El crepúsculo había teñido los jardines del hotel de un resplandor carmesí, como si el cielo mismo presagiara el caos que estaba por desatarse. Enrique corría por el sendero de grava, su corazón latiendo al compás de sus pasos, cada uno impulsado por la urgencia de encontrar a Leonela. El anillo, aún guardado en su bolsillo, parecía quemarle la piel, un recordatorio de las promesas rotas y las verdades a medio decir. Frente al gran salón, donde se colocaban los últimos detalles de la boda de Cassandra y Paul se desplegaba en un derroche de luces y risas, un guardia de seguridad, Carlos, le bloqueó el paso, su figura imponente como una muralla.
—Señor, no puedo dejarlo entrar es un evento privado —dijo Carlos, su voz firme pero no exenta de cortesía, mientras cruzaba los brazos sobre el uniforme impecable.
Enrique, con el aliento entrecortado, lo miró con una mezcla de súplica y determinación.
—Entiendo que hace su trabajo, pero debo entrar —replicó, enderezándose—. Soy el nieto de Alfonso Esmeralda, dueño de este hotel. ¿Eso no es motivo suficiente?
Carlos parpadeó, desconcertado. El peso del apellido Esmeralda, un nombre que resonaba como un decreto en los pasillos del hotel, lo obligó a retroceder. Con un gesto rígido, se hizo a un lado.
—Pase, señor —murmuró.
Enrique asintió brevemente, un “gracias” apenas audible escapando de sus labios mientras se precipitaba al interior. El salón era un torbellino de elegancia y tensión contenida: candelabros de cristal proyectaban reflejos danzantes sobre las mesas cubiertas de lino, y el aroma de las gardenias se mezclaba con las órdenes de Cassandra a su wedding planner. Al frente, bajo un arco de rosas blancas, Paul, vestido de esmoquin, posaba para la cámara.
En ese instante, las puertas del salón se abrieron de golpe, y Enrique irrumpió, su figura recortada contra la luz del vestíbulo.
—Mil disculpas, lamento la interrupción —dijo, su voz cortando el aire como un relámpago.
Un jadeo colectivo recorrió el salón. Ricardo, el padre de Leonela, degustaba uno y otro vino a lado Elena, la madre de Cassandra, al ver a Enrique, dibujó en su rostro una máscara de desafío y sorpresa. Al fondo, Leonela, vestida con un vestido beige que contrastaba con la palidez de su rostro, se quedó inmóvil, sus ojos clavados en Enrique. Cassandra, apretó los labios, mientras Paul giró hacia el intruso, su expresión endureciéndose.
—¿Es en serio? —espetó Paul, su voz cargada de desprecio—. ¿Tienes que meterte donde no te llaman?
Enrique avanzó, sus pasos resonando en el suelo de mármol, su mirada fija en Paul.
—Eres un mentiroso, Paul —dijo, su tono afilado, pero controlado—. Te casas por interés, no por amor. Engañaste a Leonela, y ahora pretendes hacerlo con Cassandra.
Leonela, desde el fondo, dio un paso adelante, su rostro una tormenta de emociones. Sus manos temblaban, pero su voz salió firme, cortante.
—Creo que tú eres el menos indicado para hablar de mentirosos, Enrique —dijo, sus palabras destilando el veneno de la traición que aún sentía por el secreto del apellido Esmeralda.
Paul, rojo de ira, comenzó a quitarse el saco, arrojándolo al suelo con un gesto teatral.
—La última vez me golpeaste desprevenido —gruñó, señalando a Enrique—. Pero esta vez pagarás por cada ofensa.
—Le has faltado al respeto a mi prometida, y encima te atreves a retarme. ¡Creo haberte corrido de este hotel! —refutó Enrique, su postura tensa pero serena— Inténtalo, Paul —replicó, su voz baja, peligrosa—. Y veremos quién recibe su merecido.
Sin pensarlo, Paul lanzó un puñetazo, un golpe torpe cargado de furia. Enrique lo esquivó con facilidad, respondiendo con un derechazo que hizo tambalear a Paul. Cassandra ahogó un grito con los ojos desorbitados, vio cómo su prometido retrocedía, tambaleándose pero sin caer. La humillación ardía en su rostro. Paul, ciego de rabia, intentó otro golpe, pero el impulso lo traicionó: tropezó y cayó de bruces contra las luces de las cámaras.
—¡Defiéndete, inútil! —gritó Cassandra, su voz quebrándose de frustración—. ¡No me dejes en ridículo! ¡Atácalo!
Pero Paul, en lugar de levantarse, buscó refugio en los brazos del guardia de seguridad que había corrido a contener la escena, su orgullo se hizo añicos. Cassandra, con el rostro encendido, lo fulminó con la mirada.
Leonela, aún al fondo, dio un paso hacia el centro del conflicto, su voz cortando el caos como un filo.
—Parece que tu prometido no sabe defenderte, Cassandra —dijo, su tono cargado de una calma afilada—. Perdió, como siempre. Igual que tú.
Cassandra giró hacia ella, sus ojos llameando.
—¡Perra, no te burles de mí! —espetó Paul, pero su voz tembló, traicionada por la inseguridad.
Enrique, limpiándose un rastro de sangre en su camisa, se interpuso entre las hermanas, su mirada fija en el cobarde, que aún jadeaba en el suelo.
—Cuida tus palabras, Paul —advirtió, su voz un murmullo letal—. O te sacaré de aquí a rastras.
El salón quedó suspendido en un silencio frágil, roto solo por el eco de los susurros de sus familiares. Ricardo, con el rostro endurecido, se acercó, mientras Elena intentaba calmar a Cassandra. Leonela, atrapada entre la furia y un destello de esperanza al ver a Enrique, sintió el peso de sus promesas, y una pregunta que no podía ignorar: ¿Era él un simple mentiroso, o el hombre que siempre defendía su honor?
En el corredor de la casa de Leonela, donde la luz de los fluorescentes dibujaba sombras cálidas. Leonela aguardaba, el corazón escindido entre la furia y un anhelo que se negaba a extinguirse, frente a la puerta apareció Enrique, su rostro surcado por la carga de una confesión reciente, sus ojos buscaron los de ella. El aire se volvió denso, cargado de una electricidad que prometía consumirlos.
—¿Fingiste ser un mesero todo este tiempo? —preguntó Leonela, su voz un susurro afilado, cada sílaba un desafío que cortaba el silencio.
Editado: 07.12.2025