos de la familia real. Khalid me ofreció asistir al sepelio, pero me negué. Ese hombre no era mi padre. Nunca lo había sido.

Pero su muerte no trajo la paz que esperaba. Al contrario, abrió una caja de Pandora que durante años había permanecido cerrada. Los periódicos de Al-Shahar empezaron a publicar artículos sobre "la hija del traidor", sobre "la sangre envenenada de la reina", sobre "el peligro de que un bastardo ocupe el trono". El Consejo de Sabios, presionado por las facciones más conservadoras, solicitó una reunión de emergencia. El futuro de Amir como heredero estaba en juego.

—No permitiré que le quiten nada —dijo Khalid aquella noche, paseándose por la terraza como un león enjaulado—. Amir es mi hijo. Tiene mi sangre. Eso es lo único que importa.

—Para el Consejo, no —respondí, sentada en una tumbona, acariciando el lujoso pelaje de conejo de Amir, que se había quedado dormido en mi regazo—. Para ellos, soy la hija de un traidor. Una mujer nacida de una espía. Una mancha en la historia de la familia real.

—Eso no es verdad.

—Da igual. La percepción es la realidad. Y ellos nos perciben como una amenaza.

—¿Qué sugieres?

—Que luches. Como siempre. Pero esta vez, con las reglas de ellos.

—¿Las reglas del Consejo? ¿Las reglas de los conservadores?

—Las reglas de la ley. Las reglas que ellos mismos crearon. Si podemos demostrar que Karim no era mi padre biológico, que mi madre mintió, que…

—¿Mintió sobre eso? —Khalid se detuvo frente a mí—. ¿Tienes alguna prueba?

—No. Pero podemos conseguirla. Una prueba de ADN. Comparar mi sangre con la de algún miembro de la familia Al-Fayed.

—¿Y si la prueba confirma que eres hija de Karim?

—Entonces buscaremos otra estrategia. Pero no podemos rendirnos antes de empezar.

—No me rindo. Solo estoy cansado.

—Yo también. Pero el cansancio no es una opción.

Khalid suspiró, dejándose caer a mi lado en la tumbona.

—¿Cómo te has vuelto tan fuerte?

—Criando sola a un hijo. Aprendes rápido.

—No es solo eso. Es algo más. Algo que no sé nombrar.

—¿Coraje? ¿Determinación? ¿Miedo?

—Quizás las tres.

—Pues sígueme. Que el miedo no nos detenga.

La prueba de ADN se realizó al día siguiente, en el hospital real, con la supervisión de los médicos del Consejo. Tomaron muestras de mi sangre y de la de Farid —el único miembro vivo de la familia Al-Fayed que podía servir como referencia— y las enviaron a tres laboratorios independientes para garantizar la imparcialidad.

Los resultados tardarían una semana. Una semana eterna, en la que cada día amanecía con un nuevo titular en los periódicos, con nuevas presiones del Consejo, con nuevas miradas de desconfianza en los pasillos del palacio.

Carmen apenas se separaba de mí. Tarek la había relevado de sus funciones como guardaespaldas para que pudiera dedicarse por completo a sostenerme. Pero ni siquiera su presencia lograba calmar la ansiedad que me carcomía por dentro.

—Mamá —dijo Amir una tarde, mientras dibujaba en el suelo del salón—, ¿por qué la gente dice cosas malas de ti?

—Porque no me conocen, mi amor.

—¿Y por qué no te conocen?

—Porque prefieren creer las mentiras antes que molestarse en buscar la verdad.

—¿Y la verdad cuál es?

—La verdad es que soy tu madre. Y que te quiero más que a nada en el mundo.

—Eso no es una verdad. Eso es un hecho.

Sonreí, a pesar de todo.

—Tienes razón. Eso es un hecho.

—¿Y los hechos son más importantes que las verdades?

—Los hechos son verdades. Solo que a veces la gente no quiere verlos.

—Pues que se pongan gafas —dijo Amir, volviendo a su dibujo.

Me reí, y por un momento, solo un momento, el miedo desapareció.

Los resultados de la prueba de ADN llegaron el séptimo día. Khalid y yo fuimos convocados al hospital real, donde los médicos del Consejo nos esperaban con los sobres lacrados en la mano.

—¿Quién los abre? —preguntó el doctor Mansour, el mismo que había investigado la muerte de la princesa Aisha.

—Yo —respondió Khalid, tomando los sobres—. Pero antes, quiero que sepan algo. Pase lo que pase, Elena es mi esposa. Amir es mi hijo. Nada de lo que digan estos papeles va a cambiar eso.

—No depende de usted, alteza —respondió el doctor—. Depende del Consejo.

—El Consejo hace lo que yo le digo.

—Con respeto, alteza, el Consejo no hace lo que usted le dice. El Consejo hace lo que la ley le dicta. Y la ley, en este caso, es clara.




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