Un Heredero para el Jeque del Desierto

Capítulo 40

Diez años después.

El verano en Al-Shahar seguía siendo tan intenso como el día que llegué por primera vez, con el sol cayendo a plomo sobre las dunas del desierto y el mar brillando como una esmeralda líquida bajo los acantilados. Pero yo ya no era aquella mujer asustada que había aterrizado en un jet privado con un contrato de matrimonio bajo el brazo y un corazón lleno de secretos. Ahora era la reina. La madre de tres hijos. La esposa de un hombre al que amaba con cada fibra de mi ser.

Amir tenía quince años. Era alto, delgado, con los mismos ojos marrones que yo y la misma determinación que Khalid. Había dejado atrás los dinosaurios y los puzles, y ahora pasaba las tardes leyendo libros de historia y política, preparándose para el día en que tendría que ocupar el trono. A veces lo veía mirar el mar con una expresión seria, demasiado seria para su edad, y me preguntaba si estaría repitiendo mis errores o aprendiendo de ellos.

—Mamá —me dijo una tarde, mientras caminábamos por el jardín—, ¿crees que estaré a la altura?

—¿De qué, mi amor?

—Del trono. De ser rey. De gobernar un país.

—Estarás a la altura porque te hemos preparado para ello. Pero sobre todo, estarás a la altura porque tienes un buen corazón. Y un buen corazón es más importante que cualquier estrategia política.

—¿De verdad lo crees?

—Lo sé. Porque lo he vivido.

—¿Y si la gente no me quiere? ¿Si piensan que soy demasiado joven, demasiado inexperto?

—La gente no te querrá por ser joven o experto. Te querrán por ser justo. Por ser honesto. Por ser valiente. Y tú eres todo eso, Amir. Lo has sido desde que naciste.

—¿Tú crees?

—Estoy segura.

Me abrazó, y aunque ya era más alto que yo, seguía siendo mi niño pequeño. El que había dormido en mi pecho, el que había dibujado dinosaurios en las paredes, el que había guardado un dibujo en el bolsillo durante años esperando encontrar a su padre.

—Te quiero, mamá —dijo.

—Y yo a ti, mi amor. Siempre.

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Layla y Nadia tenían diez años. Eran iguales físicamente —pelirrojas como Carmen, con los ojos verdes como los de Rashid— pero completamente diferentes en carácter. Layla era tranquila, estudiosa, con una inteligencia serena que desarmaba a cualquiera. Nadia era un vendaval: hablaba sin parar, se metía en todos los líos, y tenía una capacidad para encontrar problemas que rayaba lo sobrenatural.

—Mamá —dijo Nadia, entrando en la suite como un huracán—, Layla me ha llamado bruta.

—Porque lo eres —respondió Layla, que llegaba detrás con un libro en la mano—. Has roto el jarrón chino de la abuela.

—Fue sin querer.

—Siempre es sin querer.

—¡Mamá, diles que no soy bruta!

—No eres bruta, Nadia. Eres… impulsiva.

—¿Eso es bueno?

—A veces. Otras veces, no.

—¿Y ahora?

—Ahora ve a pedirle perdón a tu padre por el jarrón. Y cuando termines, ayúdale a recoger los pedazos.

—Pero…

—Sin peros.

Nadia suspiró, derrotada, y salió de la habitación arrastrando los pies. Layla me miró con una sonrisa cómplice.

—No va a pedirle perdón —dijo—. Va a convencerlo de que no fue su culpa.

—Lo sé. Pero al menos lo intentará.

—Eres demasiado buena con ella.

—Soy su madre. Es mi trabajo.

Layla se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla.

—Te quiero, mamá.

—Y yo a ti, mi vida.

Se fue, y me quedé sola, con el sol de la tarde acariciándome el rostro.

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Khalid me encontró en la terraza, como tantas otras tardes, con la mirada perdida en el horizonte.

—¿En qué piensas? —preguntó, sentándose a mi lado.

—En Carmen. En mi madre. En Adnan. En todos los que ya no están.

—¿Te duele todavía?

—No. Ya no duele. Solo recuerdo.

—El recuerdo es otra forma de amor.

—Eso dice la gente.

—Y tiene razón.

—¿Tú recuerdas a tu madre?

—Todos los días. Sobre todo cuando veo a las niñas. Ella hubiera sido una abuela maravillosa.

—¿Y tu padre?

—A mi padre lo recuerdo con rencor. Pero estoy aprendiendo a perdonarlo.

—¿El perdón es posible?

—El perdón es necesario. No por ellos, sino por nosotros. Porque el rencor, Elena, es un peso que no merece la pena llevar.

—¿Tú has logrado soltarlo?

—A medias. Pero cada día soltamos un poco más. Eso es la vida, ¿no? Un continuo soltar.

—Un continuo aprender.




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