Un Heredero para el Jeque del Desierto

Capítulo 32

El verano llegó a Al-Shahar como un león rugiente, con temperaturas que superaban los cuarenta grados y un sol que parecía querer derretir hasta las piedras del palacio. Los jardines, antes exuberantes, empezaban a marchitarse, y los sirvientes regaban las plantas al amanecer y al anochecer para mantenerlas con vida. Yo pasaba las tardes encerrada en la suite real, con el aire acondicionado a toda potencia, leyendo informes que el doctor Mansour me enviaba cada día.

La investigación sobre mi verdadero padre se había convertido en una obsesión. Revisaba documentos antiguos, cartas, fotografías, cualquier cosa que pudiera darme una pista. Pero cada respuesta generaba nuevas preguntas, y cada pregunta parecía llevarme a un callejón sin salida.

Hasta que una noche, el doctor Mansour llamó a mi puerta con una expresión que no había visto en él desde los días oscuros de la conspiración.

—Sitt Elena —dijo, entrando en la habitación con paso rápido—. He encontrado algo.

—¿Qué? —pregunté, dejando los papeles que estaba leyendo.

—Una fotografía. De su madre. Con un hombre. Tomada en Estambul, hace treinta y cinco años.

—¿Y quién es el hombre?

—No lo sé. Pero he averiguado algo más. Alguien ha estado preguntando por usted. En Madrid. En los archivos donde nació. En el hospital donde tuvo a Amir.

—¿Quién?

—No tengo nombre. Pero tengo una descripción. Hombre, alto, de pelo canoso, acento de Oriente Medio. Vestía traje caro y viajaba en coche con chófer.

—¿Alguien de Al-Shahar?

—Podría ser. O de algún país vecino. Pero hay algo más, Sitt Elena. Algo que no sé cómo decirle.

—Dígamelo igual.

—El hombre que ha estado preguntando por usted… se parece al de la fotografía. El que estaba con su madre en Estambul.

El mundo se detuvo.

—¿Mi padre? —susurré—. ¿Mi padre está vivo y me está buscando?

—Eso parece. Pero no sé por qué. Si quiere hacerle daño, si quiere protegerla, si solo quiere conocerla… no lo sé.

—¿Dónde está ahora?

—No lo sé. Pero si sigue preguntando, lo encontraremos. Antes de que él nos encuentre a nosotros.

—¿O antes de que nos encuentre a Amir?

—Eso espero.

El doctor Mansour se fue, dejándome con la fotografía en las manos. La miré una y otra vez, tratando de grabar cada detalle en mi memoria. Mi madre, joven, hermosa, con una sonrisa que no le había visto nunca. Y a su lado, un hombre. Alto, de hombros anchos, con una barba oscura que apenas empezaba a encanecer. Sus brazos rodeaban la cintura de mi madre, y sus ojos… sus ojos me miraban a mí, a través del tiempo, como si supieran que un día yo estaría allí, mirándolo.

—¿Quién eres? —murmuré—. ¿Por qué nos abandonaste? ¿Por qué vuelves ahora?

La fotografía no respondió. Solo me miró en silencio, con sus ojos misteriosos, guardando sus secretos para siempre.

---

Khalid vio la fotografía esa noche, cuando llegó a la suite después de una larga reunión con sus ministros.

—¿Lo reconoces? —pregunté.

—No. Pero puedo averiguarlo. Tengo contactos en Turquía, en Irán, en todos los países de la región. Alguien sabrá quién es.

—¿Y si no quiere ser identificado? ¿Si borró todos los rastros?

—Todos dejan rastros, Elena. Solo hay que saber dónde mirar.

—¿Y si el rastro lleva a alguien peligroso? ¿Alguien peor que Rashid, peor que Farid, peor que todos los que hemos enfrentado?

—Entonces lo enfrentaremos. Como siempre.

—¿Y si no podemos?

—Siempre podemos.

Lo abracé con fuerza, sintiendo su corazón latir contra el mío.

—Te quiero —dije.

—Yo también te quiero. Y pase lo que pase, estaremos juntos.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

Mentimos, como tantas otras veces. Pero era una mentira necesaria, de esas que ayudan a seguir adelante cuando todo parece perdido.

---

Los días siguientes fueron una montaña rusa de emociones. El doctor Mansour descubrió que el hombre de la fotografía se llamaba Adnan. Solo Adnan. Sin apellido, sin país de origen, sin huellas en ningún registro oficial. Era como si hubiera aparecido de la nada y hubiera vuelto a desaparecer.

—¿Cómo puede ser que no haya ningún registro? —pregunté, frustrada—. Todo el mundo tiene un pasaporte, una partida de nacimiento, algo.

—No todo el mundo —respondió el doctor Mansour—. Hay personas que viven en las sombras. Espías, mercenarios, delincuentes. Gente que paga para que no existan.

—¿Cree que mi padre era un criminal?

—No lo sé. Pero era alguien que no quería ser encontrado. Y eso, Sitt Elena, siempre es sospechoso.

—¿Y ahora? ¿Por qué busca encontrarme ahora?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.