El otoño llegó a Al-Shahar con una suavidad que contrastaba con la tormenta emocional que había vivido en los meses anteriores. Los jardines del palacio se teñían de ocres y dorados, y el aire olía a tierra mojada y a jazmines tardíos. Yo había vuelto a la rutina, a los paseos con Amir por la mañana, a las reuniones con Khalid por la tarde, a las cenas íntimas en la terraza cuando el sol se ponía sobre el mar.
Pero algo estaba cambiando en mi cuerpo. Algo que no quería reconocer.
Empezó con un cansancio inusual, de esos que te obligan a echar una siesta después de comer aunque no seas de siestas. Luego llegaron las náuseas, leves al principio, más intensas con los días. Y finalmente, la ausencia de mi regla. Llevaba dos meses sin ella, pero lo había atribuido al estrés, a los últimos acontecimientos, a todo menos a la verdad.
Hasta que una mañana, mientras desayunaba sola en la terraza, el olor del café me revolvió el estómago de tal manera que tuve que salir corriendo al baño.
—¿Estás bien? —preguntó Khalid, apareciendo en el umbral con el rostro preocupado.
—Sí —mentí, limpiándome la boca con el dorso de la mano—. Algo me sentó mal.
—Llevas días con algo te sienta mal. Deberías ir al médico.
—Iré. Pero no ahora.
—¿Cuándo?
—Cuando tenga tiempo.
—Elena…
—No insistas, Khalid. No es nada.
Pero era algo. Y lo supe con certeza cuando, esa misma tarde, me hice una prueba de embarazo en el baño de la suite, a escondidas de los sirvientes y de los guardias.
Dos rayas.
Positivo.
Estaba embarazada.
El mundo se detuvo. Me quedé mirando la prueba durante lo que parecieron horas, con el corazón latiéndome a toda velocidad y la mente en blanco. Un bebé. Otro bebé. El hijo de Khalid. El hermano de Amir.
¿Cómo se lo iba a decir? ¿Cómo iba a reaccionar él? ¿Cómo íbamos a gestionar otro embarazo en medio de todo lo que estaba pasando?
Guardé la prueba en el bolsillo y salí del baño con paso firme, tratando de aparentar normalidad. Pero Khalid me conocía demasiado bien.
—¿Qué pasa? —preguntó, levantando la vista del libro que estaba leyendo.
—Nada. ¿Por qué iba a pasar algo?
—Porque tienes la misma cara que tenías cuando ocultabas tu embarazo de Amir.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Qué?
—Lo sé, Elena. Lo supe desde el principio. La forma en que te protegías el vientre, en que evitabas ciertas comidas, en que te llevabas la mano al estómago cuando creías que nadie te miraba. Siempre lo supe.
—¿Y nunca dijiste nada?
—Esperaba que tú lo hicieras. Pero como no lo hacías… decidí esperar.
—¿No estás enfadado?
—¿Enfadado? ¿Por qué iba a estar enfadado? Vas a tener mi hijo. Eso es motivo de alegría, no de enfado.
—¿De verdad lo crees?
—Lo sé. —Se levantó del sofá y se acercó a mí—. ¿Cuánto tiempo llevas sabiéndolo?
—Acabo de hacer la prueba. Hace diez minutos.
—¿Y cómo te sientes?
—Asustada. Confundida. Feliz. Todo a la vez.
—Eso es normal.
—¿Lo es? ¿Después de todo lo que ha pasado?
—La vida sigue, Elena. El dolor no detiene el tiempo. Y los bebés, menos.
—¿Y si no soy capaz? ¿Si no puedo querer a este hijo como quiero a Amir?
—Lo querrás. Porque eres una madre maravillosa. Porque tienes un corazón enorme. Porque eso es lo que haces, amar. Aunque duela. Aunque cueste.
—No lo sé.
—Yo sí. Confía en mí.
Lo abracé con fuerza, enterrando el rostro en su pecho. Él me rodeó con sus brazos, y durante un largo rato nos quedamos así, en silencio, mientras el sol se ponía sobre el mar.
—¿Se lo decimos a Amir? —pregunté finalmente.
—Cuando estés lista. No hay prisa.
—¿Y al Consejo? ¿A la familia? ¿A todo el mundo?
—También cuando estés lista. Pero te recomiendo que lo hagas pronto. Los embarazos no se pueden ocultar para siempre.
—Lo sé. Pero déjame disfrutarlo un poco. Que sea solo nuestro.
—Todo el tiempo que quieras.
Me besó, y por un momento, solo un momento, el miedo desapareció.
Las semanas siguientes fueron un ejercicio de equilibrio. Por un lado, quería gritar a los cuatro vientos que estaba embarazada, que iba a tener otro hijo, que la vida se abría paso a pesar de todo. Por otro lado, quería guardar el secreto para siempre, proteger a ese pequeño ser de las miradas, de las críticas, de los peligros del mundo.
Khalid me mimaba en secreto. Pedía a la cocina que preparara mis platos favoritos —evitando los que sabía que me sentaban mal—, me regalaba masajes en los pies cuando creía que dormía, y me susurraba al oído, por las noches, lo feliz que era, lo mucho que me amaba, lo agradecido que estaba por esta nueva oportunidad.