Un juego de engaños

Capítulo 22

En el pasillo, el zumbido de las máquinas del hospital llenaba el silencio. Leonela sintió que el suelo se tambaleaba bajo sus pies. En su mano, aún sostenía el sobre del reporte toxicológico que Arnulfo le había entregado. Samara lo drogó, pensó, y la verdad de esas palabras chocó con la traición que aún sentía. Miró a Enrique, atrapada entre la indignación y el eco de sus recuerdos: el agua fría de la piscina y el rescate, las toallas, el momento que pasó con Samara en el penthouse. Todo era real, y sin embargo, todo estaba teñido de mentiras.

—¿Cómo puedo creerte? —preguntó, su voz apenas un susurro, mientras una lágrima traicionera escapaba por su mejilla—. ¿Cómo puedo confiar en ti ahora?

Enrique extendió una mano, pero no la tocó. Sabía que el abismo entre ellos era más profundo que nunca.

—Dame una oportunidad —suplicó—. Déjame demostrarte quién soy, sin que hable mi apellido. Solo yo.

Leonela no respondió. Dio media vuelta y caminó por el pasillo, dejando tras de sí un silencio que pesaba más que cualquier verdad.

La fresca mañana derramaba una luz dorada y cruel sobre los jardines del Hotel Esmeralda, donde un cartel resplandecía con letras doradas: Boda de Cassandra y Paul. Leonela se detuvo frente a él, sus dedos rozando el borde del marco como si pudiera borrar las palabras con un gesto. El anuncio era una sentencia, un recordatorio de todo lo que había perdido. No solo a Enrique, el hombre que había prometido amarla y luego desvanecerse tras la revelación de su verdadera identidad, sino también el futuro que su padre, había depositado en ella: la presidencia del Consorcio Eras, la empresa familiar que ahora, por las reglas tácitas de su padre, pasaría a manos de Cassandra, la hija que llegaba al altar.

A su espalda, el murmullo de dos desconocidos, con sus voces bajas pero punzantes, se colaba en su conciencia como un aguijón. “Pobrecita, tan bonita y traicionada por su prometido”, susurró una mujer, su tono cargado de falsa compasión. “Y ahora, tener que ver a su hermana casarse… dicen que Ricardo le dará el Consorcio a Cassandra en automático. Leonela lo perdió todo”. El hombre a su lado soltó una risita disimulada. “Qué humillación, presentarse aquí sola”.

Leonela apretó los puños, su rostro una máscara de resignación que ocultaba la tormenta en su interior. Cada palabra de los mirones era un eco de sus propios temores, un espejo de la derrota que la perseguía. No solo me mintió, se burló de mí, pensó, y el peso de esa verdad la anclaba al suelo. Con un esfuerzo que le costó cada fibra de su orgullo, se apartó del cartel y buscó refugio en un rincón del jardín, lejos de las miradas escrutadoras, donde los jazmines exhalaban un perfume que no lograba calmar su desasosiego.

Entonces, como si el destino quisiera torcer el cuchillo, Cassandra apareció. Sus labios se curvaron en una sonrisa burlona mientras se acercaba a Leonela, sus pasos lentos, deliberados, como si disfrutara de cada instante de su supremacía.

—He ganado todo, Leonela —dijo Cassandra, su voz un susurro afilado, impregnado de satisfacción—. El amor, el Consorcio, el futuro. Y me regocijo por tu derrota. Todo por jugar a ser la novia de un desconocido que te dejó en el polvo.

Leonela alzó la vista, sus ojos encendidos por un fuego que oscilaba entre la rabia y el dolor. Quiso responder, quiso gritar que no era justo, que Enrique no era un desconocido, que sus promesas habían sido reales, aunque ahora parecieran cenizas. Pero las palabras se le atoraron en la garganta. En cambio, encontró una verdad más profunda, una que ardía como una brasa.

—Puede que haya perdido el amor de un hombre —dijo Leonela, su voz baja pero firme, cortando el aire como una hoja—. Pero tú, Cassandra, no has ganado nada con Paul. Él me descartó a mí, sí, pero a ti también te traicionará. Su amor es tan frágil como el tuyo.

Cassandra soltó una risa cristalina, tan afilada como el filo de un cristal roto.

—¿Traicionarme? —replicó, inclinándose hacia Leonela, su rostro a centímetros del suyo—. No te robé a Paul, querida. Él me eligió a mí sobre ti. Y ahora, mírate. Sola, derrotada, serás una sombra en mi boda.

Leonela no respondió. Sus ojos, nublados por un dolor que no se permitía derramar, se clavaron en la figura de su hermana. Cada palabra de Cassandra era un golpe, pero también un recordatorio de su propia fortaleza, de las veces que había caído y se había levantado. Sola, sí, pero no rota.

Cassandra enderezó la espalda, su sonrisa ensanchándose.

—Discúlpame, hermanita, pero hay que afinar los detalles de una boda. Yo soy la protagonista, después de todo. Adiós.

Se alejó, como ondeando una bandera de triunfo, dejando a Leonela en el silencio del jardín. El murmullo de los huéspedes, el tintineo de las copas y el eco lejano de un piano llenaban el aire, pero para Leonela, todo se desvanecía en un vacío que resonaba con las palabras de Cassandra. Sola. Pero en ese vacío, algo nuevo comenzaba a germinar: no era resignación, sino una chispa de determinación.

Mientras todos esos pensamientos florecían en Leonela. El aire en la sala de juntas del Hotel Esmeralda era denso, impregnado de un silencio reverente y el aroma tenue del cuero de los sillones antiguos. Alfonso, sentado en una silla de respaldo alto, parecía haber desafiado la fragilidad de su cuerpo; sus ojos, aún brillantes bajo las arrugas, destilaban una vitalidad que contradecía la palidez de su rostro tras el infarto. Frente a él, un grupo de abogados, con sus plumas suspendidas sobre blocs de notas, escuchaba con atención mientras él dictaba las instrucciones finales. La luz de la tarde se filtraba a través de los ventanales, bañando la mesa de caoba en un resplandor dorado que parecía sellar la solemnidad del momento.

—El Hotel Esmeralda, sus propiedades, sus acciones… todo pasa a manos de mi nieto, Enrique —declaró Alfonso, su voz firme, aunque teñida de un leve temblor que delataba su esfuerzo físico—. El legado de la familia Esmeralda es suyo.




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