Leonela sintió que el mundo se desmoronaba. Las palabras de Samara eran ácido, quemando las últimas briznas de esperanza que aún albergaba.
—Enrique nunca me amó —dijo, su voz hueca, como si estuviera pronunciando una sentencia contra sí misma—. Solo me usó por su codicia.
Samara inclinó la cabeza, sus ojos brillando con una satisfacción que apenas disimulaba.
—Exacto —ronroneó.
—Le puedes decir de mi parte que es un imbécil, y que nunca quiero verlo de nuevo.
Con un movimiento brusco, Leonela arrancó el anillo de su dedo que Enrique le había dado y lo arrojó sobre la cama, donde aterrizó resonando entre los pétalos como un punto final. Sus ojos, nublados por lágrimas que se negaba a derramar, se encontraron con los de Samara una última vez antes de girar sobre sus talones y salir de la habitación, la puerta cerrándose tras ella con un golpe que hizo temblar las paredes.
En el pasillo, el aire frío del hotel la envolvió como un abrazo cruel. Los tacones de Leonela resonaban con furia, cada paso alejándola de la traición que había dejado atrás. Pero el destino, siempre caprichoso, la detuvo en seco. Ignacio, apareció frente a ella, cargado con un arreglo de flores blancas, frutas exóticas y una bandeja de viandas que parecían burlarse de su dolor. En el centro, un sobre blanco destacaba con una sola palabra escrita en tinta negra: Leonela.
—Servicio al cuarto, cortesía del señor Esmeralda —dijo Ignacio, su voz profesional pero teñida de una cautela que Leonela no tuvo ánimos de descifrar.
Ella se detuvo, sus ojos encendidos de rabia.
—¡Habitación equivocada! —espetó, su voz temblando.
Ignacio palideció, sus manos temblando ligeramente mientras sostenía el arreglo. El nombre resonó en su mente como una alarma. Los empleados tenían prohibido mencionar ese nombre, el del dueño del hotel, bajo amenaza de despido.
—¿Disculpe? —balbuceó, su confusión genuina—. Yo… no sé de qué habla.
Leonela lo miró, su furia cediendo por un instante ante la expresión desconcertada de Ignacio. El sobre en el arreglo captó su atención, y antes de que pudiera detenerse, lo arrancó de las flores, sus dedos temblando mientras lo abría. Pero no tuvo tiempo de leerlo. La imagen de Enrique y Samara, el documento del que se había burlado, las palabras de Samara, todo se arremolinaba en su mente como una tormenta.
—Dile al señor que se vaya al diablo —gruñó, apretando el sobre en su mano antes de alejarse, dejando a Ignacio parado en el pasillo, con el arreglo floral como único testigo de su desconcierto.
El penthouse, aún impregnado del aroma dulzón de las rosas y la cera derretida, era ahora un campo de batalla silencioso. Las velas parpadeaban, proyectando sombras inquietas sobre las paredes, mientras Samara, con una mezcla de furia y satisfacción, sacudía el hombro de Enrique. Él yacía desplomado en el sofá, su respiración irregular, atrapado en un sueño inducido por la traición.
—¡Enrique! —espetó Samara, sacudiéndolo con más fuerza, sus uñas rojas reluciendo bajo la luz tenue.
Enrique se agitó, su voz apenas un murmullo.
—Leonela… —susurró, el nombre escapando de sus labios como un anhelo.
Samara frunció el ceño, su rostro torciéndose en una mueca de desprecio.
—¿Soñando con Leonela en lugar de conmigo? —siseó, su voz cargada de un veneno que apenas disimulaba su indignación.
Lo zarandeó con más violencia, hasta que los ojos de Enrique se abrieron, nublados por la confusión.
—¿Samara? —murmuró, parpadeando mientras intentaba orientarse.
La habitación giraba a su alrededor, el sudor frío pesando en su cuerpo. Su mirada se posó en ella, y la realidad lo golpeó como un puñetazo.
—¿Qué haces aquí?
Samara se inclinó hacia él, su sonrisa afilada como una cuchilla.
—Me deshice de ella —dijo, su tono goteando triunfo—. Ahora podemos estar juntos, Enrique.
Hizo una pausa, como si recordara un detalle delicioso, y se giró hacia la cama. Sus dedos recogieron el anillo que Leonela había arrojado, sosteniéndolo en alto como un trofeo.
—Mira lo que dejó. Dijo que no quiere nada de ti.
Enrique sintió que el aire se le escapaba. Sus ojos se clavaron en el anillo, el símbolo de la promesa que había hecho a Leonela, ahora profanado por la mano de Samara. La comprensión lo atravesó como un relámpago: Samara había orquestado todo.
—Demonios, ¿qué hiciste? —gruñó, arrancándole el anillo de los dedos con un movimiento brusco—. ¿Le dijiste la verdad?
Samara soltó una risa baja, sus ojos brillando con una satisfacción cruel.
—Claro que no. Cumplí mi promesa, Enrique. No le dije toda la verdad. Solo mencioné ese pequeño detalle del documento prenupcial… y que usaste una firma falsa —hizo una pausa, saboreando cada palabra—. Oh, y también le dije que tú y yo… bueno, que tuvimos un momento inolvidable.
Enrique se puso de pie, tambaleándose ligeramente, su furia contenida haciendo temblar sus manos.
—Nunca vuelvas a tocar mis cosas —espetó, su voz un rugido bajo—. ¿Me drogaste? —La pregunta salió como una acusación, sus ojos perforando los de Samara.
Ella alzó las manos, fingiendo inocencia, pero su sonrisa la traicionó.
—No seas dramático, Enrique.
—¡Basta! —interrumpió él, su paciencia hecha añicos.
Se acercó a la mesita donde descansaba el teléfono del hotel y marcó con dedos temblorosos.
—Arnulfo —dijo, su voz cortante como el filo de una navaja—, revoca la membresía de Samara Poett por tiempo indefinido.
—No quiero volverte a ver en mi vida.
Samara palideció, su arrogancia desmoronándose.
—¿Qué? —balbuceó, dando un paso hacia él—. ¡No puedes hacerme esto, Enrique!
—No me importa —replicó él, su tono helado.
Samara, con los ojos encendidos de rabia, lo observó mientras comenzaba a recoger sus pertenencias esparcidas por la habitación: un chal, un bolso, un par de tacones abandonados.
Editado: 07.12.2025