El verano llegó a Al-Shahar con una explosión de luz y color que parecía coreografiar con la felicidad que habitaba en mi pecho. Las últimas semanas del embarazo habían sido tranquilas, casi plácidas, como si el mundo hubiera decidido darnos un respiro después de tanta tormenta. Las ecografías mostraban a las niñas sanas y fuertes, moviéndose dentro de mí como dos peces en un acuario, girando, pataleando, haciéndome saber que estaban ahí, que estaban vivas, que estaban listas para salir.
Khalid apenas se separaba de mí. Había reducido sus compromisos oficiales al mínimo, delegando en sus ministros todo lo delegable, y pasaba las tardes en la suite, leyendo en voz alta, viendo películas, o simplemente quedándose dormido a mi lado con la cabeza apoyada en mi barriga. Amir, por su parte, había aceptado la idea de las hermanas con una mezcla de resignación y entusiasmo. Al principio le costó compartir la atención, pero poco a poco fue entusiasmándose con la idea de tener a quién enseñar, a quién proteger, a quién mandar.
—Mamá —dijo una tarde, mientras yo descansaba en la terraza—, ¿las niñas saben que soy su hermano?
—Todavía no, mi amor. Pero lo sabrán. Tú se lo enseñarás.
—¿Qué les voy a enseñar?
—A jugar. A reír. A ser valientes.
—¿Y a montar a caballo?
—También. Cuando sean mayores.
—¿Y a dibujar dinosaurios?
—Sobre todo a dibujar dinosaurios.
—Los dinosaurios molan.
—Molan mucho.
Amir sonrió, orgulloso de su futuro papel, y se fue a jugar al jardín.
Me quedé sola, con el sol acariciándome el rostro y las niñas moviéndose dentro de mí. Cinco semanas. Eso era lo que me quedaba según los médicos. Cinco semanas para prepararme, para armarme de valor, para hacer las paces con el pasado y abrazar el futuro.
—¿Estás bien? —preguntó Khalid, apareciendo en la terraza con una bandeja de frutas.
—Mejor que nunca —respondí.
—¿Pasa algo?
—Nada. Solo pienso.
—¿En qué?
—En cómo hemos llegado hasta aquí. En todo lo que hemos pasado. En todo lo que nos queda.
—¿Te arrepientes de algo?
—De muchas cosas. Pero también estoy agradecida.
—¿Agradecida de qué?
—De haberte conocido. De tener a Amir. De estar esperando a las niñas. De haber encontrado una familia.
—¿A pesar de todo?
—A pesar de todo.
Khalid dejó la bandeja en la mesa y se sentó a mi lado, tomándome la mano.
—Yo también estoy agradecido —dijo—. Por ti. Por ellos. Por esta segunda oportunidad que la vida nos ha dado.
—¿Crees en las segundas oportunidades?
—Creo en las oportunidades, en general. Las primeras, las segundas, las terceras. Mientras haya vida, hay oportunidades.
—Eres un optimista.
—Soy un realista. La vida es dura, pero también es hermosa. Solo hay que saber mirar.
—¿Y tú sabes mirar?
—Contigo, sí. Tú me enseñas a ver lo que antes no veía.
—¿El qué?
—La belleza en las pequeñas cosas. Una tarde de sol. Una sonrisa de Amir. Una caricia antes de dormir. Eso es la vida, Elena. No las guerras, no las conspiraciones, no los tronos. Eso son solo escenarios. Lo importante son los actores.
—Y nosotros somos los actores.
—Nosotros somos los protagonistas. Tú, yo, Amir, las niñas. El resto son extras.
Me reí, y fue una risa libre, despreocupada, de esas que salen del alma.
—Te quiero —dije.
—Y yo a ti. Siempre.
Nos besamos, y por un momento, solo un momento, el mundo fue perfecto.
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El parto fue más rápido de lo que esperaba. Las contracciones empezaron una madrugada, mientras dormía, y cuando quise darme cuenta, ya estaba en la sala de partos, rodeada de médicos y enfermeras, con Khalid a mi lado, apretándome la mano.
—Va todo bien, Sitt Elena —dijo el médico, mientras miraba los monitores—. Las niñas están en posición. Solo tiene que pujar.
—No puedo —respondí, entre jadeos—. No tengo fuerzas.
—Sí puede —dijo Khalid, limpiándome el sudor de la frente—. Es la mujer más fuerte que conozco. Puede con todo.
—¿Y si no puedo?
—Puede. Yo la ayudo.
—¿Cómo?
—Así.
Me apretó la mano con más fuerza, y yo encontré en ese gesto la energía que me faltaba.
Pujé una vez. Dos veces. Tres.
Y entonces, un llanto.
El llanto más hermoso que había escuchado nunca.
—Es una niña —anunció el médico, mostrándome un bulto rojo y arrugado que pataleaba en el aire—. La primera.