Un Heredero para el Jeque del Desierto

Capítulo 33

La muerte de Adnan llegó tres días después de nuestra visita a Suiza. Me enteré por un mensaje de la clínica, frío y protocolario, como si se tratara del fin de un contrato, no de una vida. No lloré. Había llorado demasiado en los últimos meses, y mis lágrimas, pensé mientras guardaba el teléfono en el bolsillo, merecían un destino mejor que un hombre al que apenas había conocido.

Pero su muerte no trajo el cierre que esperaba. Al contrario, abrió una herida que creía cerrada. Porque al día siguiente, un abogado suizo se presentó en el palacio con una caja de seguridad que Adnan había dejado a mi nombre.

—¿Qué contiene? —pregunté, mientras el abogado —un hombre rubio, de gafas redondas y traje impecable— colocaba la caja sobre la mesa del salón.

—Documentos, Sitt Elena —respondió—. Cartas, fotografías, pruebas. Su padre pasó los últimos años de su vida recopilando información sobre las personas que lo persiguieron. Sobre las personas que también la persiguen a usted.

—¿Personas que me persiguen? ¿Quiénes?

—Eso está dentro de la caja. Yo solo soy el mensajero.

El abogado se fue, dejándome sola con la caja. Era de metal, de color gris oscuro, con una cerradura de combinación. Probé mi fecha de nacimiento. No funcionó. La de mi madre. Tampoco. La de Adnan. La caja se abrió con un clic metálico.

Dentro había papeles. Muchos papeles. Cartas escritas a mano, informes mecanografiados, fotografías amarillentas. Y un sobre grande, de papel color marfil, con mi nombre escrito en la parte delantera.

Lo abrí con manos temblorosas.

Dentro había una carta. Una carta de Adnan, escrita en su lecho de muerte, con una letra temblorosa pero clara.

"Querida Elena:

Si estás leyendo esto, es que he muerto. No quiero que llores por mí. No lo merezco. Pero sí quiero que sepas la verdad. Toda la verdad. La que nunca me atreví a contarte en persona.

Las personas que nos persiguieron a tu madre y a mí no eran servicios de inteligencia rivales. Eran miembros de tu propia familia. De la familia Al-Rashid.

El rey Faisal, el padre de Khalid, descubrió que tu madre trabajaba para Irán. La amenazó con exponerla si no colaboraba con él. Ella se negó. Entonces él la persiguió. La acosó. La convirtió en fugitiva.

Pero no fue él quien me obligó a huir. Fue su hermano. Farid. Farid me ofreció un trato: dinero y protección a cambio de que desapareciera de vuestra vida. Acepté. Fui un cobarde. Lo sé. Pero tenía miedo. Miedo de que te hicieran daño. Miedo de que te mataran.

Los años pasaron. Farid perdió poder. Rashid tomó el relevo. Y luego Jassim. Y luego Mustafa. Todos ellos supieron quién era yo. Todos ellos utilizaron esa información para chantajearme, para controlarme, para mantenerme alejado.

Pero ya no más. He pasado los últimos años recopilando pruebas. Nombres, fechas, lugares. Todo está en esta caja. Todo lo que necesitas para destruirlos. Para vengarte. Para liberarte.

No te pido que me perdones. Solo te pido que uses esta información para proteger a los que amas. Para que lo que nos pasó a tu madre y a mí no les pase a ti y a los tuyos.

Con todo mi cariño (aunque no lo parezca),

Tu padre."

La carta cayó de mis manos como una hoja muerta.

—¿Qué dice? —preguntó Khalid, que había entrado en la habitación sin que yo lo notara.

—La verdad —respondí, con voz quebrada—. La verdad sobre todo.

Se la entregué. La leyó en silencio, su rostro pasando del desconcierto a la ira, y de la ira a una tristeza tan profunda que me partió el corazón.

—Mi padre —dijo finalmente—. Mi padre sabía quién eras. Sabía que tu madre era una espía. Y aún así… aún así permitió que nos casáramos.

—Tu padre llevaba muerto años cuando nos casamos. No pudo permitir ni impedir nada.

—Pero alguien sabía. Alguien en el Consejo. Alguien que aprobó nuestro matrimonio a pesar de conocer la verdad.

—¿Mustafa?

—Mustafa, sí. Pero también otros. Muchos otros.

—¿Y qué hacemos ahora? ¿Les confrontamos? ¿Les exigimos respuestas?

—No. Ahora esperamos. Y planeamos. Porque si les confrontamos ahora, nos destruirán. Necesitamos pruebas. Necesitamos aliados. Necesitamos tiempo.

—El tiempo es lo único que no tenemos.

—Entonces lo crearemos.

Khalid me abrazó, y durante un largo rato nos quedamos así, en silencio, mientras el peso de la verdad se asentaba sobre nuestros hombros.

Las pruebas de Adnan eran abrumadoras. Cartas, informes, grabaciones, fotografías. Todo apuntaba a una conspiración que llevaba décadas gestándose, en la que habían participado miembros de la familia real, del Consejo de Sabios, del ejército, de los servicios de inteligencia.

Farid era el cerebro. Rashid, el brazo ejecutor. Mustafa, el organizador. Jassim, el mensajero. Pero había otros nombres. Nombres que aún ocupaban puestos de poder. Nombres que aún podían hacer daño.

El doctor Mansour y yo pasamos semanas clasificando el material, buscando conexiones, trazando líneas en un mapa que se parecía cada vez más a la telaraña de una araña gigante.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.