Un Heredero para el Jeque del Desierto

Capítulo 30

Las semanas siguientes fueron un ejercicio de paciencia y estrategia. El doctor Mansour y yo nos reuníamos en secreto, siempre en lugares distintos, siempre a horas intempestivas, siempre con la certeza de que alguien podía estar escuchando. Habíamos identificado a tres posibles candidatos dentro del Consejo de Sabios: hombres ancianos, poderosos, con acceso a los archivos del registro civil y con motivos suficientes para odiarme.

Pero ninguno encajaba del todo. Faltaba algo. Una pieza que no terminaba de encajar en el rompecabezas.

Una noche, mientras cenaba con Khalid en la terraza, recibí un mensaje cifrado en el teléfono. Era del doctor Mansour: "Lo tengo. Nos vemos mañana a las 6 a.m. en el almacén del puerto. Ven sola."

—¿Qué dice? —preguntó Khalid, notando mi expresión.

—Nada importante. Cosas del doctor Mansour sobre la investigación.

—¿La investigación? ¿Qué investigación?

—Nada. No te preocupes.

—Elena, si me ocultas algo…

—No te oculto nada. Solo quiero protegerte.

—Protegerme de qué.

—De la verdad. A veces la verdad duele más que la mentira.

—Ya hemos hablado de esto.

—Lo sé. Pero sigo pensando igual.

Khalid suspiró, dejando los cubiertos sobre la mesa.

—Está bien. No te presiono. Pero prométeme que si estás en peligro, me lo dirás.

—Te lo prometo.

—¿De verdad?

—De verdad.

Mentí, como tantas otras veces. Pero era una mentira piadosa, de esas que protegen a los seres queridos de las cosas que no deberían saber.

---

El almacén del puerto estaba cerrado, cubierto de polvo y telarañas. El doctor Mansour me esperaba junto a una mesa metálica, con un dossier abierto y una expresión grave.

—Sitt Elena —dijo, sin preámbulos—. He encontrado al culpable.

—¿Quién es?

—Alguien que no esperaba. Alguien que ha estado escondido a plena vista durante años.

—Dígame su nombre.

—Rachid Al-Fayed.

El mundo se detuvo.

—¿Rachid? ¿El hermano pequeño de Karim? ¿El que se exilió voluntariamente hace treinta años?

—El mismo. Regresó a Al-Shahar hace cinco años, con una identidad falsa. Se hizo llamar Jamal. Consiguió trabajo en el registro civil. Y desde allí, manipuló los documentos que lo vinculaban a usted.

—¿Por qué iba a hacer eso? ¿Qué gana él con todo esto?

—El trono, Sitt Elena. Siempre el trono. Rachid es el último de los Al-Fayed que aún vive. Si logra desacreditar a Khalid, si logra que el Consejo declare nulo su matrimonio, si logra que Amir sea desheredado… él será el siguiente en la línea de sucesión.

—¿Pero no está desterrado?

—El destierro se levantó hace diez años, después de la muerte de su hermano Karim. Pero nadie lo sabe porque él mismo lo mantuvo en secreto. Quería esperar. Quería planear. Quería encontrar el momento perfecto para atacar.

—¿Y ese momento es ahora?

—Ese momento era cuando usted llegó a Al-Shahar. Usted es el eje de todo, Sitt Elena. Sin usted, no hay boda. Sin boda, no hay heredero. Sin heredero, el trono queda vacante.

—¿Y por qué no atacó antes? ¿Por qué esperó?

—Porque necesitaba asegurarse de que no hubiera testigos. De que nadie pudiera vincularlo con los crímenes de Karim. De que el pasado quedara enterrado para siempre.

—¿Y ahora? ¿Ahora qué?

—Ahora, Sitt Elena, tenemos que detenerlo. Antes de que sea demasiado tarde.

—¿Dónde está?

—En el palacio. Es uno de los jardineros. Se llama Jamal. Nadie sospecha de él.

—Un jardinero. —Me reí, una risa amarga, sin humor—. Todo este tiempo, un jardinero moviendo los hilos.

—Los jardineros ven todo, Sitt Elena. Pero nadie los mira.

—¿Tiene pruebas?

—Suficientes para llevarlo ante el Consejo. Declaraciones juradas de testigos que le vieron manipular los archivos. Documentos que prueban su verdadera identidad. Y una confesión grabada en vídeo.

—¿Una confesión? ¿Cómo la consiguió?

—Le tendí una trampa. Le ofrecí dinero a cambio de información. Y él picó. Habló más de la cuenta. Y yo grabé cada palabra.

—¿Dónde está esa grabación?

—En un lugar seguro. Si me pasa algo, alguien la enviará a los periódicos.

—No le va a pasar nada. Voy a protegerle.

—No puede protegerme de todos, Sitt Elena. Rachid tiene muchos contactos. Mucho dinero. Y mucha sed de venganza.

—Entonces lo detenemos antes de que intente nada.

—¿Y cómo piensa hacerlo?

—Con la ayuda de Khalid. Ya es hora de que sepa la verdad.




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