Un juego de engaños

Capítulo 9

Enrique no respondió, su mirada esquivando la de ella por un instante. El silencio entre ellos se volvió denso, cargado de preguntas no pronunciadas. Leonela, sintiendo el cambio en el aire, dio un paso hacia él, su mano deteniéndose antes de que alcanzara la puerta.

—Enrique —dijo, su voz suave pero firme, sus ojos buscando los de él en la penumbra de la cocina—. No es que no me guste el anillo que me diste. Es solo que… significa tanto el que está en la piscina. Era lo único que me dejó mi madre, y cuando Cassandra lo tiró, sentí que perdía una parte de mí.

Enrique, con el corazón en un puño, la miró con una intensidad que amenazaba con deshacerlo. Quiso decirle la verdad, que su vida estaba tejida de secretos que podían destruirlos. Pero en cambio, esbozó una sonrisa, su voz firme a pesar de la tormenta en su interior.

—Lo recuperarás, Leonela —dijo, con una certeza que resonó como una promesa—. No importa lo que Cassandra intente. No dejaré que te arrebaten nada más.

Leonela lo miró, sorprendida por la vehemencia en sus palabras. Una chispa de duda cruzó su mente. ¿Para alguien que no tiene mucho, es muy optimista? pensó, pero las palabras se transformaron en una pregunta suave, teñida de desafío.

—¿Cómo estás tan seguro? —preguntó, su tono era una mezcla de curiosidad y escepticismo—. No tienes mucho, Enrique, y aun así hablas como si pudieras mover montañas.

Él sonrió, una sonrisa que era mitad encanto, mitad misterio, sus ojos brillando con una chispa que la desafiaba a creer en él.

—No sé a qué te refieres —respondió, guiñándole un ojo con una ligereza que escondía el peso de su secreto—. Pero sí, soy optimista. Alguien aquí tiene que serlo.

Sin darle tiempo a replicar, se inclinó y depositó un beso fugaz en su frente, un gesto que era tanto despedida como promesa, su aliento cálido rozando su piel como una caricia. Luego, salió de la casa, la puerta cerrándose tras él con un chasquido que resonó en el silencio, dejando a Leonela sola con el eco de sus palabras y el aroma del café enfriándose en su taza.

Enrique sacó su celular, su rostro endureciéndose con una determinación fría. El sol ardía en el cielo. Marcó un número, y la voz de Arnulfo respondió al primer timbre.

—¿Jefe? —dijo Arnulfo, su tono alerta a pesar de la hora, el sonido de papeles revueltos al fondo sugiriendo que estaba en la recepción.

—Necesito tu ayuda —respondió Enrique, su voz baja, cargada de urgencia—. Reúne a tres de los muchachos. Los quiero en la piscina ahora.

—¿La piscina? —preguntó Arnulfo, una nota de confusión colándose en su voz.

—Si, la piscina —cortó Enrique, su tono no admitiendo discusión—. Busquen un anillo.

Minutos después, el sol abrasador colgaba sobre la piscina del hotel, su superficie brillando como un espejo roto, ocultando secretos en sus profundidades. Tres empleados, con traje de baño y expresiones de concentración, se movían con precisión, revisando cada centímetro del fondo con redes y linternas. El agua ondulaba suavemente, reflejando el cielo como si se burlara de sus esfuerzos. Arnulfo, afuera de la piscina, observaba con los brazos cruzados, sus lentes reflejando el resplandor del agua, su rostro una mezcla de curiosidad y resignación.

Enrique, de pie junto a él, tenía los ojos fijos en la piscina, su rostro una máscara de determinación. Sus manos, hundidas en los bolsillos, como si pudiera anclarlo a la verdad que no podía pronunciar.

—Quiero que busquen en cada centímetro —ordenó, su voz cortante, cada palabra cargada de una urgencia que Arnulfo no se atrevió a cuestionar—. No paramos hasta encontrarlo.

Arnulfo alzó una ceja, su curiosidad luchando contra su lealtad. Se ajustó los lentes, lanzando una mirada de reojo a Enrique.

—Cuente con ello —dijo, su tono ligero pero teñido de sospecha.

Enrique no respondió, su mirada perdida en el agua, sus pensamientos un torbellino.

La traición de Paul y Cassandra, que Leonela había revivido con tanto dolor, solo hacía más urgente su misión.

En el torbellino de lujo del vestíbulo del hotel, de pronto se impregna de sombras emocionales. Leonela navega en un romance naciente, pero es asediado por fantasmas del pasado de Enrique, cuestionando si su amor es genuino o solo un espejismo en un mundo de apariencias. La tormenta interna de dudas germina, prometiendo conflictos que podrían fortalecer o destruir su vínculo.

Una voz aguda y teatral cortó el aire.

—¡Enrique! —gritó una mujer, su tono cargado de una familiaridad que hizo que el corazón de Leonela se detuviera.

Una figura emergió del gentío del vestíbulo, su presencia era tan imponente como un huracán. Samara, alta, con el cabello negro azabache cayendo en lacio perfecto y un vestido que parecía diseñado para deslumbrar, se acercó con pasos seguros, sus tacones resonando como disparos. Sus ojos, de un gris frío, se posaron en Enrique con una mezcla de reproche y diversión.

—¿Vuelves de Italia y no me llamas? —dijo, su voz goteando sarcasmo, mientras se detenía frente a él, ignorando por completo a Leonela.

La tensión estalla cuando Samara, irrumpe con una figura de elegancia gélida y belleza arquitectónica: alta, rígida, con un vestido verde aceituna que acentúa su postura impecable y ojos grises afilados como cuchillas. Sin fanfarria, se integra al espacio que ahora le pertenece a Leonela. Samara, ajena a la tormenta que desataba, movió los dedos hacia Leonela en un saludo desdeñoso, como si estuviera espantando un insecto.

Enrique palideció, su rostro tenso, sus manos apretándose en puños dentro de sus bolsillos. Demonios, su mente un torbellino. No ahora, Samara. No aquí. Leonela, a su lado, observaba la escena con una mezcla de incredulidad y una risa amarga que comenzaba a formarse en sus labios.

—¿Y no vas a presentarme a tu… amiguita? —preguntó, su tono cargado de desdén, sus ojos evaluando a Leonela como si fuera una curiosidad pasajera.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.