La noticia de los gemelos se extendió como la pólvora. En cuestión de horas, el palacio se llenó de flores, regalos y felicitaciones. Los periódicos publicaron ediciones especiales, los programas de televisión interrumpieron su programación para dar la noticia, y las redes sociales estallaron en mensajes de alegría y buenos deseos.
Khalid, que nunca había sido amante de los actos públicos, decidió organizar una celebración por todo lo alto. No solo para anunciar el embarazo, sino para mostrar al mundo que la familia real seguía en pie, que las conspiraciones no habían podido con nosotros, que la vida se abría paso a pesar de todo.
—Quiero que sea la fiesta más grande que se haya visto en Al-Shahar —dijo una noche, mientras cenábamos en la terraza—. Quiero que todo el mundo sepa que estoy orgulloso de ti, de Amir, de nuestras hijas.
—¿No crees que es demasiado? —pregunté, acariciándome la barriga, que ya empezaba a notarse—. Después de todo lo que ha pasado, quizás deberíamos mantener un perfil bajo.
—No. Después de todo lo que ha pasado, debemos mostrar nuestra fuerza. No podemos escondernos por miedo a los enemigos. Tenemos que salir a la luz. Demostrar que no nos han vencido.
—¿Y si los enemigos aprovechan la celebración para atacar?
—Por eso tenemos a los mejores guardaespaldas del mundo. Y a Tarek, que ha vuelto al servicio.
—¿Tarek ha vuelto?
—Sí. Me pidió que lo readmitiera. Dijo que quería proteger a tus hijas. Como no pudo proteger a Carmen.
—¿Y tú aceptaste?
—Acepté. Es un buen hombre. Y un buen guardia. Carmen lo eligió por algo.
—Carmen eligió a muchos hombres.
—Pero a Tarek lo eligió de verdad. Eso se nota.
—¿Tú crees?
—Estoy seguro.
Me quedé en silencio, pensando en Carmen, en Tarek, en todo lo que había pasado. El dolor seguía ahí, pero ya no pesaba tanto. Ahora, con las niñas en mi vientre, el dolor se había transformado en algo más parecido a la nostalgia. Una tristeza suave, que no impedía sonreír.
—Está bien —dije finalmente—. Hagamos la fiesta.
—¿De verdad?
—De verdad. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Que invite a quien yo quiera.
—Invita a quien quieras. Es tu fiesta.
—No. Es nuestra fiesta. De los dos.
—De los dos —asintió, y me besó.
La preparación de la celebración llevó semanas. Khalid había contratado a los mejores decoradores, a los mejores chefs, a los mejores músicos del país. El jardín del palacio se transformó en un paraíso de luces y flores, con carpas de seda, fuentes de champán y pistas de baile que se extendían bajo las estrellas.
Amir estaba emocionado. No entendía muy bien qué se celebraba, pero le había dicho que habría tarta y globos, y eso era suficiente.
—Mamá —dijo, mientras se probaba el traje que los sastres le habían hecho—, ¿las niñas también vendrán a la fiesta?
—Todavía no, mi amor. Tienen que nacer primero.
—¿Y cuándo van a nacer?
—En unos meses. Cuando llegue el verano.
—Qué lejos.
—El tiempo pasa rápido. Cuando quieras darte cuenta, ya estarán aquí.
—¿Y podré jugar con ellas?
—Cuando sean un poco mayores, sí.
—¿Y ahora?
—Ahora solo duermen y crecen.
—Qué aburrido.
—Ya te lo dije. Los bebés son aburridos al principio.
—Como los dinosaurios bebés.
—Como los dinosaurios bebés.
Amir asintió, satisfecho con la comparación, y volvió a mirarse al espejo.
—Estoy guapo —dijo.
—Estás guapísimo.
—Más que papá.
—Eso no lo digas muy alto. Papá se va a poner celoso.
—Papá siempre se pone celoso.
—Es verdad. Pero no se lo digas.
—No se lo diré. Es nuestro secreto.
—Nuestro secreto.
Le guiñé un ojo, y él me devolvió el guiño.
La noche de la celebración llegó por fin. El palacio estaba radiante, iluminado por miles de luces que se reflejaban en las fuentes y en los estanques. Los invitados —más de quinientos, entre realeza, políticos, empresarios y celebridades— llegaban en coches de lujo, vestidos con sus mejores galas, sonriendo para las cámaras.
Khalid y yo recibimos en la puerta principal, con Amir a nuestro lado, vestido con su traje azul marino y una pajarita que le daba un aire de pequeño caballero.
—¿Estás nerviosa? —me preguntó Khalid, al ver que mis manos temblaban ligeramente.
—Un poco. No estoy acostumbrada a ser el centro de atención.
—Eres la reina. El centro de atención es tu lugar.