Zayed fue capturado al amanecer, escondido en un pueblo pesquero de la costa norte, a tres horas de la capital. No opuso resistencia. Cuando los guardias irrumpieron en la cabaña donde se refugiaba, estaba sentado en una silla de mimbre, con una taza de té humeante entre las manos, como si los estuviera esperando.
—No voy a huir —dijo, cuando lo esposaron—. Ya no me queda adónde ir.
—¿Por qué? —pregunté, apareciendo en el umbral de la puerta. Khalid estaba a mi lado, con el rostro pétreo, los puños apretados—. ¿Por qué nos traicionaste?
Zayed me miró largamente. Luego miró a Khalid. Luego bajó la vista hacia la taza de té, que ya se había enfriado.
—Porque me debía a alguien más —respondió—. Alguien a quien conocía antes de servir al rey. Alguien a quien le debo la vida.
—¿Farid? —preguntó Khalid.
—No. Alguien más antiguo. Alguien más poderoso. Alguien que lleva décadas moviendo los hilos.
—¿Quién?
—No puedo decírselo. Si lo hago, matará a mi familia. A mi mujer. A mis hijos. A mis nietos.
—Ya no tienes familia, Zayed. —La voz de Khalid era fría, cortante—. Los he detenido a todos. Están en una celda, esperando tu confesión.
El mundo se detuvo. Zayed palideció como la cera.
—No… no puede ser…
—Puede. Y lo es. Tus hijos confesaron anoche. Dijeron todo lo que sabían. Las reuniones secretas, los mensajes cifrados, los sobornos. Todo.
—Mientes. Mis hijos no saben nada.
—Sabían lo suficiente. Sabían que te reunías con alguien en secreto. Que esa persona te daba órdenes. Que tú las cumplías sin cuestionarlas.
—¿Quién es? —intervine, incapaz de contenerme—. ¿Quién es el Fantasma?
Zayed me miró, y en sus ojos vi algo que no esperaba: miedo. No miedo a la muerte, sino miedo a lo que vendría después.
—Es alguien que nunca sospecharían —dijo, con voz apenas un susurro—. Alguien a quien han visto crecer. Alguien a quien han amado. Alguien que ha estado a su lado desde el principio.
—¿Khalid? —pregunté, sintiendo cómo el suelo se abría bajo mis pies.
—No. Alguien más cercano aún.
—Dime su nombre.
—No puedo.
—¡Dime su nombre!
—Es…
La puerta de la cabaña explotó.
No sé exactamente qué ocurrió en los siguientes segundos. Solo recuerdo un estruendo ensordecedor, una luz cegadora, y el cuerpo de Khalid arrojándose sobre el mío para protegerme. Cuando abrí los ojos, la cabaña estaba en llamas. Zayed yacía en el suelo, con un trozo de metra incrustado en el pecho. Los guardias estaban muertos o heridos. Y en la puerta, con una pistola humeante en la mano, estaba…
—Carmen —susurré, incrédula—. ¿Carmen?
Mi hermana sonrió. Era la misma sonrisa de siempre, la que me había acompañado toda la vida. Pero sus ojos… sus ojos eran diferentes. Fríos. Calculadores. Asesinos.
—Hola, Elena —dijo—. Siento lo del desorden. Pero Zayed iba a hablar. Y no podía permitirlo.
—¿Tú eres el Fantasma? —pregunté, sintiendo cómo el mundo se desmoronaba a mi alrededor.
—El Fantasma, la conspiradora, la espía. Tengo muchos nombres. Tú me conoces como hermana.
—¿Por qué? ¿Por qué hiciste todo esto?
—Por el trono, por supuesto. ¿Por qué iba a ser?
—¿El trono? ¿Tú quieres el trono?
—No para mí. Para mi hijo. Para Amir.
—¿Amir? ¿Amir es hijo tuyo?
—No, no es hijo mío. Pero si tú y Khalid morís, yo me convierto en su tutora legal. Y los tutores legales, Elena, tienen mucho poder. Sobre todo cuando el pupilo es el heredero al trono.
—Estás loca.
—No. Estoy despierta. Por primera vez en muchos años, estoy despierta.
—¿Y Tarek? ¿Tarek sabe quién eres?
—Tarek es un peón. Como todos los demás. Un hombre al que utilicé para acercarme a ti. Para ganarme tu confianza. Para estar siempre a tu lado.
—¿Nuestro padre? ¿Adnan? ¿También lo utilizaste?
—Adnan era un estorbo. Por eso le di el cáncer. Por eso le metí en esa clínica. Por eso me aseguré de que muriera antes de que pudiera contarte la verdad.
—¿La verdad sobre qué?
—Sobre mí. Sobre lo que soy. Sobre lo que he hecho.
—¿Y qué has hecho, Carmen?
—He matado. He traicionado. He conspirando. Todo para llegar hasta aquí. Hasta este momento.
—¿Y ahora qué? ¿Vas a matarnos?
—No. No voy a mataros. Eso sería demasiado rápido. Demasiado fácil. Prefiero veros sufrir. Veros perder todo lo que amáis. Veros convertiros en lo que yo soy.
—Nunca seremos como tú.
—Ya lo sois. Solo que no lo sabéis.
Carmen levantó la pistola, apuntando directamente a mi corazón.