Leonela lo miró con desprecio, sus labios temblando de rabia contenida.
—Da igual —espetó, su voz afilada como un cristal roto—. Solo di que te aprovechaste de mí.
Enrique frunció el ceño, desconcertado.
—¿Aprovecharme? —Su voz era un murmullo incrédulo, herido. Nunca habían cruzado esa línea, nunca habían compartido más que promesas y roces cargados de anhelo—. Leonela, yo…
El zumbido de su teléfono lo interrumpió. Una llamada entrante iluminó la pantalla. Leonela soltó una risa amarga, sus ojos brillando con sarcasmo.
—Adelante, contesta —dijo, cruzándose de brazos—. Seguro es tu novia.
Enrique negó con la cabeza, su rostro tenso.
—No me estás escuchando —el teléfono vibró de nuevo, insistente, pero él alzó la voz, desesperado—. Leonela, yo…
Ella lo cortó, señalando el aparato con un gesto burlón.
—No, contesta. Vamos, no te detengas por mí.
Enrique suspiró, derrotado, y respondió la llamada.
—Abuelo, ahora no puedo —dijo, su tono cortante.
Pero la voz al otro lado no era la de Alfonso. Era una mujer, que de manera muy profesional le dijo:
—Hemos intentado contactarlo, señor. Su abuelo está hospitalizado. Sufrió un infarto.
El mundo parecía detenerse. Enrique bajó el teléfono lentamente, su rostro descomponiéndose en una máscara de tristeza y culpa. Leonela, que había estado lista para lanzar otra pulla, se detuvo al ver el cambio en su semblante. Por un instante, la furia dio paso a la curiosidad, a un atisbo de preocupación que no quiso admitir.
El Hospital del Ángel era un edificio frío, impregnado de un olor estéril que se adhería a la piel. En una habitación del tercer piso, Alfonso yacía en una cama, su figura imponente reducida por la bata de hospital y la pulsera de ingreso que colgaba de su muñeca. Su rostro, surcado por arrugas profundas, mantenía una chispa de vitalidad, incluso bajo el peso de la enfermedad. Cuando Enrique entró, con pasos cautelosos, temiendo perturbar un sueño que no existía, Alfonso abrió los ojos.
—¿Abuelo? —murmuró, su voz áspera pero cálida.
Enrique se acercó, aliviado.
—Oh, abuelo, me diste un susto de muerte. ¿Estás bien?
Alfonso sonrió, un gesto que desafiaba la gravedad de su situación.
—Solo estaré un rato más en este lugar. No puedo perderme tu boda.
Enrique palideció. A su lado, Leonela, que lo había acompañado en un impulso que no entendía del todo, frunció el ceño. ¿Boda? La palabra resonó en su mente como un eco traicionero. La imagen del anillo arrojado en el penthouse, de Samara sosteniendo el documento prenupcial con una firma falsa, regresó con fuerza.
Alfonso, ajeno a la tensión, continuó, su mirada fija en Enrique.
—La boda que tendrá lugar en nuestro hotel.
Leonela sintió que el suelo se tambaleaba bajo sus pies. ¿Nuestro hotel? ¿A qué se refería? La confusión la envolvió como una niebla densa. Enrique, atrapado bajo el peso de la mirada de su abuelo, parecía a punto de desmoronarse.
Alfonso, con un brillo de determinación en los ojos, se volvió hacia Leonela.
—Ganaste, Enrique. Ella está aquí —dijo, señalándola con un gesto débil pero firme—. No me iré de este mundo hasta no verte con la mujer indicada.
Leonela parpadeó, desconcertada, mientras las palabras de Alfonso se clavaban en su corazón. Enrique, con el rostro desencajado, se giró hacia ella.
—Leonela, ¿puedo hablar con él a solas? —preguntó, su voz tensa, casi suplicante.
Ella dudó, atrapada entre la desconfianza y la curiosidad.
—Claro —respondió al fin, su tono frío, y salió de la habitación, dejando tras de sí un silencio cargado de preguntas.
Adentro, Alfonso tomó la mano de Enrique, su agarre sorprendentemente firme.
—El hotel, mis negocios… son tuyos —dijo, su voz llena de orgullo—. Pero solo las conservarás si haces las cosas bien.
Enrique negó con la cabeza, sus ojos brillando con una mezcla de tristeza y resolución.
—Los rechazo —dijo, su voz firme por primera vez en mucho tiempo—. Ahora que la tengo a ella, es lo único que me interesa.
Alfonso frunció el ceño, confundido.
—¿Y la promesa a tu abuela? No puedes…
—No hagas esto, abuelo —interrumpió Enrique, su voz quebrándose—. No hagas que esto sea sobre ella. Leonela tiene que saber la verdad, aunque pierda todo por ello.
En el pasillo del hospital, Leonela apoyaba la espalda contra la pared, su mente un torbellino. Arnulfo, el recepcionista del hotel, apareció frente a ella, su expresión tensa.
—¿Qué hay del señor Alfonso? —preguntó, con su voz baja, como si temiera ser escuchado.
—Se ve estable —respondió Leonela, su tono seco.
Arnulfo asintió, sacando un sobre cerrado de su chaqueta.
—¿Puedes dárselo a Enrique cuando salga? Son los resultados del laboratorio.
Leonela tomó el sobre, su curiosidad venciendo su cautela. Aunque sabía que no estaba dirigido a ella, sus dedos lo abrieron con urgencia. Extrajo los documentos y los leyó en silencio, sus ojos recorriendo las líneas con incredulidad. Un reporte toxicológico. Samara lo drogó, pensó, el peso de la verdad cayendo sobre ella como una losa.
Cuando Enrique salió de la habitación, la encontró con los documentos en la mano, su rostro pálido.
—¿Qué es? —preguntó, temiendo la respuesta.
Leonela alzó la mirada, sus ojos llenos de arrepentimiento.
—Un reporte de toxicología. Samara te drogó —hizo una pausa, su voz temblando—. Perdóname, Enrique. Pensé que mentías. Me es… difícil confiar.
Enrique la miró, su expresión atrapada entre el alivio y la culpa.
—Cuando firmé el documento prenupcial… todo era verdad —admitió, bajando la mirada—. Pero no plasme mi rubrica real.
Leonela frunció el ceño, la confusión regresando.
—¿Por qué?
Antes de que Enrique pudiera responder, una doctora se acercó, sosteniendo un portapapeles.
Editado: 07.12.2025