Un juego de engaños

Capitulo 10

Por un instante, el silencio fue absoluto, como si el mundo contuviera el aliento.

—¡Tú… larva insignificante! —gritó Samara, su voz temblando de furia, su compostura resquebrajándose.

Leonela, con los ojos brillando de rabia, se acercó aún más, su dedo rozando el brazo de Samara con un gesto deliberado, como si tocara algo repugnante. Samara se estremeció, retrocediendo con una mueca de asco.

—Estoy harta de que gente como tú trate a los demás como basura —espetó Leonela, su voz un filo que cortaba el aire.

Samara, recuperando el control, soltó una risa burlona, sus ojos destellando con una crueldad que recordaba a otra mujer, una sombra del pasado de Enrique.

—Exijo que esta mujer sea expulsada del hotel ahora mismo —dijo, su voz resonando con autoridad—. ¡De inmediato!

Leonela, con una calma gélida, esbozó una sonrisa afilada.

—No te preocupes —dijo, su tono cargado de desafío—. No hace falta que me echen. Yo solita me retiro.

Enrique, mudo, pálido, seguía en shock, su mente un torbellino de miedo y desesperación. Leonela lo miró, su furia suavizándose por un instante, pero sus ojos seguían ardiendo con una mezcla de dolor y traición. Sin decir más, giró sobre sus talones y se dirigió hacia la salida, su figura recortada contra la luz del sol que se derramaba por las puertas de cristal.

Samara, aún frotándose la mejilla, miró a Enrique con una mezcla de incredulidad y diversión.

—¿Enrique, qué diablos le pasa a tu noviecita de fin de semana? —preguntó, su voz teñida de burla.

Enrique, con el rostro tenso, bajó la voz, sus palabras un susurro urgente.

—Ella no sabe la verdad —admitió, sus ojos claros buscando los de Samara con una súplica silenciosa—. Cree que soy un empleado del hotel.

Samara parpadeó, y luego soltó una carcajada, un sonido que era tanto incredulidad como deleite.

—¿Un empleado? —repitió, sus ojos brillando con diversión—. ¿Estas loco?

—Es una larga historia —dijo Enrique, su voz baja, casi rota—. Te ruego que, si la vuelves a ver, no le digas la verdad. Necesito concluir un negocio. Ella es… parte de una apuesta que hice con mi abuelo.

Samara ladeó la cabeza, su expresión oscilándose entre confusión y curiosidad. Pero detrás de sus ojos grises, algo más oscuro se agitaba, un eco de los viejos tiempos, cuando sus familias los habían unido con promesas de alianzas y futuros compartidos.

Enrique y Samara habían sido pareja alguna vez, aunque nunca por elección propia. Sus padres, potentados de mundos paralelos —los de Enrique en la hotelería, los de Samara en bienes raíces—, habían orquestado su relación como si fuera una fusión corporativa. Durante su adolescencia, los veranos en la costa, las cenas de gala y las vacaciones en yates los habían empujado juntos, tejiendo una ilusión de amor que nunca llegó a cuajar. Enrique, joven y obediente, había intentado quererla, pero siempre había sentido que Samara lo veía como un trofeo, no como un hombre.

Cuando los padres de Enrique murieron en aquel accidente de avioneta, el mundo que habían construido se desmoronó. El dolor lo aisló, y la relación con Samara, ya frágil, se enfrió como un fuego sin oxígeno. Las visitas de Samara se hacían más esporádicas, sus citas más cortas, sus palabras más vacías. Enrique, al ser el único heredero del imperio hotelero de su familia, se dio cuenta de que Samara no era para él. No había calidez en ella, solo ambición. Pero Samara no lo soltó tan fácilmente. Cada pocos meses, reaparecía con una sonrisa afilada, un comentario mordaz, o una invitación que olía a manipulación, como si aún creyera que podía reclamarlo, no por amor, sino por derecho.

Ahora, en el vestíbulo, Samara lo miraba con esa misma intensidad depredadora, como si el tiempo no hubiera pasado.

—Espera —dijo, su tono suavizándose, pero con un filo que no escapó de Enrique—. ¿Dices que no quieres que sepa que eres millonario? ¿El dueño de este hotel?

Enrique asintió, su rostro una máscara de determinación.

—Exactamente. Samara, no se lo digas.

Ella lo miró por un momento, con sus ojos grises evaluándolo como si fuera un rompecabezas. Finalmente, asintió, una sonrisa astuta curvando sus labios.

—No se lo diré —dijo, su voz baja, casi conspiradora—. ¿Cómo dijiste que se llamaba?

—No te lo dije, pero se llama Leonela Fimbres —respondió Enrique, su tono cargado de un peso que ella no entendió del todo.

Samara alzó una ceja, su sonrisa ensanchándose.

—¿De la familia Fimbres? ¿Del Consorcio Eras? —dijo, una chispa de reconocimiento cruzando su rostro—. ¡Qué coincidencia! Vine a ver la presentación de la futura sucesora. Quédate tranquilo, tu secreto está a salvo conmigo.

Enrique asintió, pero su alivio era frágil, como cristal a punto de romperse. Samara se retira con una risa cruel, satisfecha de haber sembrado dudas en Leonela, aunque el veneno persiste como una semilla de inseguridad.

No se lo diré... por ahora, pensó, sus palabras no pronunciadas colgando en el aire como una amenaza.

Bajo el sol abrasador, Leonela esperaba junto a la fuente del hotel, su rostro una máscara de furia contenida. Samara, con su mirada cargada de desprecio, había hablado de Enrique como si lo conociera de toda la vida. Las uñas de Leonela se clavaban en sus palmas, un recordatorio punzante de la humillación que aún le quemaba el alma, avivada por el eco de la cachetada que le había propinado a Samara y las palabras crueles de aquella mujer. La duda, como una sombra insidiosa, crecía en su pecho, mientras su mirada se perdía en el reflejo del agua de la fuente, buscando respuestas que se negaban a surgir.

Enrique emerge del hotel, su figura recortada contra las puertas de cristal, sus ojos brillando con una mezcla de súplica y determinación. Sus pasos eran vacilantes, como si el suelo pudiera desmoronarse bajo él. La fuente, con su murmullo constante, parecía ahora el escenario perfecto para renegociar los términos de su frágil acuerdo.




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