Desde hacía meses, gran parte de su vida transcurría entre habitaciones blancas, revisiones médicas y largas esperas.
Aquella mañana observaba la lluvia caer por la ventana del hospital mientras sostenía un cuaderno donde escribía todos los lugares que soñaba visitar algún día.
—París... Tokio... Roma... —murmuró mientras anotaba otro destino.
La puerta se abrió.
—Buenos días, Camila —saludó la Dra. Torres.
Camila sonrió.
—¿Hay noticias?
La doctora negó suavemente con la cabeza.
—Aún seguimos esperando un corazón compatible.
Camila bajó la mirada.
Ya conocía esa respuesta.
La escuchaba casi todos los días.
Después del chequeo, decidió salir a caminar por los pasillos para despejarse.
Mientras avanzaba lentamente, llegó a una pequeña sala común donde algunos pacientes descansaban.
Allí vio a un chico sentado junto a una ventana.
Tenía una mascarilla de oxígeno y sostenía un libro entre las manos.
Parecía completamente concentrado.
Camila se acercó.
—¿Qué lees?
El chico levantó la vista.
Sus ojos mostraron sorpresa.
—¿Siempre apareces así de repente?
Camila sonrió.
—Solo cuando alguien parece interesante.
El chico soltó una pequeña risa.
—Leo.
—Camila.
Durante unos segundos se observaron en silencio.
—¿También eres paciente? —preguntó ella.
Leo señaló el tanque de oxígeno.
—Creo que eso responde la pregunta.
Camila rio.
—Tienes razón.
Por primera vez en mucho tiempo, ambos olvidaron que estaban en un hospital.
Hablaron durante horas.
De películas.
De música.
De lugares que querían conocer.
Y de sueños que aún no estaban dispuestos a abandonar.
Cuando una enfermera llamó a Leo para una revisión, él se levantó.
—Supongo que nos veremos por aquí.
—Supongo que sí.
Camila regresó a su habitación con una sonrisa que no había tenido en semanas.
Y al mismo tiempo, Leo caminó hacia los consultorios pensando exactamente lo mismo.
Sin saberlo, aquel encuentro cambiaría sus vidas para siempre.
Continuará...