Leonela sintió un nudo en el estómago. Demonios, pensó, ¿Enrique es… prostituto? Las piezas encajaban de una manera que la horrorizaba: las miradas furtivas, las conversaciones a media voz, la manera en que él esquivaba ciertas preguntas con una sonrisa encantadora. Recordó una noche, semanas atrás, cuando lo vio salir de una suite a medianoche, ajustándose la camisa con una expresión que no pudo descifrar.
—Perdón, ¿me disculpas un segundo? —dijo Leonela, su voz tensa, tratando de mantener la compostura.
Samara asintió, su sonrisa apenas contenida, complacida al ver el efecto de sus palabras. El veneno ya estaba haciendo su trabajo.
Leonela se levantó, sus pasos rápidos la llevaron hacia el pasillo, pero antes de que pudiera alejarse, una figura familiar emergió de las sombras. Cassandra, con su elegancia calculada y una mirada que destilaba desprecio, se acercó a Samara. Leonela se detuvo, oculta tras una columna, y escuchó.
—Escuché todo el numerito que montaste —dijo Cassandra, su voz baja pero cargada de satisfacción—. Ella no tiene idea de quién es él, ¿verdad? Si lo supiera, se le caerían las vendas de los ojos. Podría meterse en problemas serios… con la justicia, incluso.
Samara alzó una ceja, divertida, pero su tono era cortante.
—Lo sé. Pero dime, señorita Fimbres, ¿qué ofreces a cambio de aliarte conmigo? ¿Qué ganas destruyendo a tu hermanastra? ¿Haciendo que Leonela descubra que su hombre perfecto es un fraude?
Cassandra soltó una risa seca, sus ojos brillando con una furia que parecía alimentada por años de rencor.
—Verlos destruidos. Eso gano. Todo. Además, me encantaría que Leonela terminara de monja después de sufrir tantas decepciones.
Samara dejó escapar una risa burlona, llevándose una mano a los labios como si intentara contenerla.
—Demasiado sincera y despiadada a la vez, Cassandra —dijo, su tono aprobatorio—. Pero, ¿yo qué gano?
Cassandra se inclinó hacia ella, su voz un susurro conspirador.
—Cuando me quede con el Consorcio Eras, seré yo quien haga los negocios. Y tú, tendrás una buena tajada de la compañía. Además, Enrique pagará por sus ofensas, y lo veremos salir de este hotel con las manos vacías. ¿Trato hecho?
Samara extendió su mano, su sonrisa sellando el pacto con una frialdad que helaba el aire.
—Es un trato.
El gesto fue un cuchillo invisible, clavándose en el frágil amor que Leonela y Enrique habían construido.
Por la noche en el restaurante, Ricardo, se acercó a la pareja con una expresión que mezclaba alivio y arrepentimiento. Enrique, de pie junto a Leonela, lo recibió con una sonrisa respetuosa.
—Leonela, ya me di cuenta de que Enrique ha sido de gran apoyo para ti —dijo Ricardo, su voz cálida pero teñida de culpa—. Me disculpo contigo, Enrique. Creo que me equivoqué al juzgarte.
Extendió su mano, un gesto que no había ofrecido cuando lo conoció. Enrique, con una humildad que parecía genuina, la estrechó con firmeza.
—Gracias, señor. Es lo menos que puedo hacer por su hija. Aunque, en verdad, ella podría haberlo hecho todo sola.
Intentó acercarse a Leonela para darle un beso suave en la mejilla, pero ella se apartó, su rostro ensombrecido por una furia contenida que él no entendió. Ricardo, ajeno a la tensión, sonrió.
—Los dejo para que hablen a solas. Tengo que reunirme con unas personas —con un gesto amable, se retiró.
Leonela cruzó los brazos, su mirada fija en Enrique, como si intentara perforar su fachada.
—La otra noche te vi salir de una suite —espetó, su voz temblando de rabia y duda—. ¿Es la misma historia de todos los hombres? ¿Hay algo que otra vez no me estás contando?
Enrique la miró, sus ojos ensombreciendo.
—¿Podemos hablar en privado? —preguntó, su tono cuidadoso, pero su expresión era un torbellino de emociones contenidas.
Antes de que Leonela pudiera responder, el teléfono de Enrique vibró. Él frunció el ceño, disculpándose con una rapidez que sólo alimentó las sospechas de Leonela.
—Lo siento, es del trabajo. Tengo que tomar esta llamada. Vuelvo enseguida.
Se alejó unos pasos, y Leonela, con el corazón latiendo con fuerza, agudizó el oído. La voz al otro lado del teléfono era clara, aunque distante.
—Necesito que tengas una entrevista con Gloria esta noche.
Enrique respondió, su tono profesional pero tenso.
—Hoy no puedo, se me complica. Sé que quieres una posición en específico, pero estoy seguro de que Arnulfo puede encargarse.
Leonela sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies. ¿Posición específica? ¿Arnulfo? Su mente, alimentada por las palabras de Samara, dibujó una conclusión devastadora: Están manejando un negocio sucio. Un trio sexual, un intercambio de parejas… algo ilícito.
Enrique colgó, girándose hacia ella, pero Leonela ya estaba retrocediendo, fingiendo leer un folleto del hotel para no ser descubierta. Él se acercó, su expresión cargada de urgencia.
—Sé que tenemos que hablar, pero me llamaron por un asunto de última hora. ¿Hablamos luego?
Leonela lo miró, sus ojos encendidos de dolor y desconfianza. ¿Por eso no quiso dormir conmigo? ¿Soy solo una clienta?
Antes de que pudiera decir algo, Leonela dio media vuelta y se alejó, su corazón hecho pedazos.
A la mañana siguiente, Leonela, en la soledad de su apartamento, se sirvió un café, de aroma cálido incapaz de calmar la tormenta en su pecho. El teléfono sonó, y una voz la sacó de sus pensamientos.
—Señorita, le hablamos del banco, respecto a un cheque de $75,000 a nombre de Enrique Rubio. No fue cobrado.
Leonela frunció el ceño, la taza temblando en su mano. No cobró el cheque, pero maneja coches del alta gama, usa ropa de diseñador y un Rolex con su supuesto salario de mesero. Se queda en hoteles de lujo, besa como si hubiera practicado toda su vida… ¡Contraté a un prostituto!
Con la rabia y la duda carcomiéndola, decidió confrontarlo. Fue al hotel, su paso firme pero su corazón tambaleándose. En la recepción, saludó a la hostess con una sonrisa tensa.
Editado: 07.12.2025