La primavera llegó a Al-Shahar con una explosión de colores y fragancias que casi logró hacerme olvidar el invierno que habíamos pasado. Los jardines del palacio estaban en su máximo esplendor: rosales en flor, jazmines perfumando el aire, buganvillas trepando por las paredes como si quisieran alcanzar el cielo. Pero yo no podía disfrutarlos del todo. Algo en el fondo de mi corazón me decía que la tranquilidad era solo una pausa, un respiro antes de la siguiente batalla.
Rachid estaba en prisión, esperando juicio. Farid seguía encerrado en su celda, consumiéndose lentamente. Rashid había sido trasladado a una prisión de máxima seguridad en el norte del país, lejos de la capital, lejos de cualquier posibilidad de fuga. Jassim, el primo de Khalid, había sido condenado a cadena perpetua por su participación en la conspiración.
Pero la red de mentiras que habían tejido durante décadas seguía ahí, invisible pero presente, como las raíces de un árbol venenoso que se extienden bajo tierra mucho después de que el tronco haya sido cortado.
—Necesito que hablemos —me dijo Carmen una tarde, mientras tomábamos el té en la terraza.
—Siempre hablamos. ¿De qué quieres hablar?
—De nuestra madre.
El té se me atragantó.
—¿Qué pasa con nuestra madre?
—Que no era quien creíamos. —Carmen dejó la taza sobre la mesa y me miró fijamente—. He estado investigando. Desde que supimos lo de Karim. He hablado con vecinos, con amigos, con gente que la conocía antes de que nacieras.
—¿Y qué has descubierto?
—Que tenía miedo. Mucho miedo. De alguien. De algo. Que vivía mirando por encima del hombro. Que cambió de identidad al menos tres veces antes de establecerse en Madrid.
—¿Tres veces?
—Sí. Se llamaba Leila en un sitio, Fatima en otro, Marina en el tercero. Nunca usaba el mismo nombre dos veces seguidas.
—¿Y por qué cambiaba de identidad?
—Porque alguien la perseguía. Alguien que quería hacerle daño. Alguien que, probablemente, era el padre de Elena.
—¿Sabes quién era ese alguien?
—No. Pero tengo una pista.
—¿Qué pista?
—Una carta. La encontré en el desván de la casa de Madrid, antes de que la vendiéramos. Estaba escondida en un libro, en una caja, debajo de unos papeles viejos.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes?
—Porque no sabía si contártelo. Porque tenía miedo de lo que pudiera decir.
—Dímelo ahora.
Carmen sacó un sobre amarillento del bolsillo de su falda y lo deslizó sobre la mesa.
—Léela tú misma.
Abrí el sobre con manos temblorosas. La carta estaba escrita a mano, en un papel ya descolorido por el paso del tiempo. La letra era la de mi madre: inclinada, nerviosa, con las erres y las eses temblorosas.
"Querida Marina (o como te llames ahora):
Sé que no quieres saber nada de mí. Sé que te hice daño. Pero necesito que sepas la verdad antes de que muera.
Elena no es hija de Karim. Karim solo fue un peón en mi juego, un hombre al que utilicé para acercarme a la familia real. El verdadero padre de Elena es otro. Alguien a quien nunca conociste. Alguien a quien no puedo nombrar porque si lo hago, me matará. Y te matará a ti. Y matará a la niña.
Por eso me fui. Por eso cambié de identidad. Por eso viví escondida todos estos años. No era solo por mí. Era por vosotras.
Perdóname. No por haberme ido, sino por haberte traído a este mundo. Por haberte condenado a ti y a tu hermana a vivir con miedo.
Cuida de Elena. Ella es lo único bueno que hice en mi vida.
Adiós.
M."
La carta cayó de mis manos como una hoja muerta.
—¿Qué significa esto? —pregunté, aunque ya lo sabía.
—Significa que nuestra madre nos mintió hasta el final. Significa que tu verdadero padre sigue vivo. Significa que la amenaza no ha terminado.
—¿Por qué no me lo contaste antes?
—Porque tenía miedo de cómo reaccionarías. Porque tenía miedo de que hicieras algo imprudente. Porque tenía miedo de perderte.
—¿Perderme? ¿Por qué ibas a perderme?
—Porque la verdad duele. Y el dolor, a veces, hace que la gente se aleje.
—No me voy a alejar. Eres mi hermana.
—Lo sé. Pero no sabía si lo sabrías después de leer la carta.
La abracé con fuerza, enterrando el rostro en su hombro.
—Siempre serás mi hermana. Pase lo que pase.
—¿Incluso si nuestro padre es un monstruo?
—Incluso si nuestro padre es el demonio.
Carmen lloró, y yo lloré con ella. Por nuestra madre, por las mentiras, por los años perdidos. Por todo lo que nunca sabríamos.
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Esa noche, se lo conté todo a Khalid. La carta, las identidades falsas, el padre desconocido. Él escuchó en silencio, su rostro impasible, sus manos inmóviles sobre la mesa.