Sus dedos volaban sobre el teclado. En segundos apareció una tabla limpia, elegante, que ya parecía profesional.
Leonela lo observaba fascinada.
—¿Dónde aprendiste a hacer esto?
—En la Universidad —respondió sin pensarlo.
Creó una gráfica de barras animada: cada año aparecía con una transición suave, los colores corporativos del Consorcio. Luego añadió líneas de tendencia, un par de slicers elegantes y un dashboard que parecía sacado de una revista de negocios.
Leonela abrió la boca, impresionada.
—Esto es… obscenamente funcional y hermoso.
—Samara Poett odia los números toscos. Quiere sentir que está invirtiendo en algo que ya parece ganador.
Añadió un último detalle: una pequeña animación donde la barra del último año se disparaba hacia arriba con un efecto de brillo sutil.
—Mañana vas a entrar ahí y los vas a dejar mudos —murmuró contra su cabello.
El aroma a lavanda seca flotaba en el aire quieto, absorbiendo secretos en sus paredes blanqueadas, mientras una brisa ligera mecía las hojas del limonero en la ventana, invitando al olvido de tormentas pasadas.
Isadora apareció en la cocina sin que nadie la llamara, con una sonrisa que no llegaba a los ojos y una jarra de vidrio enorme en las manos.
—Hace mucho calor —dijo con esa voz neutra que ponía los nervios de punta—. Les preparé un clericot fresquito. Frutas de temporada, vino blanco, un toque de hierbabuena. Para que estén relajados antes del gran día.
Leonela, sentada frente a la computadora capturaba números, apenas levantó la vista.
—No, gracias, Isadora. Tomaré agua.
Pero Isadora ya estaba sirviendo. Dos vasos, trozos de durazno y manzana flotando como pequeños icebergs de colores.
—Insisto, señorita —repitió, y había algo en su tono que no admitía réplica—. Ustedes dos han estado trabajando sin parar. Un traguito no les hará daño.
Puso los vasos frente a ellos con una delicadeza exagerada, como quien deja una ofrenda.
Enrique, que estaba de pie revisando impresiones, frunció el ceño apenas un segundo. Conocía ese tipo de insistencia: la misma que usaban los camareros cuando alguien importante quería emborrachar a otro en una cena de negocios. Pero no dijo nada. Tomó su vaso, lo olió discretamente y dio un sorbo pequeño, casi teatral.
—Está rico —comentó, neutro—. Gracias, Isadora.
Leonela, agotada y sin ganas de pelear otra batalla ese día, cedió. Tomó el vaso y bebió la mitad de un tirón, agradecida por el frío que le bajó por la garganta.
—Perfecto —dijo Isadora, y su sonrisa se ensanchó un milímetro de más—. Ahora descansen. Mañana será un día largo.
Se retiró tarareando una melodía que sonaba a burla disfrazada de nana.
Sin la presencia de la intrusa, los dedos de Enrique, cálidos y firmes, comenzaron a rozar la piel de Leonela, cada milímetro un susurro en el silencio, una mano se internó en la tela abriéndose para revelar un brasier de encaje beige que abrazaba su piel como una sombra. El aliento de Enrique se detuvo, sus ojos oscureciéndose con deseo.
—Eres un encanto —murmuró, su voz un ronco susurro, cargada de una pasión que hizo temblar el aire.
Leonela alzó la vista, sus labios entreabiertos. Antes de que pudiera responder, Enrique dio un paso hacia ella, sus manos encontrando las suyas, sus dedos entrelazándose con una urgencia que hizo crepitar el espacio entre ellos. Se acercó con movimientos deliberados, como tejiendo un hechizo.
—Eres hermosa, Leonela —susurró, su voz temblando mientras acercaba sus labios a los de ella.
Leonela, atrapada en una bruma de deseo, entrelazó sus dedos en el cabello de él, atrayéndolo en un beso profundo, evocador, que sabía a uva, deseo y desesperación. Sus bocas danzaban en una batalla de pasión, cada roce encendiendo chispas que amenazaban con incendiar la habitación. El mármol frío bajo sus caderas contrastaba con el calor de sus cuerpos, y por un instante, el mundo —Samara, Cassandra, los secretos— se desvaneció, dejando solo el latido furioso de sus corazones.
Enrique, con un gruñido bajo, la levantó en sus brazos, sus manos firmes sosteniéndola como un tesoro frágil. La llevó a la habitación, sus pasos resonando en el suelo de madera, donde los zapatos de Leonela y la corbata de Enrique cayeron como ofrendas al caos. El vestido de Leonela se deslizó por sus muslos mientras él la depositaba en la cama, sus labios encontrando los de ella con una desesperación casi dolorosa. Leonela, con manos temblorosas y cada vez más pesadas, desabotonó la camisa de Enrique, sus dedos trazando su pecho con una devoción que rayaba en la locura.
Enrique, con la respiración agitada, se detuvo, sus ojos buscando los de ella en la penumbra. Notó la languidez en su mirada, el leve tambaleo de sus movimientos de un beso empezó lento, casi reverente. Los labios se rozaban como si temieran romperse. Luego se volvió hambriento. Las manos de Enrique subieron por los muslos de Leonela con una lentitud deliberada, como quien recorre un mapa que no quiere olvidar. Ella se estremeció bajo el roce, la piel erizándose donde sus dedos pasaban. No era prisa; era reverencia.
Cada centímetro que ganaba parecía pedir permiso y recibirlo al mismo tiempo. Leonela tiró de la camisa de él, arrancando los últimos botones con un sonido seco que resonó en la habitación. La prenda cayó al suelo sin ceremonias. Sus palmas se posaron sobre el pecho de Enrique, sintiendo el latido acelerado bajo la piel cálida, la tensión de los músculos que se contraían al contacto. Él soltó un gruñido bajo, casi animal, y la levantó sin esfuerzo, sentándola sobre el borde de la cama alta para quedar a la misma altura. Sus bocas volvieron a encontrarse, más profundas, más urgentes.
Sus lenguas se buscaban con una mezcla de desesperación y alivio, como si llevaran años esperando ese sabor. Él se detuvo un segundo, respirando contra su cuello, dejando que el calor de su aliento la recorriera antes de besar la línea de su clavícula, lento, deliberado, como si quisiera memorizar cada latido. Leonela arqueó la espalda cuando los labios de él bajaron, cuando su boca encontró la piel sensible justo encima del encaje.
Editado: 07.12.2025