Cada mañana añadían nuevas ideas.
Algunas eran grandes.
Otras parecían pequeñas.
Pero todas significaban algo especial.
—Número siete —anunció Leo una tarde.
—¿Cuál es?
—Ver una película de terror.
Camila soltó una carcajada.
—¿En serio?
—Claro.
—Tú eres el que se asusta con facilidad.
—Eso es mentira.
—La semana pasada gritaste viendo un tráiler.
—Fue un reflejo.
Camila no podía dejar de reír.
Y Leo tampoco.
Aquellos momentos hacían que el hospital pareciera menos frío.
Menos triste.
Menos aterrador.
Aquella noche organizaron una pequeña reunión en la sala común.
Valeria, la mejor amiga de Camila, había conseguido permiso para visitarla.
Diego también apareció para acompañar a su hermano.
Entre risas, refrescos y palomitas, lograron cumplir otro sueño de la lista.
Ver una película todos juntos.
Aunque la película no era realmente de terror.
Leo terminó escondiéndose detrás de un cojín de todas formas.
—¡Lo sabía! —gritó Camila entre risas.
—Eso no cuenta.
—Claro que cuenta.
Por unas horas olvidaron completamente los tratamientos y las preocupaciones.
Pero la felicidad no duró mucho.
Al día siguiente, Camila despertó sintiéndose más débil que de costumbre.
Intentó levantarse.
No pudo.
Una enfermera llamó inmediatamente a la Dra. Torres.
Varias pruebas comenzaron de inmediato.
Horas después, Camila observó a la doctora entrar en la habitación.
Su expresión era seria.
Demasiado seria.
—¿Qué sucede? —preguntó Camila.
La Dra. Torres tomó una silla.
—Necesito que me escuches con atención.
El corazón de Camila comenzó a acelerarse.
—Tu condición ha empeorado más rápido de lo que esperábamos.
El silencio llenó la habitación.
—¿Eso significa...?
—Significa que necesitamos encontrar un donante cuanto antes.
Camila sintió que el mundo se detenía.
Por primera vez, el miedo fue más fuerte que la esperanza.
Esa tarde no salió de su habitación.
No quería hablar.
No quería pensar.
No quería llorar delante de nadie.
Pero cuando cayó la noche, alguien llamó suavemente a la puerta.
Era Leo.
Llevaba el cuaderno de la lista entre las manos.
—No puedes abandonar la misión.
Camila intentó sonreír.
—No tengo ganas.
Leo abrió el cuaderno.
—Entonces yo leeré.
Pasó las páginas lentamente.
Hasta llegar al punto número seis.
"No rendirse."
—Este sigue siendo mi favorito —dijo él.
Camila sintió cómo las lágrimas llenaban sus ojos.
Leo tomó su mano.
—Todavía no hemos terminado nuestra lista.
Por primera vez en todo el día, Camila volvió a sonreír.
Pero ninguno de los dos sabía que, muy pronto, una nueva complicación pondría a prueba todo lo que sentían el uno por el otro.
Continuará...