Un Heredero para el Jeque del Desierto

Capítulo 35

Pasaron los días, y con ellos el dolor se instaló en mi pecho como un inquilino permanente. No el dolor agudo de las primeras horas, ese que te arranca gritos y lágrimas sin control, sino un dolor sordo, constante, que se filtraba en cada rincón de mi existencia. Me despertaba con él, comía con él, me dormía con él. A veces, en los momentos más inesperados, se intensificaba: al ver la taza de té que Carmen solía usar, al pasar por la terraza donde tomábamos el sol juntas, al escuchar una canción que le gustaba.

Carmen había muerto. Mi hermana, mi cómplice, mi confidente, la única persona que conocía todos mis secretos. Había muerto por su propia mano, o por la de Tarek, o por la mía, según cómo se mirara. No podía dejar de darle vueltas. ¿Podría haberlo evitado? ¿Habría alguna señal que no supe ver? ¿Algún gesto, alguna palabra, que me hubiera advertido de quién era realmente?

—Mamá —dijo Amir una mañana, mientras desayunábamos en la suite—, ¿tía Carmen se fue porque estaba enfadada con nosotros?

La pregunta me atravesó como una espada.

—No, mi amor —respondí, acariciándole el cabello—. Tía Carmen no estaba enfadada con nosotros.

—Entonces, ¿por qué se fue?

—Porque estaba enferma. Enferma del corazón. Y las enfermedades del corazón, a veces, no se curan.

—¿Como el abuelo?

El abuelo. Mi padre adoptivo, el que nos había criado, el que había muerto de cáncer el año anterior. Amir apenas lo recordaba, pero las historias que Carmen le había contado mantenían viva su memoria.

—Como el abuelo —mentí—. Pero el abuelo se fue porque su cuerpo estaba enfermo. Carmen se fue porque su alma lo estaba.

—¿Las almas se pueden enfermar?

—A veces, sí. Cuando se llenan de mentiras y de secretos.

—¿Y la tuya? ¿Tu alma está enferma?

—No, mi amor. Mi alma está triste. Pero la tristeza no es una enfermedad. La tristeza es solo una visita. Y las visitas, tarde o temprano, se van.

—¿Cuándo se va la tuya?

—No lo sé. Pero se irá.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

Lo abracé con fuerza, enterrando el rostro en su pequeño hombro. Él me rodeó el cuello con sus brazos diminutos, y por un momento, solo un momento, el dolor se aquietó.

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Khalid notaba mi tristeza, pero no sabía cómo abordarla. Los hombres como él, criados para la guerra y la política, no entienden de duelos silenciosos ni de lágrimas contenidas. Hacía lo que podía: me traía flores, me organizaba cenas románticas, me llevaba a pasear por los jardines. Pero yo no quería flores ni cenas ni paseos. Yo quería a mi hermana. Y mi hermana estaba muerta.

—Necesitas hablar con alguien —me dijo una noche, mientras cenábamos en silencio—. Un profesional. Un psicólogo. Alguien que te ayude a procesar lo que ha pasado.

—No necesito un psicólogo. Necesito tiempo.

—El tiempo no lo cura todo.

—Lo cura casi todo.

—No el dolor de perder a un ser querido. Ese dolor no se cura. Solo se aprende a vivir con él.

—Entonces viviré con él. Como he vivido con todos los demás dolores.

—No tienes por qué hacerlo sola.

—No estoy sola. Estoy contigo. Estoy con Amir. Eso es más de lo que muchas personas tienen.

—Pero no es suficiente.

—Nada es suficiente, Khalid. Nada llena el vacío que deja una hermana.

—Lo sé. Por eso quiero ayudarte.

—Ayúdame dejándome en paz. Ayúdame dejándome llorar. Ayúdame dejándome ser miserable sin sentir que tengo que disculparme.

Khalid me miró largamente, y luego asintió.

—Está bien —dijo—. Lloraré contigo. Seré miserable contigo. Pero no te dejaré sola.

—No es lo mismo.

—Lo sé. Pero es lo que puedo ofrecerte.

—Entonces tómalo. Y gracias.

—No me des las gracias. Solo hazme una promesa.

—¿Cuál?

—No te rindas. No te dejes vencer por el dolor. Sigue adelante, aunque sea a rastras.

—Te lo prometo.

—¿De verdad?

—De verdad.

Esta vez no mentí. Porque a pesar de todo, a pesar del dolor, a pesar del vacío, aún quería vivir. Aún quería luchar. Aún quería estar con los que me quedaban.

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Tarek reapareció dos semanas después del funeral. Estaba demacrado, con ojeras profundas y la mirada vacía. Pidió verme a solas, y Khalid accedió, aunque con desgana.

—Sitt Elena —dijo, arrodillándose frente a mí en el salón—. He venido a pedirle perdón.

—¿Perdón por qué? —pregunté, aunque ya lo sabía.

—Por matar a Carmen. Por no encontrar otra manera. Por no haberla salvado.

—Tú no la mataste. Ella se mató sola. Tú solo intentaste proteger a los demás.




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